Debían haber sido buenas noticias.

La embajada estadounidense llamó a decir que el gobierno guatemalteco reanudaría las autorizaciones adopciones cinco años después de que suspendieran debido a un escándalo que dejó en limbo al sistema por el que unos 4.000 niños guatemaltecos encontraban hogares en Estados Unidos.

Ryan "Bubba" Hooker y su esposa, Jess, pensaron que quizá al fin lograrían adoptar al niñito que ansiaban criar como suyo.

Pero Hooker estaba escéptico. Este sería su 36to viaje a Ciudad de Guatemala. El bebé de 18 meses que conocieron en un orfelinato ya era un niño de 6 años que iba al kinder. La pareja se había mudado, había declinado ofertas de trabajo y había gastado enormes sumas de dinero para poder adoptar a Daniel.

En la llamada se les dijo que si todo salía bien, serían la primera familia estadounidense en adoptar a un niño guatemalteco desde que el país centroamericano aprobó nuevas leyes de adopción.

Eso, por lo menos, es lo que le dijeron por teléfono.

El 21 de agosto, Bubba abordó un avión rumbo a la Ciudad de Guatemala. Lo único que necesitaba era un certificado de adopción, un certificado de nacimiento y un pasaporte, reunirse, una vez más, con el personal de la embajada estadounidense, conseguir una visa para adopción, y podía traer a Daniel a casa.

Quizás esta vez todo saldría bien.

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Jess y Bubba llevaban menos de un año casados cuando decidieron ir a Guatemala en junio del 2007.

Un día, Bubba estaba ayudando a reparar las tuberías del orfelinato cuando se tomó un descanso. Comenzó a pasear por el lugar y encontró un niño merodeando solo con un caminador. Fue ahí que conoció a Daniel.

El pequeño tenía apenas 18 meses pero lucía aun más chico. Era el más chico del orfelinato y el más débil. Bubba se le arrodilló a su lado y comenzaron a jugar. En poco tiempo Bubba lo cargaba y le daba de comer. El trabajo de las tuberías quedó en el olvido.

No fue sino esa noche, en cama con su esposa, que le contó a ella lo sucedido.

"Creo que conocí a nuestro hijo", le comentó.

Con sus 28 años, Jess era cinco años mayor que su esposo y la más pragmática. Le prestó atención a Bubba mientras él le contaba del pequeño y le comentaba que no sólo era adorable sino que se llamaba Daniel, el mismo nombre del tío de Bubba, que recién había fallecido. Ella permanecía escéptica.

"Oh Dios", se dijo a sí misma, "¿en que rollo nos ha metido Bubba esta vez?" Pero al día siguiente, cuando sostuvo al pequeño por primera vez, salió convencida de que era suyo.

La pareja siempre quiso adoptar un niño, haber hallado a Daniel simplemente aceleró los planes. Inmediatamente le notificaron al director del orfanato y empezaron a buscar los documentos.

Pero dos meses más tarde, la pujante industria de las adopciones de Guatemala colapsó.

Las normas de fácil adopción habían convertido al país de 14 millones de habitantes la segunda mayor fuente de bebés para Estados Unidos, detrás de China. Pero el sector quedó paralizado cuando en agosto del 2007 las autoridades allanaron la sede de la que era considerada la agencia de adopciones de mejor reputación del país.

Una investigación destapó una red de falsificación de partidas de nacimiento, falsificación de muestras de ADN e intentos de obligar a madres a abandonar a sus hijos. Algunas madres denunciaron que sus niños fueron secuestrados para venderlos. Los padres adoptivos pagaban hasta 30.000 dólares para un niño en un país donde el ingreso mensual promedio no supera los 5.000 dólares.

Parejas guatemaltecas se aglomeraban a las puertas de las agencias oficiales, en busca de sus niños desaparecidos, o publicaban anuncios en los diarios locales.

Fueron arrestados y procesados varios médicos, abogados, madres y gestores civiles, y algunos fueron hallados culpables de tráfico humano y de adopciones fraudulentas. Una comisión de la ONU abrió una investigación sobre el Procurador General.

El gobierno guatemalteco se vio obligado a reformar sus leyes de adopción y el gobierno de Washington suspendió todas las adopciones desde el país centroamericano.

Para inicios del 2008, se estableció un nuevo consejo a cargo de reformar el proceso, que ahora incluía la verificación obligatoria de la madre natural y de su aprobación de la adopción.

El sistema antiguo de abogados y notarios sin adecuada supervisión, fue derogado.

Daniel quedó entre unos 3.032 niños que quedaron en el limbo.

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En octubre del 2008, Jess viajó a Guatemala con su madre, aprovechando el descanso otoñal de la escuela donde trabajaba. Era su cuarta visita al país.

Anticipaba ver a Daniel correteando, agitando los brazos y balbuceando como cualquier chiquillo.

Pero lo que vio fue a un niño silencioso.

Algo andaba mal, pero ella no podía hacer nada pues no era la guardián legal de Daniel, así que no tenía autorización para llevarlo a un pediatra. Quizás era algo normal, pero aun así ella estaba consternada y ella sabía del tema, pues era maestra para niños con necesidades especiales.

Cinco años más tarde, Daniel aún no hablaba.

En el Hotel Radisson, donde los Hooker iniciaron la primera de sus muchas visitas, el niño corría a la ventana para ver a los aviones, parecía obsesionado con ellos. Pero cuando Bubba le ponía unos audífonos, Daniel se los quitaba inmediatamente.

El niño requería atención de un especialista, y la adopción se volvió urgente. La pareja pensaba que con sus conexiones con el orfanato, y su historia familiar, les haría las cosas más fáciles ahora que algunas adopciones se estaban volviendo a permitir. Los padres Jess eran misioneros que fundaron la organización caritativa Samaritan Hands, que administraba al orfanato. Bubba era miembro de la junta directiva.

Aparte de eso, la abuela de Bubba había sido huérfana, y también lo era el hermano menor de Jess, José.

Pero a pesar de haber entregado grandes cantidades de documentos, el proceso no avanzaba y nadie les decía por qué. Finalmente, en mayo del 2009, recibieron una llamada confirmando que debían reunirse con el director del consejo de adopciones, Jaime Tecu. Los Hooker quedaron eufóricos.

Tras pasar horas en la sala de espera con Daniel y la madre de Jess, Judy, que serviría de intérprete, fueron llevados a una oficina que tenía una vista hacia el sector sur de la ciudad.

Daniel se sentó cerca del escritorio del director, jugando con un carrito de juguete.

Fue entonces cuando recibieron la nefasta noticia.

"Lo lamento", comentó Tecu, "el caso no está registrado con la oficina del Procurador General. No es oficial".

Judy comenzó a sollozar. Bubba estaba furioso.

Jess estaba desconsolada.

Todo el proceso debía realizarse nuevamente, desde el comienzo. Había que hallar a la madre natural de Daniel, someterle a una prueba de ADN y pedirle que firmara la aprobación de la adopción. El caso debía ser trasladado al distrito donde nació Daniel.

Los Hooker llenaron y entregaron las mismas planillas, una y otra vez. Tuvieron que aceptar un estudio de su vivienda y traducirlo al español. Pero nada cambió.

En mayo del 2010, un viaje de una semana se convirtió en una estadía de tres semanas cuando el volcán Pacaya, a unos 40 kilómetros al sur de la Ciudad de Guatemala, comenzó a emitir lava y piedras, cubriendo a la ciudad de cenizas y obligando a cerrar al aeropuerto internacional.

Los Hooker aprovecharon ese tiempo extra con Daniel para llevarlo a un médico especialista.

Cuando el médico entró al consultorio para darle los resultados, ellos ya lo sabían: el niño era casi completamente sordo.

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Los Hooker hicieron una rutina de sus frecuentes viajes al Radisson en Guatemala y su vida en Maryville, Tenesí. Jess aprovechaba cada feriado de la escuela donde trabajaba mientras Bubba, quien trabajaba en bienes raíces, se hizo un calendario para poder visitar a Daniel cada dos o tres meses.

Una vida así no es fácil.

Rechazaron una oferta de trabajo en el exterior que podría haberles complicado aun más el proceso de adopción.

Cuando Daniel tenía ya 4 años y no se veía todavía una salida, Jess dio a luz a una niña, Ellyson.

Cuando la pareja visitaba al Radisson y Jess estaba embarazada, Daniel le tocaba el vientre y decía "Hermanita".

La pareja colocó retratos de Daniel y Ellyson en la casa que tenía en Maryville. Colocaron un juego de columpios en el jardín y lo cercaron. En la habitación para Daniel, colocaron un enorme avión de juguete rojo.

Jess sentía como que se perdía la infancia de Daniel, sus primeros pasos, sus primeras palabras.

Pero entonces vino un golpe de suerte.

A comienzos del 2011, el caso de las adopciones en Guatemala llegó a la atención de la senadora estadounidense Mary Landrieu, quien ocupaba un escaño una comisión senatorial que revisaba esos programas. Ella también integraba la Comisión de Apropiaciones de la cámara alta para seguridad nacional que aprobaba el presupuesto del Servicio de Inmigración y Aduanas.

Ella era además madre dos niños adoptados.

Landrieu descubrió que no había ninguna lista de gente cuyos casos habían quedado suspendidos por la prohibición guatemalteca.

Estados Unidos había prohibido las adopciones nuevas, pero las que quedaron pendientes podrían tener otra normativa.

La congresista reunió un equipo de asistentes y expertos para ayudar a los guatemaltecos a revisar los archivos y determinares cuáles de ellos contaban con los documentos apropiados. Ella viajó cinco veces al país centroamericano.

De los 3.032 casos que habían quedado interrumpidos a fines del 2007, había 180 casos de niños esperando a ser adoptados. El primero de ellos era el de Daniel.

El equipo de Landrieu trabajó con la embajada estadounidense en Guatemala y con el gobierno local para lograr un acuerdo según el cual algunos casos se aprobarían si cumplían los requisitos de ambos gobiernos.

La congresista contactó a varias familias norteamericanas para determinar si aún estaban interesadas en adoptar, y descubrió que algunas parejas habían gastado decenas de miles de dólares y habían viajado hasta 20 veces a Guatemala para mantener el contacto con los chicos.

En diciembre pasado, los Hooker recibieron una llamada notificándoles que su caso era uno de 44 que podían avanzar.

Pasaron ocho meses más hasta el 21 de agosto, cuando se montaron en un avión con la esperanza de ser una de esas familias que podrían adoptar gracias al nuevo acuerdo.

La situación lucía prometedora.

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Entonces, el lunes pasado, Jess, quien había viajado con Ellyson y su madre a la Ciudad de Guatemala, estaba en su habitación en el Radisson leyendo el documento más reciente, incrédula.

Su computadora sonó, y con los ojos llorosos, ella caminó hacia la máquina, por la cual alguien en Tenesí la llamaba por Skype.

Cuando vio que era su hermano, prendió la cámara.

Antes de que José pudiera decir hola o ver cómo ella lloraba, ella cubrió la computadora con una sábana.

El documento decía: "Daniel Ryan Hooker nacido en Quiche, Guatemala en diciembre del 2006 es hijo de Jessica Russell Hooker y Ryan Hooker".

José comenzó a llorar. El había sido adoptado 22 años antes, cuando tenía apenas casi 6 años, en el mismo orfanato. Esa adopción tardó tres años. El también había nacido en Quiche.

En cierto momento, cuando las cosas no lucían bien, José había dicho que él iría a Guatemala y adoptaría él mismo a Daniel, ya que él era guatemalteco.

Y ahora, ahí estaban. Lo único que faltaba era el pasaporte guatemalteco de Daniel, y su visa de adoptado.

Esta vez Jess lo sabía, todo saldría bien. El documento lo garantizaba. Ella era ahora la madre de Daniel.

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Temprano el sábado por la mañana, salieron del Radisson por última vez. La camioneta les dejó en el Aeropuerto La Aurora. Se bajaron Jess, su madre, Bubba, la bebé Ellyson y Daniel. Todos llevaban camisetas blanquirrojas de la Escuela Secundaria de Maryville. Incluso tenían una pequeña para Daniel.

Desde lejos, Daniel observa extático a sus amados aviones y Jess lo llevaba a la mesa de registros.

"He esperado tanto tiempo para poder cargarte así", dijo Jess a Daniel.

"Avión", dijo el chiquillo con una gran sonrisa. Le dio un jugoso beso a mamá y pidió que lo bajen. Se le acercó a Ellyson y separó los brazos, haciendo como un avión. Ella se rió e hizo lo mismo.

Entretanto, Bubba recogía los pasajes de abordar.

Tras tantos viajes, él había acumulado 700.000 millas de viaje, con la espera de usarlas el día en que pudiera llevarse a Daniel. En poco tiempo, estarían sentados en primera clase. El avión iba a despegar justo después de la una de la tarde.

Jess tenía el bolso lleno de bocadillos y juguetes. Antes en Maryville, sus amigas le habían organizado una fiesta sorpresa.

Cuando se le preguntó cómo Daniel se adoptaría a la casa en Maryville, se rió.

"Creo que estará decepcionado porque en nuestra casa no hay piscina en el techo, no hay ascensor y no puede ver aviones desde la ventana", dijo.

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Mientras la familia caminaba por el aeropuerto de Louisville tarde el sábado, sus amigos los recibieron a gritos, y luego se reunieron todos para rezar.

"¡Estamos en casa! ¡Lo logramos, y no lo podemos creer!" expresó la familia en un correo electrónico a sus allegados el domingo.

"Ojalá pudiesen todos ver la cara de Daniel cuando correteaba por la casa explorándola. No podía creer que tendría su propio cuarto. No podía creer el tamaño de la bañera, ¡fue fantástico!"

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Romina Ruiz-Goiriena reportó desde Guatemala y Travis Loller desde Tenesí.

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