Una profesora de 33 años, Bárbara Figueroa, es desde hoy la primera mujer en presidir la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), la principal central sindical de Chile, a la que espera despojar del "descrédito" para convertirla en protagonista de los cambios en el país.

Figueroa, que fue proclamada este viernes presidenta de la CUT, logrará ese hito en un país donde varios referentes de la izquierda, como la expresidenta Michelle Bachelet o la dirigente estudiantil Camila Vallejo, tienen nombre de mujer.

En una entrevista con Efe, esta profesora de Filosofía, afiliada igual que Vallejo al Partido Comunista, ve con naturalidad ese logro.

"Si bien el movimiento sindical tiende a ser más masculino, en Chile las mujeres representan cerca del 42 % de la fuerza laboral. Por tanto, la posibilidad de avanzar en este tipo de cambios no es tan extraña", estima.

Menos frecuente es la afiliación de los trabajadores a un sindicato: se estima que son sólo el 12 % de los cerca de 8 millones de personas que integran la fuerza laboral del país.

A la CUT, que integra a centenares de organizaciones sindicales, pertenecen en total unos 650.000 trabajadores, una cifra que Figueroa pretende estirar hasta un millón, mediante una gestión que pretende guiar con más transparencia y mecanismos democráticos.

En su agenda figuran también cuatro asuntos clave: un nuevo código laboral que reemplace al redactado en los años 80, lograr la sindicalización automática, fortalecer la negociación colectiva y terminar con el reemplazo de trabajadores en huelga por parte de las empresas.

En el camino a la presidencia de la CUT, Figueroa se enfrentó en las elecciones celebradas el pasado 24 de agosto a las listas lideradas por su antecesor en el cargo, el socialista Arturo Martínez, y por el democristiano Norberto Díaz.

Sobre los doce años de mandato de Martínez, Figueroa considera que desarrolló un sindicalismo "de capa caída" y que hoy la Central despierta "mucho descrédito y desconfianza, tanto de los trabajadores como del resto de los movimientos sociales, lo que le resta (a la CUT) fuerza y potencial para ser articulador y protagonista de las movilizaciones".

Su llegada, de momento, ha sido bien recibida. Hasta hace un mes, los dirigentes de la CUT que se dejaban ver en marchas estudiantiles eran blanco de pitidos y abucheos.

En cambio, Figueroa apareció entre aplausos en la última marcha de los estudiantes.

Ella quiere, de hecho, que la CUT asuma un papel más activo en la ola de transformaciones que la sociedad chilena ha empezado a reclamar con distintas voces, ya sean las de los estudiantes, las de los ecologistas o las de los habitantes de las regiones más aisladas.

Para ello ofrece diálogo con el Gobierno de Sebastián Piñera y con los empresarios, pero advierte de que no renunciará a jugar la carta de las movilizaciones en un país que, veintidós años después del fin de la dictadura, "dejó de temerle al conflicto como una suerte de crónica del terror".

"Yo creo en el diálogo, pero lo que no se puede pretender es que lleguemos a dialogar con los brazos caídos mientras nos sentamos con un empresariado que tiene todo el poder económico, gran manejo de los medios y una relación privilegiada con el poder político", señala.

También la CUT tiene su vista puesta en las elecciones de 2013: "Gran parte de los debates se van a instalar hoy para ser materia de presión en el próximo debate presidencial", apunta.

Hasta entonces, enfrente tendrá a otra mujer de carácter, la ministra del Trabajo Evelyn Matthei, con una larga trayectoria política a sus espaldas y altos índices de aprobación ciudadana.

El triángulo lo completa un empresariado que, reunido en la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC), fue capaz de firmar recientemente una declaración de voluntades con la anterior directiva de la CUT para alcanzar consensos en materia laboral.

Figueroa tendrá ahora un papel esencial en la continuación o no de ese diálogo, en un país que goza de un bajo índice de desempleo (6,5 %) y de un elevado crecimiento (5,3 %), pero con una alta desigualdad y una débil protección de los trabajadores.