Fred Diego está sentado en un banco bajo un sol brillante. Es una tarde de verano en la Indiana Memorial Union y estudiantes con sus laptops buscan lugares con sombra y beben café o jugos de Starbucks.

Diego, un estudiante de 20 años, se ríe al hablar de la discriminación.

"Noooo", dice cuando se le pregunta si la gente que no lo conoce piensa que es un buen estudiante. "Ni se le ocurre que pueda ir a la universidad".

Su expresión cambia de repente. Ya no sonríe.

"Esa es la discriminación que enfrentamos", señala, midiendo sus palabras. "Una desconsideración generalizada de nuestras aptitudes".

Diego es estudiante a tiempo completo en la IU. También es un inmigrante sin papeles.

Nacido en San Nicolás, México, Diego pasó su infancia en Chicago e hizo la secundaria en la George Rogers Clark High School en Hammond. Sus padres lo trajeron a Estados Unidos cuando no había cumplido todavía los tres años.

"No tenías opción", acota Cristian Delgado, un amigo que tiene una beca que cubre todos sus gastos y que también es un inmigrante sin permiso de residencia.

La familia de Delgado se vino de la Ciudad de México cuando el muchacho tenía siete años y se radicó en Indianápolis. "¿Qué podía hacer? Decir 'no papi, no me quiero ir con ustedes'?".

Diego está de acuerdo. "Tienes dos años. No puedes hacer nada".

"Eso es típico de nosotros los latinoamericanos. Tenemos lazos familiares muy sólidos. Nos trajeron aquí para que sigamos siendo una familia y podamos salir adelante como familia", expresó.

Diego sabe que sus padres violaron las leyes al venir a Estados Unidos sin autorización legal, pero se nota el respeto que siente por ellos al hablar de sus sacrificios.

"Dejaron atrás a sus familias", dijo. "Mi padre sabía que al venir aquí no estaría allí para la muerte de su madre ni para la de su padre. Renunció a estar con su padre cuando dio su último suspiro".

Las historias de los inmigrantes sin papeles son tema de un encendido debate. Para Diego, es la historia de su vida.

"Mi padre siempre quiso tener su propia casa y su propio auto. Era camionero y decía que podía tener su propio camión. Que podíamos tener uno o dos autos e ir a comer afuera los fines de semana. Cosas sencillas, que para nosotros son normales, como comprar ropa nueva con los cambios de temporada. Pero en México esos son lujos".

Delgado está de acuerdo y apunta hacia sus pantalones y sus zapatillas.

"La gran mayoría de la riqueza de Mexico está concentrada entre muy poca gente", expresó Diego. "Sí, hay cadenas Chili's, Sears y Roebuck y se pueden comprar Xbox y juegos en México, pero en realidad no se puede. Solo un grupo muy selecto de gente puede hacerlo".

Todo lo que sabe Diego de México lo escuchó de su familia. Nunca estuvo allí desde que vino a Estados Unidos de pequeño. Si fuese de visita, no podría volver.

La única vida que conoce es la de Estados Unidos, pero no es una vida legal. Tanto Diego como Delgado corren peligro de ser deportados.

"Uno vive en esta nebulosa, en medio de una gran incertidumbre", dijo Diego. "Pero para la mayoría de nosotros, jamás pensamos en esto hasta que cumplimos 16 años y tratamos de conseguir un empleo. Fue ahí que nos dimos cuenta que éramos indocumentados".

Los dos colaboran con la Coalición por los Derechos de los Inmigrantes, una organización con representantes en varias universidades del estado y que educa a los estudiantes acerca de sus derechos, al tiempo que promueve una legislación que les permita tener un futuro.

"Al principio tenía miedo de hablar porque no sabía en quién podía confiar. Pero cuando empecé a conocer a la gente me abrí más", declaró Delgado.

Si Delgado y Diego tienen miedo de decir públicamente que no tienen papeles, lo disimulan bien.

"¿Qué quiere decir con eso?", pregunta Diego cuando alguien le insinúa si eso no puede ser riesgoso. "Eso soy yo".

"Sí, no tengo otro status", añadió Delgado. "Vamos a hacernos oír, a salir de las sombras".

Si bien el temor de la deportación persiste, la orden ejecutiva que dio el presidente Barack Obama el 15 de junio les da cierta seguridad. Permite que los jóvenes que completaron la secundaria en Estados Unidos y satisfagan ciertos requisitos no sean deportados por dos años.

"Lo único que queremos es aportar a la sociedad, ser miembros plenos de la sociedad, con todo lo bueno y lo malo que ofrece", afirmó Diego. "Pagaremos impuestos y votaremos. Trabajaremos y seremos miembros de la comunidad, no delincuentes. Eso lo prometemos".

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Información del The Herald Times, http://www.heraldtimesonline.com