Poderío, destreza, carisma, volumen, blues, rock and roll y garage rock, siete pilares como las siete naciones sobre las que se asienta el más famoso ejército de la historia de la música, "Seven Nation Army", con el que Jack White ha desarmado del todo esta noche al público en su concierto de Madrid.

En el primer día en que la música en vivo sufría el agudo incremento del IVA, el aforo completo de La Riviera -unas 2.500 personas- ha vibrado con el que fuera guitarrista, cantante y alma del dúo estadounidense The White Stripes.

Tras la disolución de esa banda en 2011, hoy ha venido en solitario a presumir de trabuco (traducción al español del título de su disco de debut como Jack White, "Bunderbluss"), aunque en su show ha echado mano de otras armas y ha exhibido sus numerosas militancias en pos de un ejercicio completo.

Así han sonado temas de The White Stripes, The Raconteurs y de Dead Weather, las muchas formaciones musicales en las que este incansable músico, productor y actor ha intervenido desde que en 1997 fundara junto a su ex mujer Meg White la banda que le dio fama mundial como artista de prestigio y vanguardia.

Aunque posea un regusto de rock más clásico y menos osado, este primer disco recién publicado en el que por fin se presenta sin guarnición, solo con su nombre y apellido (prestado de su ex, eso sí), "Bunderbluss" también posee piezas vertiginosas que retrotraen a sus viejos tiempos, como "Sixteen saltines".

Con este tema, que sirvió como single de presentación, ha dado comienzo el espectáculo, lleno de energía explosiva y distorsión eléctrica, con White más repeinado que de costumbre y parapetado por cuatro músicos, luciendo chaleco y guitarra blanca.

Guitarra, bajo, contrabajo, violín, teclados y piano se han fundido en ese arranque como un ola atronadora que no pierde por ello ni sentido ni melodía.

"This is Madrid, correct?", ha dicho en su única apelación directa al público de la capital este artista de Detroit, ex monaguillo, que renunció al seminario porque, según contó él mismo, supuso que no le dejarían llevar consigo un amplificador recién adquirido.

Así dio rienda suelta a su talento y John Anthony Gillis pasó del fervor por el cielo a la pasión por sus "Satánicas Majestades", los Rolling Stones, una más de las muchas y reputadas bandas que han reconocido su talento, como Iggy Pop, Radiohead, Lou Reed o Slash.

Tras el explosivo arranque han sonado canciones más reposadas y tan distantes en el tiempo entre sí como "Hotel Yorba", de "White Blood Cells" (2001), el disco de los Stripes que le descubrió al mundo entero, o "Hip (Eponymous) Poor Boy", de las más recientes y una de las que no han entrado en sus shows previos a Madrid, a donde ha llegado en el inicio de su gira europea tras pasar por Portugal.

No ha olvidado tampoco "Steady, As She Goes", su primera canción junto a The Raconteurs, que ha puesto al público a batir palmas, o "Broken Boy Soldier", tema que dio título a ese mismo disco.

Sentado al piano, en una fugaz interpretación, o tras la guitarra, White ya daba muestras para entonces de haber ido rindiendo a la concurrencia antes de pulsar el botón definitivo, "The Hardest Button to Button".

Tras un breve descanso, la banda ha vuelto al escenario para desplegar su última munición, a destacar "We're Going To Be Friends" y, sobre todo, "Seven Nation Army", una canción más poderosa que mil trabucos juntos, de esas que hacen historia tanto en lo musical como en lo visual (rojo, negro y blanco) y que ha obligado a White a desmelenarse por fin.

Con ella y tras hora y media de concierto se ha despedido del público madrileño, encantado de haberse dejado abatir por el talento de este artista que mañana intentará rendir otro flanco español, la sala Razzmatazz de Barcelona.

Javier Herrero