El K2, con 8.611 metros de altura, es un pico "hipnótico, que enamora y atrapa" a los montañeros en un sueño casi obsesivo por ascender a su cumbre y cuyo precio a veces es la propia vida, relató a Efe el alpinista austríaco Kurt Diemberger, superviviente de una famosa tragedia en su cima en 1986.

En su tercer intento, Diemberger realizó su "sueño" de llegar a la cumbre del K2, pero de regreso su compañera Julie Tullis sufrió un accidente y una tempestad los atrapó junto a otros cinco montañeros en su carpa, a más de 8.000 metros durante seis días, por lo que sólo el austríaco y su compañero Willi Bauer vivieron para contarlo.

Diemberger, que también elaboró documentales, repasó este fin de semana los detalles del "milagro" de su supervivencia en la octava edición del Inkafest, el festival de cine documental de montaña y de aventura que se celebra en la ciudad peruana de Huaraz, donde también proyectó su película "K2: el nudo infinito".

En ese largometraje y en su libro bajo el mismo título describe el poder de esta montaña para atrapar a los que la ven, al igual que el canto de sirena hipnotizaba a la tripulación de Ulises en la Odisea hasta llevarlos casi a la perdición.

De su experiencia extrema admitió que no encuentra explicación, pero aseguró que "además de creer en Dios", también lo hace en los "espíritus de la montaña", por lo que indicó que "es posible" que estos entes lo custodiaran en aquel momento.

No obstante le sirvió para elaborar la teoría del "séptimo sentido", que también plasmó en un libro, para nombrar así "a la fuerza que te empuja hacia adelante a la cumbre", mientras que el sexto sentido "es la premura" que pide tomarlo con más calma, "y entre los dos hay que encontrar la vía correcta hacia la decisión justa".

A sus 80 años el austríaco recordó que aunque el monte Everest (8.846 metros) supera por poco al K2, es este segundo pico "el más peligroso" porque "se cobra la vida de una de cada siete personas que llegan a su cima".

"Me enamoré del K2 porque parece un gran cristal y de muchacho buscaba cristales en la montaña, pero fue poco a poco porque al principio pensaba que no era para mí", dijo este integrante de las primeras expediciones a las cumbres entonces vírgenes del Broad Peak (8.047 metros) en 1957 y del Dhaulagiri (8.167 metros) en 1960.

Tanto en esos picos como en el "enigmático" K2, con Jullie Tullis, afirmó que se encontró con el "alma de la montaña", algo que, según él, muchos de los montañeros actuales ni conocen "porque ahora parece que en el montañismo sólo valen los récords y ver quién sube más rápido o quién lo hace más difícil".

"Yo les digo a los jóvenes que busquen el ánima de la montaña y que no miren tanto el reloj, porque es verdad que a veces hay que ir rápido como cuando estás en medio de una tempestad, por ejemplo, pero no hay que hacerlo siempre porque si corres no das pie para que tu cabeza y tu corazón conozcan y sientan la montaña", explicó.

Diemberger subió a esas cimas sin tanques de oxígeno adicional porque considera que "es la manera natural de hacerlo si alguien quiere llegar a la cumbre", pero reconoció que los utilizó cuando se dedicaba a filmar otras expediciones que preferían usarlos, como en el caso del Everest.

Sin embargo, a su edad actual sigue disfrutando de la montaña al argumentar que por muy mayor que sea, ésta "se siente como un padre o una madre y siempre es un placer estar cerca de ella, aun si tuviera 100 años, porque ya sólo verla es un gran regalo".