Antes de la rebelión, eran carniceros, barberos, obreros de la construcción y estudiantes universitarios.

Ahora son rebeldes que libran una guerra civil con la esperanza de dar a fin al régimen autoritario del presidente sirio Bashar Assad.

Los insurgentes son una amalgama de desertores del ejército, islamistas, intelectuales, jornaleros y otras personas ordinarias que se levantaron en armas contra uno de los Estados policiales más cruentos del Oriente Medio.

"Nos decíamos 'que sea pacífico, pacífico'. Pero vinieron a nosotros con armas, cañones y aviones, así que nos dijimos: 'Esto de ser pacífico no está funcionando''', dijo Mohamed Sami, de 22 años.

Sami dijo que vendía vegetales y trabajaba en una tienda de abarrotes de este pequeño poblado del norte de Siria antes de persuadir a su padre para invertir en su sueño: una barbería.

Trabajaba con un amigo en un establecimiento con dos sillones, grandes espejos, recortadoras eléctricas y un aparato de televisión.

Al iniciar el levantamiento, dijo que colocó una bandera revolucionaria en el muro. Cuando los soldados entraron en el poblado, prendieron fuego a su barbería.

Poco después, dice, se unió a los rebeldes.

Bader Farouh, de 17 años, cuenta que fue detenido poco después de sumarse a las protestas. La policía lo arrestó durante una manifestación en la ciudad norteña de Alepo. Por tres días, relata, lo metieron acuclillado por el hoyo de una llanta y lo golpearon con varas. Lo dejaron ir después que firmó una carta en la que se comprometía a dejar de protestar.

Pero volvieron a capturarlo en otra manifestación una semana después. Tras ello, dice, lo colgaron desnudo en un muro y fue azotado nuevamente. Doce días después fue liberado en un intercambio de prisioneros entre el régimen y los rebeldes.

Luego de los incidentes, dice que su padre lo llevó con el cabecilla de una brigada rebelde local y le dijo: "Tómenlo y trátenlo como a uno de sus hijos".

Eso fue hace seis meses.

Ahmed al-Saleh, de 22 años, dijo que quería ir a la universidad tras graduarse de secundaria, pero no tenía dinero para pagarla ni cubría los requisitos para que el gobierno lo hiciera. Así que se unió a la policía y sellaba pasaportes en un aislado cruce en la frontera con Turquía. Le gustaba el empleo y ganaba 270 dólares por mes.

Cuando comenzó el levantamiento, dijo que lo apoyaba "con el corazón", pero se mantuvo callado.

Participó en su primera protesta en casa en su día de descanso, y dijo que se sintió "estupendo".

El mes pasado desertó. Cuando llegó a casa, dijo que pidió 1.000 dólares prestados a un amigo para comprar un rifle kalashnikov.

Al igual que muchos, dijo que tiene la intención de regresar a su vida normal si cae el régimen, lo que significa que se reuniría a la fuerza policial.

"Me hice voluntario para servir a mi país, no para servir a Bashar ni a nadie más", dice.

Sami, el barbero, también tiene esperanzas de reanudar su vida tras la guerra, aunque dijo que será diferente sin el régimen.

"Quemaron mi establecimiento porque puse una bandera", dijo. "Después de la revolución, pondré lo que quiera. Habrá banderas por todos lados".