Carrozas de carnaval, bailarinas, disfraces, percusión y mucho calor marcaron hoy el ritmo en el castizo barrio tokiota de Asakusa, que dejó a un lado la tranquilidad de sus templos para albergar su gran fiesta brasileña.

Cerca de medio millón de nipones no quisieron perderse, a pesar de las altas temperaturas, esta trigésimo primera edición del "Festival de Samba de Asakusa", y abarrotaron las calles del popular barrio que se entregó por completo a la fiesta.

Por las calles adyacentes al gran templo de Sensoji, el más antiguo de la capital y corazón del barrio, una marea de bailarinas vestidas con suntuosas plumas de colores y acompañadas de comparsas musicales subieron aún más la temperatura, a golpe de cadera y derroche de energía, a los miles de seguidores y curiosos.

El desfile contó con la participación de unas 26 escuelas de samba, casi en su totalidad afincadas en Japón, en las que participaron más de 4.400 bailarines y músicos, según detalló a Efe un miembro de la organización.

Espectáculos musicales y disfraces evocaban temas tan dispares como la industria del cine, el medioambiente, el cielo o el infierno, aunque tampoco faltó la fusión de las culturas japonesa y brasilera en carrozas con llamativos muñecos "manga" (cómic japonés) o bailarines de samba en yukata, el tradicional kimono de verano.

"Es maravilloso ver como se mueven, me encanta la música brasileña", señaló a Efe Kentaro, un joven japonés que, ataviado con una toalla húmeda en la cabeza para mitigar el calor, se abanicaba desesperado en primera fila.

"Es el primer año que vengo. Me gusta mucho pero hace demasiado calor", lamentó Kentaro, mientras, apilado por sus sonrientes amigos, mantenía el ritmo de la música.

Bailarinas japonesas y brasileñas de todas las edades, desde niñas de apenas 5 años hasta ancianas, compartieron protagonismo en la cabalgata, que recorrió el centro de las calles mientras, a los lados, se agolpaba la multitud en espacios por donde apenas circulaba la gente.

Las coreografías, estudiadas a la perfección, imitaron dignamente las tradiciones estampas propias de los enormes carnavales de Río de Janeiro o Recife, mientras que a bordo de las carrozas algunos japoneses, amantes del karaoke, se animaban a cantar las tradicionales "marchinhas" de carnaval.

Los bares y restaurantes de la zona no quisieron dar la espalda al gran festival y sacaron a la calle puestos improvisados de comida, bebidas fías o carritos con helados.

Celebrado tradicionalmente el último sábado de agosto, el festival nació en 1981 cuando el alcalde de uno de los 23 distritos que componen la capital japonesa invitó a la escuela de samba ganadora de aquel año en el carnaval de Río de Janeiro a hacer una demostración en Tokio.

Esta gran celebración, convertida ya en una fecha habitual del calendario cultural nipón, sirve de punto de encuentro para la numerosa comunidad brasileña en Japón, y de homenaje a un país que acoge su mayor colonia en el exterior con más de 1,8 millones de japoneses y descendientes hasta de segunda generación.

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Por Javier Picazo Feliú