Las cantidades crecientes de ruido submarino, que en gran parte se debe al tráfico marítimo, envuelve a las ballenas francas en una suerte de "contaminación acústica" que les dificulta comunicarse, dijeron investigadores.

La ballena franca del Atlántico Norte, una especie en peligro de extinción, depende más de los sonidos que de la vista, y utiliza ruidos distintivos para mantenerse en contacto.

Un estudio de científicos federales e investigadores de la Universidad de Cornell publicado el miércoles calcula que, en los últimos 50 años, el área en la que las ballenas se pueden comunicar con eficacia en el banco de Stellwagen y las aguas circundantes frente al estado de Massachusetts ha disminuido en dos tercios debido al ruido.

Los investigadores dijeron que el barullo reduce la capacidad de los animales para reunir y compartir información vital que les ayuda a encontrar alimentos, evitar a los depredadores, reproducirse y proteger a sus crías.

"Básicamente, las ballenas frente a Boston ahora se encuentran viviendo en un mundo lleno de nuestra contaminación acústica", dijo Christopher Clark, director del programa de investigación bioacústica de Cornell y coautor del estudio.

La autora principal del artículo, la experta en acústica Leila Hatch, de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica, comparó la difícil situación de las ballenas con una persona en una fiesta llena de gente que se ve obligada a hablar más fuerte o salir de la habitación para que la puedan escuchar.

En el caso de las ballenas, los animales pueden cambiar la frecuencia o el volumen de sus llamadas, lo cual puede limitar la eficacia de su comunicación y someterlas a estrés fisiológico, agregó Hatch.

La ballena, de movimientos lentos, puede llegar a medir 17 metros (55 pies) y pesar 70 toneladas, y fue cazada casi hasta su extinción en el siglo XVIII. Sólo queda una población de entre 350 y 550 ballenas francas del Atlántico Norte, por lo cual es crucial entender mejor cómo las afecta el ruido.