Pocas comunidades, como los indígenas nasa del Cauca, representan mejor a un grupo étnico que se encuentra en riesgo de perder su cultura ancestral al encontrarse desde hace más de 30 años en medio de un conflicto armado del que no se sienten parte.

Pero pocos, como ellos, han tenido el valor de enfrentarse a la guerrilla y el Ejército, armados de unos bastones, con el argumento de que no quieren a ningún actor armado en su territorio.

Durante tres décadas las poblaciones donde habitan unos 100.000 nasa, montañas del norte del Cauca, han resistido más de 600 ataques y hostigamientos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC y de otros grupos guerrilleros.

La sola pugna dejó, entre 2000 y 2008 con las FARC, unos 80 dirigentes asesinados por oponerse a la autoridad que ese grupo guerrillero intenta imponer en el territorio de los nasa, según denunció en abril de 2009, en una asamblea realizada en el resguardo de La María, la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca, Xhab Wala Kiwe en idioma nasa.

El pueblo más afectado por los ataques ha sido Toribío, que ha sido semidestruido cinco veces por diferentes grupos rebeldes. Toribío se encuentra en medio de un macizo montañoso, a unos 120 kilómetros de Popayán, capital de la provincia del Cauca. En el área urbana y en más de 50 veredas habitan unas 35.000 personas, el 97% indígenas nasa, según datos de la alcaldía municipal.

Para las FARC, las montañas y cañones del norte y oriente de departamento del Cauca, donde los indígenas tienen sus casas y cultivos dispersos en las laderas, les permiten comunicarse con cinco departamentos a través de una intrincada telaraña de carreteras sin pavimentar y de trochas para mulas. También se aprovechan de productos agrícolas cultivados por ellos para alimentar a cientos de combatientes y camuflarse entre los civiles.

El Ejército, que está obligado por la Constitución a guardar el orden en toda la nación, incluyendo a los territorios indígenas, cree que las FARC usan esta cadena montañosa como un corredor hacia el Pacífico para sacar drogas ilícitas.

Durante mis recorridos por el norte del Cauca he observado cultivos de coca e invernaderos de semilla de marihuana muy cerca de las casas de los indígenas.

Los indígenas del cabildo de Miranda dicen que son cultivos de subsistencia dada la pobreza en la que viven. Las autoridades, además, han permitido mantener hasta 50 matas de coca por familia para propósitos medicinales y espirituales.

Una investigación de la asociación de cabildos determinó que los cultivos de coca en esa zona pasaron de 10 hectáreas en 1999 a 50 hectáreas en 2007. Miembros de la comunidad dicen que los cultivos han aumentado progresivamente promovidos por "blancos" que les prestan dinero a los indígenas y les compran la hoja de coca.

Hace unos tres años, por ejemplo, el cabildo de Jambaló, otro territorio ubicado en las montañas del norte del Cauca, organizaron una jornada de trabajo colectivo, llamada 'minga', para erradicar algunos laboratorios artesanales donde procesaban la coca en varias veredas de la zona, según comunicados de la época de ese cabildo.

Los indígenas desmontaron estos laboratorios, llamados 'cocinas', y días después denunciaron amenazas contra algunos de los líderes de la jornada.

Fuera del abandono del estado, el cultivo de coca, la presencia histórica de grupos guerrilleros, y el reclutamiento de jóvenes indígenas por parte de la guerrilla, el problema involucra un ingrediente que es el corazón de la guerra: la lucha por mantener su tierra y por quién gobierna el territorio que habitan.

"Por la tierra, los indios nos hacemos matar", dicen en talleres y asambleas que realizan durante todo el año las 19 organizaciones que conforman la asociación de cabildos.

El reclamo por conservar las tierras y el derecho a gobernarse y ejercer justicia de acuerdo con sus leyes ancestrales los motivó a crear, en 1972, el Consejo Regional Indígena del Cauca.

Fue, entonces, cuando empezaron las disputas con las FARC y otros grupos armados.

En las décadas 70 y 80, las comunidades indígenas del centro y norte invadieron grandes haciendas, la mayoría de ellas de propiedad de familias notables de Popayán, capital de la provincia caucana.

Según los datos del Consejo Regional Indígena, más de 70 indígenas murieron en esas luchas. Ellos justifican la invasión de tierras, que llaman recuperación, porque fueron despojados de ellas en cuatro siglos de engaños y presiones.

Cuando nace un niño, su madre, especialmente en las veredas más apartadas, entierra la placenta y el cordón umbilical porque considera que así se crea un vínculo indisoluble con la tierra, la que defenderá cuando crezca con su propia vida si es necesario.

Tan fuerte es su determinación porque se respete su autonomía que los himnos de su pueblo contienen alusiones como "Pa' delante compañeros, dispuestos a resistir. Defender nuestros derechos, así nos toque morir".

Los niños aprenden estos cantos antes de ir a la escuela. Sus madres los amamantan mientras participan en asambleas. Es común ver a los niños luciendo los distintivos de la organización indígena. Así se forjan los futuros guardias y líderes de sus respectivos resguardos.

Para pedir respeto a sus tierras y autonomía, los indígenas han tratado de dialogar con las FARC desde 1984. En esa época, una delegación de indígenas fue a Casa Verde, zona montañosa del centro del país, donde entonces vivía la cúpula de la guerrilla durante los fallidos diálogos de paz de la época.

Entonces, los líderes reclamaron por atropellos que sus hombres cometían y exigieron respeto a sus autoridades y a su territorio.

En marzo siete de 2009, los nasa iniciaron un intercambio de mensajes con Alfonso Cano, ex jefe de las FARC abatido en 2011, a raíz de amenazas y de acusaciones de alinearse con el Estado y, especialmente, por el asesinato de ocho indígenas awa, al sur del país, en febrero de 2009.

Las FARC reconocieron públicamente las muertes con el argumento de que los indígenas eran informantes del Ejército.

En abril de 2012, los nasa le escribieron a alias Timochenko, jefe actual de esa guerrilla, pidiendo hablar. "Tal diálogo es más urgente a medida que el conflicto se intensifica en nuestra región... Le solicitamos que nos haga una aclaración importante sobre la política de su organización hacia nosotros".

Luego, los indígenas pidieron a Timochenko, en una carta de 15 de julio, que se fueran: "Salgan de los territorios indígenas del Cauca. Aléjense de los sitios poblados y de vivienda. No ataquen más a la población civil. No realicen más ataques que con toda seguridad van a afectar a la población civil aunque pretendan atacar solo a la fuerza pública".

Timochenko respondió el pasado 20 de julio diciendo: "Si en Colombia cesan las operaciones militares, bombardeos y ametrallamientos, desplazamientos forzados, despojo de la tierra, crímenes contra el pueblo e impunidad... no tendrá sentido la existencia de las guerrillas. Si el Ejército, la Policía y los paramilitares salen del Cauca, si termina su guerra contra indígenas, campesinos, mineros y pueblo en general, nosotros no tendremos problemas para salir también".

Como las FARC y el Ejército combaten en el norte del Cauca, los nasa han creado un complejo sistema que les permite resistir durante meses el asedio de la guerra y regresar a sus casas y cultivos apenas terminen los combates.

Acuden a los llamados "lugares de asamblea permanente". Hay docenas de estos sitios dispersos en las montañas. Son lugares convenidos con anticipación de manera que cuando comienzan los enfrentamientos, los nasa de las veredas afectadas corren hacia estos lugares. Llevan comida para varios días. Rodean el lugar con banderas blancas, les hace un llamado a los actores armados para que no combatan en las vecindades, y allí permanecen hasta que cesan las hostilidades.

El mecanismo tiene sus riesgos pero los nasa están dispuestos a correrlos.

Para la guerra irregular que desarrollan las FARC, estas montañas son ideales. Durante los ocho años del gobierno del presidente Alvaro Uribe Vélez esa guerrilla resistió varias ofensivas de grupos elite, tanquetas y helicópteros.

Luego, los insurgentes cambiaron su estrategia, se distribuyeron en grupos más pequeños y reanudaron los ataques que desembocaron en la situación que hoy tiene en una mesa de negociación a los indígenas y al Gobierno.

Desde hace un año, las FARC intensificaron los ataques en Toribío. En julio de 2011 hicieron estallar un carro bomba cerca de un cuartel de policía. Un policía y cuatro civiles murieron, más de 100 civiles quedaron heridos y 640 casas resultaron averiadas, según datos de la Personería municipal.

En la madrugada del seis de julio de 2012, las FARC iniciaron una ofensiva contra el cuartel de Policía de Toribío, ubicado a una cuadra del parque principal del pueblo. La población civil fue la principal víctima de los ataques hechos con granadas y morteros artesanales fabricados por los guerrilleros.

Los proyectiles se denominan "tatucos" y casi siempre fallan el blanco por decenas de metros.

Dos días después uno de esos "tatucos" cayó hacia las 10:30 de la mañana en un centro médico administrado por los indígenas. La explosión le destrozó las piernas a la jefa de enfermeras, Helena Briceño, que no es indígena. Otras cuatro enfermeras resultaron heridas, según la asociación de cabildos.

Los indígenas revivieron, una semana después de los ataques, una antigua exigencia hecha a "todos los actores armados", incluido Ejército y Policía: salgan de sus resguardos, que es como se conoce a los terrenos asignados a los indígenas por la Corona española durante la Colonia. Y les dieron un ultimátum.

Vencido el plazo, cientos de ellos, la mayoría jóvenes, desarmaron las trincheras de la policía en las calles de Toribío, y desalojaron a los soldados que custodian las torres de telefonía móvil en el cerro Berlín, un lugar sagrado para los nasa ubicado en las afueras del pueblo.

Al día siguiente, el Ejército volvió y como resultado, 26 indígenas resultaron heridos en los enfrentamientos, según el Consejo Regional. El Ejército no reportó heridos en sus filas pero la foto de uno de los militares, llorando, apareció en los periódicos y telenoticieros del país.

La Defensoría del Pueblo reportó cinco heridos. Ninguno padecía de heridas de bala.

Según el gobernador del resguardo de Toribío, Marcos Yule Yatacué, que es también un investigador de la cultura nasa, ese cerro es reconocido por los the'wala, o médicos tradicionales indígenas, como un centro de reunión de espíritus del agua y un lugar donde sus antepasados hacían rituales para evitar que la violencia llegara a ese territorio.

Los ánimos se caldearon aún más el 18 de julio. Ese día, soldados de la Brigada 29 mataron al indígena nasa Fabián Guetio, de 20 años, por no atender una voz de 'alto' en un retén del vecino municipio de Caldono, según el Consejo Regional.

El alcalde de Caldono había dicho a la AP que Guetio no era un indígena sino un "campesino".

La Guardia Indígena destruyó algunas de las trincheras del Ejército y capturó a tres guerrilleros que resultaron ser indígenas. Los rebeldes fueron sometidos a juicio por las autoridades del resguardo. Dos de los insurgentes fueron condenados a recibir 30 latigazos y el tercero, por ser menor de edad, a una pena de diez latigazos. Luego del castigo, que los indígenas llaman "remedio", los guerrilleros fueron entregados a las respectivas familias para que se hicieran cargo de ellos.

Fue entonces cuando el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos y los indígenas iniciaron una mesa de diálogo que está sesionando en Popayán. El miércoles hubo una reunión con el Ministro del Interior, Federico Renjifo, con delegados de la asociación de cabildos y se espera que el presidente Santos vaya al lugar el martes.

La posición del gobierno es de talante conciliador al abrir el diálogo con los indígenas, pero firme al decir que no cederá ante las presiones de desmilitarizar la zona. "Hemos conocido los temas que los indígenas quieren debatir y vamos a ir buscando sus acuerdos", dijo Renjifo al diario El Tiempo.

Las peticiones de los indígenas incluyen la salida del Ejército de sus tierras y que no sean estigmatizados como guerrilleros; petición a la que hizo eco Renjifo, según ese diario.

Así las cosas, lograr acuerdos entre el Gobierno y los nasa no será un tema sencillo pues como dice Eibar Fernández Chocué, un dirigente nasa del resguardo de Jambaló, "un indio sin tierra no es nadie".

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* José Navia es periodista y profesor de la Universidad del Rosario de Bogotá.