Los hazaras se han convertido en el principal objetivo de la violencia sectaria en Pakistán ante la impotencia de las autoridades, incapaces de frenar las matanzas que sufre esa etnia minoritaria, que profesa la rama chií del Islam.

Según estimaciones de la propia comunidad, más de cien de sus miembros han muerto este año por atentados de diversa índole en la provincia occidental de Baluchistán, cuya capital, Qüetta, concentra buena parte del millón de hazaras que viven en la región.

Los integrantes de esta etnia llegaron en su mayoría hace más de un siglo a Pakistán -entonces el extremo occidental de la India británica-, huyendo de la persecución en su Afganistán natal, pero hoy ven amenazada su presencia en su tierra de acogida.

Descendientes de los conquistadores mongoles que llegaron al sur de Asia, los ojos rasgados de los hazaras los hacen fácilmente identificables y los convierten en blanco sencillo para los grupos armados sectarios que actúan con relativa impunidad en Baluchistán.

"Los hazaras sufren una doble discriminación por su etnia y por su confesión chií", dice a Efe la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de Pakistán, Zohra Yusuf, que critica a las fuerzas de seguridad por no frenar la violencia contra la comunidad.

Para Yusuf, los continuos asesinatos selectivos son "un efecto secundario" de la violencia política en Baluchistán y de la radicalización creciente en la que va camino de ser la provincia más violenta del país.

"Somos víctimas de un gran juego en esta tierra", dice un responsable del Partido Democrático Hazara, Qadir Nayel, quien cree que el factor clave para explicar los atentados es su etnia, no su religión.

Diversos analistas consultados por Efe consideran que parte del aparato de seguridad estatal ha visto con buenos ojos la proliferación de grupos radicales de tinte sectario en Baluchistán para frenar la corriente nacionalista en esa región del país.

"Es una hipótesis que defienden, entre otros, los propios hazaras y de la que parece haber evidencias", dice con cautela el experto en Baluchistán Sardar Sherbaz, del "think tank" paquistaní Instituto de Estudios Estratégicos.

"El estado quiere evitar que se repita la historia de Pakistán Este en 1971", recalca la analista Ayesha Siddiqqa, en referencia a la guerra civil que desembocó en la creación de Bangladesh, que dejó una profunda huella en el imaginario político de Islamabad.

El ministro de Interior, Rehman Malik, se refirió en público el pasado jueves a los problemas de violencia política en Baluchistán y afirmó que lo que pasa allí "puede ser comparado con lo sucedido en Pakistán Este".

"Las agencias de seguridad creen que los nacionalistas baluchis tienen el apoyo de la India o de Estados Unidos, así que ellos no tienen reparo en usar otras fuerzas para contrarrestarlos y crear divisiones en la provincia", dice Siddiqqa.

El principal causante de las muertes de hazaras en los últimos años ha sido el grupo radical Lashkar-e Jangvi, que ha hecho pública su intención de "limpiar" Pakistán de hazaras, a quienes considera "infieles" que deben ser exterminados o expulsados del país.

El pasado septiembre, miembros de ese grupo detuvieron un autobús de con una cuarentena de peregrinos hazaras a bordo, hicieron bajar a 26 hombres y niños (el menor de ellos de 5 años) y los ejecutaron ante la mirada de sus familiares y la pasividad oficial.

"Hoy la vida es un riesgo constante para nosotros", dice el hazara Qadir Nayel, quien explica que el trayecto diario a su oficina se torna día a día más complicado por el enorme riesgo de ser objeto de un ataque.

"Cada vez son más los que no pueden ir a la escuela o al trabajo", dice Nasir Alí Sha, diputado nacional de etnia hazara.

Ahora la violencia extrema contra su comunidad y la falta de oportunidades en su tierra está empujando a muchos jóvenes hazaras a emigrar, sobre todo a Australia, Indonesia o Europa, en muchos casos de forma ilegal y en condiciones extremas.

El pasado diciembre, 55 jóvenes hazaras murieron ahogados al hundirse una embarcación que transportaba a 250 emigrantes sin papeles frente a las costas de la isla indonesia de Java.

"Algunos se van, pero somos demasiados como para irnos todos", espeta el parlamentario Ali Sha, que recuerda algo que parece pasar desapercibido para las autoridades: "Somos paquistaníes y este en nuestro país".

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Pau Miranda