Una línea azul quiebra la escarcha negra del horizonte. Está amaneciendo en el caserío Inca de Oro, uno de los últimos vestigios del auge aurífero del siglo pasado. En el Norte Grande chileno un puñado de mineros sale a "rascar" la cordillera que rodea el pueblo.

Dos años antes, a cien kilómetros de este lugar, 33 hombres vivieron la experiencia más oscura de su vida, en la profundidad de la mina San José, cuando una roca de 100.000 toneladas se desprendió en el interior del yacimiento y los sepultó a 700 metros de la superficie.

La expectación mundial que causó el rescate de "los 33 de Atacama" ha ido desapareciendo, pero los mineros de la zona recuerdan muy bien lo sucedido. Uno de ellos es Rubenson Araya, uno de los últimos "pirquineros".

"Este trabajo va a morir con nosotros", comenta a Efe mientras baja por una desvencijada escalera de metal casi tan vieja como su lámpara de carburo. El contraste entre los equipos de extracción de un minero artesanal y los que se emplean en la minería a gran escala es abismal.

El padre de Rubenson llegó a Inca de Oro en 1937, cuando el pueblo estaba en pleno apogeo de la "fiebre del oro" y los mineros apostaban sus ganancias en túneles que hacían las veces de casinos clandestinos.

Por entonces era habitual que los hijos heredasen el oficio. Rubenson apenas tenía siete años cuando aprendió a descubrir las vetas bajo la luz de la lámpara de su padre.

"Pero a mis hijos no los dejé. Yo quería que estudiaran y aprendieran a hacer otra cosa".

De repente se detiene. Todavía le faltan 45 metros en vertical para llegar a la veta. El aire se torna cada vez más caliente. En el silencio de la mina sólo se escucha el rebote de las pequeñas piedras que se desprenden.

La linterna apenas ilumina unos metros, los suficientes para distinguir las tonalidades verdosas de una veta rica en cobre y oro. Una de estas franjas con buena ley (porcentaje de mineral) puede esconder hasta 32 gramos de oro por tonelada de roca.

A comienzos de este año, el ministro chileno de Minería, Hernán de Solminihac, pronosticó que la extracción de oro se triplicaría para el año 2015. Chile entrará entonces en la lista de los diez principales productores mundiales, con alrededor de 120 toneladas por año.

Y todo esto en medio de una subida sostenida del metal precioso, que durante 2012 alcanzará precios récord que fluctuarán entre 1.600 y 2.000 dólares la onza (31 gramos).

A Rubenson todo esto le trae sin cuidado. La cantidad de mineral que extraen los cerca de 3.000 mineros artesanales del Norte Grande fue importante en la producción chilena años atrás, pero hoy está en declive.

Rubenson ha conocido de cerca el peligro. Varios compañeros muertos en un derrumbe, cuando él tenía quince años, un terremoto que casi lo sepulta vivo y la experiencia de su padre, que murió de silicosis, la enfermedad de los mineros y que él mismo padece.

A 60 metros de profundidad, mientras raja la veta con el cincel, el pirquinero se queja de que ya no hay espacio para la pequeña minería.

"Ahora todos tienen que trabajar para las grandes empresas, porque el gasto se come las ganancias".

Los materiales que emplean los pirquineros para su trabajo cada vez son más costosos. Pero la principal causa de la ruina es el detallado análisis del mineral por parte de los compradores, que sólo aceptan material de buena ley.

"Puras dificultades. Ahora dicen que los minerales llevan impurezas y nos las cobran a nosotros. Están matando a la minería artesanal".

Años atrás, los componentes químicos para la limpieza eran escasos. Hoy abundan, pero son muy caros. Por eso los mineros aplican sus propios y rudimentarios métodos.

Es suficiente un vistazo para darse cuenta de la pericia de estos hombres. Mientras con una mano trituran a mazazos las rocas menudas, con la otra sostienen delicadamente el cuerno de toro que usan para revisar qué tan buena es la muestra.

En la "poruña", un cuerno de toro rajado por la mitad, Rubenson vacía el polvo de roca y lo diluye en agua para determinar la pureza de la veta. Rara vez se equivoca.

Los mineros artesanales se enfrentan a otro problema: no pueden adquirir material de alto riesgo sin la supervisión de un técnico especialista.

Muchas minas artesanales están cerrando porque no pueden pagar a los especialistas en prevención de riesgos. Los pirquineros que siguen trabajando lo hacen con temor a que los inspectores las clausuren. Lo peor que puede ocurrir es que aumente la explotación ilegal y, en consecuencia, la tasa de accidentes.

"¡Llevo más de medio siglo mascando tierra y ahora me salen con que necesito un prevencionista para hacer un hoyo!", comenta Rubenson con enojo.

La voz se le ha ido caldeando. Aunque tiene un carácter mesurado, la paciencia se le acaba ante lo que considera un abuso.

"Los peligros los traen los empresarios de la mediana minería. Ellos contratan a gente inexperta. Ahorran plata, pero cuesta vidas. Si no, es cosa de ver lo que ocurrió en la mina San José".

Mientras observa el barro que ha quedado en el fondo del cuerno, Rubenson Araya reflexiona con amargura.

"Ese accidente nos remató. Si antes ya era difícil trabajar, hoy es casi imposible".

Pero de pronto el viejo minero sonríe. Un barro verdoso reluce en la negra poruña. Sabe inmediatamente que ha encontrado una buena veta.