El escritor, dramaturgo, político y comentarista Gore Vidal, cuyas novelas, ensayos, obras de teatro y opiniones se caracterizaron por su ingenio cargado de escasa modestia y sabiduría poco convencional, falleció el martes, informó su sobrino. Tenía 86 años.

Vidal falleció en su residencia de Hollywood Hills aproximadamente a las 6:45 horas tras complicaciones de una neumonía, dijo Burr Steers. Vidal vivía solo en la casa y había estado enfermo "desde hace mucho", dijo.

Junto con sus contemporáneos como Norman Mailer y Truman Capote, Vidal pertenecía a la última generación de literatos que también eran celebridades genuinas: figuras de atractivo en programas de entrevistas y en las columnas de sociales, personalidades de semejante talla y atractivo que incluso aquéllos que no habían leído sus libros sabían quiénes eran.

Su obra incluye cientos de ensayos, las novela "Lincoln" y "Myra Breckenridge"; la novela de vanguardia "The City and the Pillar", que figura entre las primeras novelas con personajes abiertamente gay, así como la pieza teatral nominada para los premios Tony "The Best Man" reestrenada en Broadway en 2012.

En el mundo que hubiera preferido, Vidal hubiera sido presidente o quizás rey. Tenía un porte de aristócrata — alto, apuesto y sereno — y el tono de mandato imperativo para llamara a un ayudante o a un cortesano, pero Vidal se ganó la vida — una muy buena vida — desafiando al poder, no ostentándolo.

Era millonario y famoso y comprometido a exponer un sistema a menudo dirigido por hombres a los que conocía de cerca. Durante los días de Franklin Roosevelt, uno de los pocos líderes a los que Vidal admiró, se le habría considerado "traidor a su clase". Los verdaderos traidores, hubiera respondido Vidal, eran los defensores de su clase.

Vidal "significaba todo para mí cuando aprendía a escribir y aprendía a leer", comentó Dave Eggers en la ceremonia del Premio Nacional del Libro en 2009, cuando él y Vidal recibieron menciones honorarias. "Sus palabras, su intelecto, su activismo, su capacidad y su voluntad para expresar su opinión y para responsabilizar a su gobierno, especialmente, me han sido de tanta inspiración que se me dificulta expresarlo". Vidal aparecía frío y cínico en apariencia, pronosticando sin pasión la caída de la democracia, el ocaso del imperio estadounidense o la destrucción del ambiente, pero llevaba una preocupación melancólica por los mundos perdidos, por la razón y la primacía de la palabra escrita.

Sin embargo, él era muy admirado como un pensador independiente — en la tradición de Mark Twain y H.L. Mencken — sobre literatura, cultura, política y como le gustaba llamar a las cuestiones básicas relacionadas al sexo. Criticó a políticos, vivos y difuntos; se burló de la religión y de la mojigatería; se opuso a las guerras desde Vietnam hasta Irak e insultó a sus contemporáneos como ninguno.

Vidal adoraba la sabiduría de Montaigne, la imaginación de Calvino y la erudición y profundidad de Henry James y Edith Wharton.