Pese a que la mayoría de los antiguos guerrilleros maoístas de Nepal se han reinsertado en la sociedad civil y han abierto negocios para ganarse la vida, muchos aún sueñan con una revolución que ponga fin a la desigualdad y el feudalismo.

"Mientras viva estaré implicado con el partido (maoísta)", dice a Efe el excombatiente Dhananjaya Adhikari, que subraya que algún día "habrá comunismo" en Nepal aunque sea después de que él muera.

Adhikari pasó 12 de sus 35 años empuñando armas y recuerda con melancolía algunos de los "logros" de la lucha como el fin de la monarquía, la secularización del país o la política de representación popular.

"Tenemos que continuar luchando para conseguir pequeñas victorias", asegura.

Hoy, seis años después de la firma del acuerdo de paz en el país, regenta un internet-café que adquirió con una indemnización por retiro voluntario aprobada por el Gobierno de entre 500.000 y 800.000 rupias (6.000-9.500 dólares), según el rango del guerrillero.

"Los términos para la integración (en las fuerzas armadas) no eran aceptables. Era como un reclutamiento", opina Adhikari.

Con apenas 26 años de edad, la vida de Prakash Sharma, como la de Adikhari, también está llena de las cicatrices que le dejó la guerra civil, que causó 16.000 muertos en una década.

Alejado de las armas, ahora es propietario de una modesta verdulería en las afueras de Katmandú y también trabaja a tiempo parcial en el sindicato de transportistas del Partido Maoísta.

Sharma cree que la mayoría de sus compañeros habrían optado por unirse al Ejército nepalí, si las condiciones hubieran sido buenas.

Pero, en su opinión, no lo eran, así que decidió acogerse como muchos otros al paquete económico del retiro voluntario.

De hecho, solo 3.100 rebeldes escogieron finalmente ingresar en las filas de las fuerzas armadas nepalíes, es decir, un sexto de los combatientes que iniciaron un largo periplo en campamentos supervisados por la ONU tras el acuerdo de paz de 2006.

El proceso de rehabilitación de los guerrilleros estuvo salpicado por tantas dificultades y se alargó tanto que incluso el ente supervisor del organismo multilateral abandonó Nepal antes de que se comenzaran a implementar las decisiones del Gobierno.

"Mientras estuve acantonado me saqué el título de secundaria y sin embargo mi titulación (requerida para acceder al Ejército) fue puesta en entredicho", critica Sharma, a modo de ejemplo.

Su vinculación con el Partido Comunista data de 1996, cuando apenas era un chaval, año en el que presenció la revuelta popular ocurrida en su aldea del centro de Nepal contra un señor feudal, que acabó con la muerte de un policía.

Su padre, que era un maestro de escuela, fue demandado por el incidente y posteriormente encarcelado durante cuatro años, una circunstancia que hizo que "se disparara el apoyo" hacia los maoístas en el pueblo, recuerda.

A los diez años, Sharma ingresó en la unidad infantil de los maoístas y con 17 se convirtió en militante a tiempo completo, abandonó la aldea y se unió a la guerrilla.

En la guerra civil ha visto muchos episodios violentos pero también conoció a su actual esposa, Akriti Tamang, de 24 años, con quien luchó hombro con hombro.

Sharma y Tamang se casaron hace un lustro en el campamento de la ONU en el que recalaron tras el fin del conflicto, el mismo en el que posteriormente nació su hijo.

Igual que Sharma, la tímida Tamang quería "luchar contra la opresión al pueblo por la policía" y hubiera preferido adherirse al Ejército nepalí, pero como no le gustaron las condiciones hoy trabaja con su esposo en la verdulería.

Pese a que el partido no atraviesa por su mejor momento -incapaz de elaborar una nueva Constitución, afectado por casos de corrupción y acusado de alejarse del pueblo-, gente como Adhikari, Sharma o Tamang dicen seguir comprometidos con sus ideales.

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Por Manesh Shrestha