La vida de la chilena Morita Gil siempre estará ligada al color azul del lapislázuli, la piedra preciosa que en los años ochenta y noventa popularizó gracias a unos diseños que cautivaron a personalidades como la Reina Sofía, Liza Minelli o Luciano Pavarotti.

A su 92 años, esta chilena de sangre española conserva con la ayuda de dos de sus hijas el taller en el que desde hace más de medio siglo se crean joyas, esculturas y hasta mesas hechas del lapislázuli que se halla en el yacimiento Flor de los Andes, en el norte de Chile, el único lugar del mundo junto a Afganistán donde aflora este mineral.

"El lapislázuli de aquí quizás no es tan bueno. Todas las piedras tienen manchas, mientras que el de Afganistán es fantástico, pero sus artesanos no se atreven a hacer lo que nosotros hacemos", explica Morita Gil en una conversación con Efe.

Su fascinación por las piedras preciosas nació a raíz de "una vuelta al mundo" que a finales de los años sesenta realizó junto a su hermana.

"Lo que más me emocionó fue Grecia y después Bangkok. Y qué decir de los italianos, tenían unos artesanos fabulosos. Eran familias enteras que heredaban el arte", recuerda.

Tras empaparse de las distintas técnicas de orfebrería de los cinco continentes, Morita regresó a Chile y en 1968 decidió abrir su propio taller.

Por entonces desconocía que en Ovalle, a 400 kilómetros al norte de Santiago, en la frontera andina que separa Chile y Argentina, se erigía a 3.600 metros de altura un yacimiento de piedra azul que cambiaría el rumbo de su prematuro negocio.

El propietario era un ciudadano alemán que al fallecer, en 1969, dejó en herencia a su mujer chilena la única mina de lapislázuli del país austral.

"Ella vivía frente al casino de Viña del Mar. Todo lo que ganaba lo gastaba en el casino, y yo le dije: 'te lo arriendo'", relata.

Y del dicho al hecho: con el apoyo de su marido, un ingeniero de origen español que creció en Chile, y con el esfuerzo inestimable de 40 mineros explotó durante más quince años el único yacimiento de esta preciada piedra azul en Chile.

"Se explotaba la mina durante cuatro meses, porque el resto del año estaba muy nevado. En esos meses teníamos 40 personas que sólo podían llegar hasta la mina en mula y necesitábamos explosivos para obtener la piedra. Era un trabajo muy duro", rememora.

Al rudimentario proceso de extracción de la piedra le seguía un minucioso trabajo artesanal en el que las delicadas manos de Morita eran las responsables de crear collares, pendientes y esculturas que entre los años ochenta y noventa llamaron la atención de muchas de las personalidades del momento.

Así lo atestiguan las paredes de su tienda-taller en el barrio de Providencia, de donde aún cuelgan fotos de clientes ilustres como la Reina Sofía, Liza Minelli, Hillary Clinton y hasta de una visita que Morita y su marido realizaron al Papa Juan Pablo II para entregarle un cáliz de lapislázuli.

"Al Papa le hice un cáliz. El Vaticano me mandaba un esbozo de lo que querían y yo se lo fabricaba. Igual hacíamos una mesa o una fuente que un cocodrilo. Lo que la gente quería, nosotros lo podíamos hacer", afirma orgullosa mientras observa una de las muchas figuras ornamentales que llenan la sala principal de la tienda.

"Esa cabeza de caballo es de una sola pieza. La piedra con la que se hizo podría pesar unos cien kilos. Hay algunas piezas aquí que fue una auténtica locura hacerlas", señala.

La llama de esta "locura" se mantiene viva gracias a sus hijas, Carolina e Isabel, que recogieron el legado familiar y continúan vendiendo piezas de lapislázuli, además de joyas de oro, cobre y plata que crean los artesanos que aprendieron del arte de Morita a talar, pulir y dar forma a las piedras.

"Mi mamá ha formado a grandes artesanos", comenta orgullosa Carolina.

Las herederas del negocio reconocen que la explosión del lapislázuli chileno tocó su techo en los años noventa y que con la crisis europea cada vez son menos los turistas que visitan sus tiendas.

"Hemos notado la crisis en Europa. Vienen menos turistas", reconoce Carolina.

Sin embargo, algunas de sus creaciones han cautivado recientemente a un diseñador de Nueva York, cuyos clientes son artistas de la talla de Beyoncé, Rihanna o Katy Perry, asegura Isabel.

Mientras repasa el fruto de su semilla cultivada hace más de 50 años, Morita describe lo que considera que fue el secreto de su negocio: la pasión por lo que hacía.

"A mi no me importaba lo que costaba hacer una pieza. La clave estaba en que disfrutaba mucho", concluye emocionada.

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Víctor Martí