Hay algo llamativo en la complejidad de un objeto abalorio, hecho a base de cuentas, miles de ellas, ensartadas en una pieza única de joyería, una escultura, llena de destellos, de un animal salvaje o un pez de colores brillantes.

Es como si uno supiera que estas piezas son parte integral de una cultura, hechas a mano con gran cuidado, una habilidad aprendida a los pies de un abuelo.

Así son las piezas de arte abalorio que Deborah Wright, oriunda de Montgomery, aporta a su ciudad natal y a exposiciones artísticas por todo el estado, vendiéndolas a precios por debajo de su valor al menudeo.

La idea es no ganar dinero, sino ayudar a las familias mayas en una pequeña aldea en Guatemala y poner comida en sus mesas, enviar a sus hijos a la escuela o simplemente vivir el día a día.

"La gente necesita saber de dónde viene", dijo Wright respecto a estas piezas de arte y joyería. "Esto no es algo hecho en una fábrica. Alguien de hecho tocó cada pieza, cuenta por cuenta".

Cuando estaba en el primer año de la universidad en Auburn Montgomery, Wright decidió tomarse un semestre para viajar. Su destino era un pequeño poblado dentro de la región de Santiago Atitlán en Guatemala, que está situada en medio de dos volcanes separados por un lago que la gente local cruza en canoas hechas a mano.

Antes del viaje a Guatemala, Wright nunca había salido del estado de Alabama.

Pero este fue un llamado. Le gustaba el idioma español, el cual aprendió en la secundaria Sidney Lanier. Asimismo, quería ayudar a la gente como voluntaria. Un amigo suyo conocía a alguien que vivía en Guatemala y Wright decidió ir a verlo. Luego de su visita, la chispa creció.

Ella convertiría a Guatemala en su hogar durante 13 años. Para sobrevivir, le vendió su auto compacto a su madre, quien haría los pagos depositando 100 dólares mensuales a la cuenta de su hija. Wright pasó 10 meses al año en el país centroamericano y volvía a Montgomery los otros dos meses para trabajar. Después, regresaba a lo que ya consideraba su casa.

Wright regresó a Montgomery el año pasado para estar con su padre enfermo, que murió dos semanas después. Desde entonces, ha regresado a Guatemala un par de veces y planea mudarse de vuelta en cuanto pueda.

En este pueblo de difícil acceso en Santiago Atitlán, varias familias dedicadas a la creación de piezas abalorias han practicado este arte durante generaciones. Otros poblados se especializan en ungüentos medicinales elaborados a partir de las hierbas de la región, y otros han llegado a dominar el arte de tejer, especializados en la creación de blusas bordadas llamadas huipil. Cada pueblo tiene un propio diseño huipil único.

Wright usaba huipiles y adoptó el típico estilo de vida de los pobladores, al vivir en una pequeña casa de bloques de cemento con la tubería por fuera (algunas casas están hechas con barro) y lavaba su ropa y platos en lavaderos comunales (en los que algunas personas se bañan) o en las rocas del lago.

Cuando necesitaba viajar distancias cortas, se montaba en la parte trasera de una camioneta pickup con apenas una barandilla de la que se agarraban tantos pobladores como era posible. Uno se sube y encuentra un lugar en medio de la atestada camioneta, dijo. Nadie se queja.

Para viajar por l país, hay "autobuses polleros", que son autobuses escolares viejos estadounidenses modificados, completados con portaequipajes en el techo en donde la gente puede llevar a sus gallinas o cualquier otro producto que vaya a vender.

Los martes, viernes y sábados la gente lleva alimentos y productos para vender en el bullicioso mercado callejero.

Aunque Wright puede apreciar la artesanía fina, admite que no tiene cabeza para los negocios.

Para ello, ella depende de un joven que se crió en el pueblo. Lo conoció cuando era un niño pequeño. Ahora, con 19 años, es tanto su vínculo con las familias como su gerente comercial, enviando correos electrónicos con detallados documentos en Excel que muestran el dinero que han generado, el destino de ese dinero, lo que necesitan para materia prima y lo que deben pagar a las familias que hacen las piezas, todo en español.

Probablemente, pueda depender de él durante algún tiempo. Sin embargo, él tiene una buena educación y conseguir un empleo para ganar lo suficiente para ayudar económicamente a su familia significaría mudarse a la ciudad de Guatemala.

El centro urbano del país, la ciudad de Guatemala tiene una reputación como una de las más peligrosas y con mayor pobreza en el mundo, dijo Wright. La familia del joven le ha pedido que se quede en el pueblo y, por el momento, así lo ha hecho.

Un brazalete típico hecho a mano podría costar alrededor de 45 dólares en una tienda departamental o una boutique. Wright vende el mismo brazalete por unos 15 dólares. Un collar largo, de varias capas, hecho con unas 10.000 cuentas individuales quizá se venda en 100 dólares en una boutique. Wright los vende en 55 dólares.

"No hay dos iguales", dijo sobre las piezas de joyería. "Cuando quienes hacen las piezas abalorias echan las cuentas en la mesa no hay manera de que se forme la misma combinación de cuentas para un brazalete o un collar que hagan".

Wright puede ofrecer precios más bajos debido a que, a diferencia de otros negocios, no va dinero a la mano de obra.

"En Guatemala, la mano de obra es lo que menos les preocupa", dijo Wright. "Ellos quieren comer. Por eso es que puedo vender las piezas a un costo tan bajo, porque en buena medida, la mano de obra no existe. Ellos sólo quieren pagar los materiales y luego poner comida en su mesa, mandar a los niños a la escuela, lo que necesiten.

"Puedo llamarles y decir, 'bueno, a los clientes les gustó esta mercancía — los collares Zulu, por ejemplo — ¿Pueden hacer más?''', explicó Wright, que está en comunicación constante con las cinco familias que fabrican las piezas de arte y se llevan los beneficios.

Hay especialistas y maestros, como el hombre que crea las réplicas abalorias de animales, como lagartijas, jirafas o pavos reales.

"Es un genio", dijo Wright respecto a ese hombre, que entrena los miembros más jóvenes de la familia para que siempre haya lagartijas hechas de 15.000 cuentas u otras maravillas.

Actualmente, la venta y la ayuda para abastecer a quienes hacen las piezas es apenas un trabajo de medio tiempo para Wright. Ella puede mantenerse con un empleo normal en una compañía local de limpieza. Está ahorrando.

Será hasta septiembre cuando pueda, pero regresará a casa.