El suizo Roger Federer ha demostrado a sus casi 31 años que el tenis es un deporte en el que el estilo puede más que el poderío físico y ha recuperado el número uno del mundo al tiempo que conquistaba su séptimo Wimbledon.

Por detrás se han quedado los dos tenistas que habían dominado el circuito los últimos dos años, el serbio Novak Djokovic, relegado ahora al segundo puesto del ránking de la ATP, y el español Rafael Nadal, que desciende también un peldaño, hasta la tercera plaza.

La caída del mallorquín en esta edición de Wimbledon ha sido especialmente dura, dado que quedó eliminado ante un tenista prácticamente desconocido en el circuito, el checo Lukas Rosol, número cien del mundo, en la segunda ronda.

Nadal no cedía tan pronto en un Grand Slam desde 2005, justo después de proclamarse campeón de su primer Roland Garros, y cuenta ahora con veinte días para recuperar su mejor nivel y defender el oro olímpico de Pekín en el mismo escenario en el que se ha disputado Wimbledon, el All England Club.

Uno de sus principales rivales en los Juegos de Londres será Djokovic, un tenista casi invencible en 2011, que esta temporada parece haber perdido ese punto extra que le hacía superior a cualquier rival.

Nadal demostró que el serbio es humano en el último Roland Garros, cuando le impidió apuntarse cuatro grandes torneos consecutivos, y Federer se ha encargado en este Wimbledon de recordarle que hasta los más grandes pueden tener días grises.

A sus 30 años, el suizo acumula ya 17 Grand Slam en un currículum que se ha convertido en uno de los más brillantes de la historia del tenis, pero hacía más de dos años, desde principios de 2010, que no lograba sumar otro gran torneo a su palmarés y algunos ya pronosticaban el declive de su carrera.

El nuevo número uno del mundo fue padre de dos niñas en 2009, poco antes de ganar en Australia, y muchos habían augurado que su estabilidad familiar, sumada a una carrera en la que ya era difícil acumular más récords, habían acabado con la magia de Federer sobre las pistas.

Y es que para superar a Djokovic y Nadal, ambos en estado de gracia en los últimos dos años, era necesario estar en plena forma y la más mínima duda suponía quedar relegado a la tercera posición.

Esta vez el suizo se mostró más que confiado y, tras un inicio de campeonato al ralentí, arrolló al ruso Mijail Youzhny en cuartos, dio una lección de juego ante Djokovic en semifinales y aguó la fiesta al héroe local, Andy Murray, en su octava final de Wimbledon (más que ningún otro hombre en la historia).

Las esperanzas del público del Reino Unido, que ve en Murray al único candidato posible para hacerse con un torneo que no gana un británico desde hace 76 años (el último fue el inglés Fred Perry, en 1936), quedaron de nuevo frustradas.

Murray ya había levantado expectativas las últimas tres temporadas, cuando había alcanzado las semifinales, pero esta vez estuvo más cerca que nunca, en la final y un set por delante de su rival. Al final Federer fue demasiado para él y terminó desmoronándose ante el tenis de precisión del suizo.

El británico ha logrado meterse en el grupo de los cuatro mejores tenistas del mundo en los últimos tiempos. Sin embargo, aún no ha dejado de ser la perpetua promesa del circuito, el jugador del que todo el mundo dice que acabará ganando no uno, sino varios Grand Slam, aunque todavía no tiene ninguno en su palmarés.

A sus 25 años, esta vez estuvo más cerca que nunca de lograrlo ante su público, que le espera a final de mes para arroparle en los Juegos Olímpicos.

A tres sets y sobre hierba, cualquier medallero es posible en esta ocasión, según han señalado gran parte de los tenistas a pocos días para que comiencen los terceros Juegos Olímpicos de Londres.