La masacre más sangrienta de manifestantes desde la de la Plaza de Tiananmen convirtió a Uzbekistán en un estado paria. Ahora, Estados Unidos necesita su ayuda con Afganistán, y ha puesto en marcha un aluvión de propuestas para dejar de lado las preocupaciones sobre derechos humanos.

Altos funcionarios estadounidenses, entre ellos la secretaria de Estado Hillary Clinton, han hecho llamadas de cortesía en el último año, mientras que General Motors y otras grandes empresas estadounidenses parecen determinadas a profundizar su participación en esa nación de Asia Central.

En tanto, Uzbekistán se retiró de una alianza militar liderada por Rusia, lo que indica un descenso en sus relaciones con los antiguos jefes en Moscú. Esto ha alimentado las especulaciones de que el país, con la esperanza de beneficiarse del tránsito de tropas y equipo estadounidense, podría invitar a Estados Unidos para establecer una base militar en su territorio — un hecho que podría enfurecer a Rusia y aumentar las tensiones en la volátil región.

Uzbekistán ha sido dirigida con inquebrantable severidad por el ex jefe del partido soviético Islam Karimov, de 74 años de edad, desde antes de que el país obtuviera su independencia en 1991.

Luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, los líderes occidentales superaron sus escrúpulos para tratar con el gobierno de Karimov y Estados Unidos consiguió un contrato de arrendamiento de la base aérea Karshi-Khanabad en Uzbekistán.

Todo eso terminó cuando tropas del gobierno balearon indiscriminadamente a cientos de manifestantes en la ciudad oriental de Andiján en 2005.

Las autoridades uzbekas expulsaron a las tropas estadounidenses del país, molestas por las críticas de Washington, y acusaron a las potencias occidentales de complicidad en las protestas de Andiján, que, según ellos, formaban parte de los esfuerzos para fomentar las revoluciones en todo el territorio que conformaba la extinta Unión Soviética. Uzbekistán también ha sido objeto de denuncias recurrentes de tortura a presos políticos y otros abusos contra derechos humanos.

Dado que casi todos los periodistas extranjeros tienen prohibido su ingreso al país, verificar las afirmaciones de algunos funcionarios del departamento de Estado en el sentido de que la situación de los derechos ha mejorado marginalmente es casi imposible.

Cuando los convoyes de la OTAN que cruzaban Pakistán comenzaron a ser objeto de ataques constantes en 2009, los planificadores militares estadounidenses buscaron en el norte y vieron la posibilidad de una ruta que serpentea miles de kilómetros a través de Asia Central y del perenne enemigo estratégico de Rusia.

Camiones con productos de la OTAN cruzan de nuevo la frontera con Pakistán hacia Afganistán después de que Estados Unidos se disculpó con Islamabad por la muerte de 24 soldados paquistaníes el año pasado. Pero a pesar del gasto adicional, la seguridad de la ruta por el norte la convierte en una opción más atractiva.

Hasta ahora, el tráfico a través de Uzbekistán, ha sido en su mayoría en dirección a Afganistán, pero la prioridad en los próximos años cambiará para revertir el tránsito a lo largo de la Red de Distribución del Norte.

En un aparente esfuerzo para calmar la preocupación de que Estados Unidos abandonará Asia Central apenas terminen sus compromisos en Afganistán, las inversiones apoyadas por Washington están incrementándose.

General Motors aumentó su presencia local en noviembre con la apertura de una nueva fábrica de motores. La empresa conjunta GM Uzbekistán, en la que la estadounidense controla un 25%, da trabajo a unas 6.600 personas y genera 200.000 vehículos de pasajeros de Chevrolet al año.

En junio, el gigante estadounidense de ingeniería KBR dijo que aportará su tecnología para desarrollar una planta química en Uzbekistán, la cual intentará aprovechar mejor las importantes reservas de gas natural en el país.

Sin embargo, funcionarios estadounidenses esperan construir sobre ese tipo de logros y una importante delegación del Congreso tiene programada muy pronto otra ronda de cordialidad diplomática encaminada a consolidar los lazos comerciales.

Asimismo, hay crecientes indicios de que Estados Unidos intensificará los vínculos militares con Uzbekistán. Hecho que podría generar consternación en la comunidad de organizaciones activistas, que durante años han llamado la atención sobre el atroz historial del país en materia de derechos humanos.

En enero, Estados Unidos evitó una prohibición de proporcionar asistencia militar a Uzbekistán, aunque el Departamento de Estado insistió en que el país sólo sería apto para recibir equipo no letal, incluyendo gafas de visión nocturna, uniformes, dispositivos GPS y más equipo defensivo.

La semana pasada, Uzbekistán anunció que había suspendido su participación en la Organización del Tratado Colectivo de Seguridad, dominado por Rusia.

"Salir de dicha organización significa que algo presuntamente más conveniente para el régimen de Karimov está disponible en otros lugares. Es muy probable que sean beneficios materiales y cierto respeto internacional al ser un socio en la reducción (de tropas estadounidense) de Afganistán", dijo Deirdre Tynan, directora de proyecto en Asia Central del International Crisis Group.

Los analistas en la región han visto la salida de la organización como un preludio para una cooperación más estrecha con Estados Unidos. Sin embargo, por lo pronto, un diplomático estadounidense que pidió guardar el anonimato dijo que Estados Unidos no ha hecho una petición formal para abrir una base militar en Uzbekistán.

Una base de esas características despertaría un profundo enfrentamiento con Moscú, que históricamente ha intentado hacer valer su opinión con respecto a la presencia militar extranjera que se permite en una región que considera su patio trasero en términos geopolíticos.