SI en el mundo hay países abiertos y cerrados, más que capitalistas y socialistas, ¿por qué la mayoría de los teóricos insiste en encasillar a los gobiernos en la derecha o la izquierda como en los albores de la Guerra Fría? China, por ejemplo, es despiadadamente capitalista en lo económico y horriblemente comunista en lo humano. ¿Es una dictadura de derecha o de izquierda? La izquierda tenía un problema de identidad desde el 9 de noviembre de 1989. En el polvillo de los escombros del Muro de Berlín quedó flotando una pregunta clave: what’s left? Traducido: ¿qué queda? o ¿qué es izquierda? Fusionado: ¿qué queda de la izquierda?

Esa duda transitó sin pena ni gloria los años noventa y los primeros del siglo XXI, llamados “nada” por la inexorable influencia de la globalización en un mundo que se perfilaba sin fronteras. La economía, representada por los mercados, desplazó a la política, representada por los gobiernos. En esos años, Tony Blair, Lionel Jospin, Gerhard Schröder y Bill Clinton aplicaban la fórmula de la guitarra: el poder se toma con la izquierda y se ejecuta con la derecha. El progresismo, rico en rostros frescos, contagiaba entusiasmo a la luz del new labour británico, la socialdemocracia alemana, el socialismo francés y los nuevos demócratas norteamericanos.

En América latina, la derecha y la izquierda a la usanza europea habían perdido peso desde la década del treinta. El populismo, en muchos casos, dejó poco margen para distinguir entre una vertiente y la otra. El populismo y los gobiernos de facto, así como los movimientos políticos en desmedro de los partidos tradicionales, desvirtuaron los moldes originales. A finales de los noventa, sólo Hugo Chávez se animaba a despotricar contra el Consenso de Washington y a venerar a Fidel Castro; iba a contramano de todo y de todos. Luego aparecieron otros presidentes que sintonizaron su frecuencia, pero no incorporaron su modelo.

Dos siglos antes, en la asamblea nacional constituyente de Francia, se sentaron a la derecha los partidarios de la monarquía absoluta y a la izquierda los detractores del orden establecido. ¿Están a la izquierda Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega, los Kirchner, José Mujica, Lula y su sucesora, Dilma Rousseff, entre otros? La izquierda zigzaguea en la contradicción entre defender la democracia y sostener a un régimen como el cubano que, en medio siglo, cercenó libertades. La derecha, que nunca se jactó de serlo, se siente culpable, como si la mera mención de la filiación liberal o conservadora memorara adhesiones a golpes militares.

Desde que el pobre comenzó a sentirse parte de la clase media como consecuencia de la globalización, en ocasiones sólo por tener un televisor en casa, la preocupación se centró en el desarrollo individual, más que en el colectivo. Chávez viene radicalizándose desde el conato de golpe de Estado en 2002. Enarbola desde entonces un furioso decálogo: los medios de comunicación forman parte de la crisis porque hacen y difunden la agenda de la oposición; el discurso presidencial debe apuntar contra ellos; el debate debe brillar por su ausencia, y la prensa alternativa, ejercida por sus partidarios, debe desplazar a la tradicional, ejercida por opositores.

En ese contexto, más allá de los dispares resultados de las gestiones gubernamentales de la región, la izquierda coincide en machacar contra el “neoliberalismo” y el “imperialismo yanqui”, así como en reivindicar a la Revolución Cubana, el Che Guevara y las guerrillas setentistas, sin someter a la más mínima autocrítica los errores cometidos en las vísperas de la nefasta seguidilla de dictaduras militares. ¿Qué es izquierda, entonces? Ninguno tomó el poder por asalto ni planteó cambios drásticos, como en la isla dominada por los hermanos Castro. Validaron sus aspiraciones en elecciones, pero instalaron en el imaginario popular la idea de una revolución.

Eso divide y ahonda diferencias en sociedades polarizadas. Es “progresista”, sinónimo de izquierdista, el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lo han legalizado la ciudad de México y la República Argentina, no Cuba. Presidentas como Rousseff y Cristina Kirchner procuran evitar el debate sobre el derecho al aborto, aunque se trate de otra bandera supuestamente superadora. La izquierda latinoamericana ve en el robustecimiento del Estado, denostado desde los noventa, el eje de sus gobiernos. Les ha ido bien en economía, en parte por el alto precio de las materias primas, pero lejos han estado de fortalecer las instituciones y la división de poderes.

El déficit se traslada a la concepción de la democracia: si el que tiene los votos manda, al estilo del peronismo argentino, la oposición pierde su voz y su brillo, relegados a medios de comunicación incapaces de asumir el rol de los desgastados partidos políticos. ¿Qué queda de la izquierda en tierra de caudillos y patriarcas no acosados como antes por el “neoliberalismo” y el “imperialismo yanqui”? La combinación de ambos fantasmas deriva en el nacionalismo económico, columna vertebral del control gubernamental sobre la vida de las personas.

Esa circunstancia o calamidad no es de izquierda ni de derecha, pero resulta tan eficaz e imperecedera como la estampa y figura del Che, inscripta en camisetas que van y vienen alrededor del planeta. Traducido: como te digo una cosa te digo la otra. Fusionado: están con nosotros o están contra nosotros. Curiosamente, no usó esa frase Fidel Castro en la revolución de 1959, sino George W. Bush tras la voladura de las Torres Gemelas. Y no es precisamente de izquierda, que yo sepa.

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