Siete tanques Urutú y Cascabel y salieron del Regimiento de Caballería 2 (RC2), Coronel Felipe Toledo, de Cerrito, y cruzaron el puente Remanso. Otros se sumaron a la inquietante caravana. Llegaron a ser 14 en total. Del octavo en arribar al centro de Asunción partió un proyectil. Dio en un dintel del Congreso, debajo del escudo de la República de Paraguay; dejó un boquete de ladrillos desnudos y agujeros más pequeños. Ráfagas de ametralladora sacudían la medianoche del jueves 18 y la madrugada del viernes 19 de mayo de 2000. La pesadilla duró más de 10 horas. “Temíamos lo peor”, me dijo entonces el ministro de Defensa, Nelson Argaña.

Lo peor era un golpe de Estado. Desde 1996, el ministro Argaña, uno de los nueve hijos del vicepresidente Luis María Argaña, asesinado el 23 de marzo de 1999, había contado entre 37 y 38 rumores de conatos militares. Ninguno había sido tan brutal como el que provocó la muerte de su padre, con los asilos del presidente Raúl Cubas Grau en Brasil y del general Lino Oviedo en la Argentina como correlato. Trece años después, el Congreso destituyó en forma sumarísima al primer presidente en 61 años que no había surgido de las entrañas de la Asociación Nacional Republicana o Partido Colorado: el ex obispo Fernando Lugo.

La toma de posesión de su vicepresidente, Federico Franco, de filiación liberal, contó con la adhesión de los colorados. El juicio político contra Lugo, instruido siete días después de un enfrentamiento por tierras en el que murieron once campesinos y seis policías, pudo haber estado revestido de legalidad, pero dejó un sabor amargo en el exterior para el único país del mundo con bandera doble faz en el cual la sopa se toma con tenedor (la sopa paraguaya, el plato típico) y el mate frío (tereré) no es señal de desprecio como en la Argentina y Uruguay.

En 1989, tras 35 años, cayó la dictadura de Stroessner, sostenida por el Partido Colorado. Poco cambió. Paraguay sigue siendo la democracia de un solo hombre. Lo dice el nombre de la residencia presidencial: Mburuvicha Róga (Casa del Jefe, en guaraní). Lo dice, también, Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos: “Una buena milicia es la única capaz de remediar estos males. No vamos a perpetuar castas militares. No quiero parásitos acuadrillados que sólo sirven a los fines de atacar / conquistar al vecino; encadenar / esclavizar a los propios ciudadanos en su conjunto”.

Lugo colgó los hábitos y se encomendó a la misión de ser ese hombre. En su despedida se mostró sereno. La vieja política se había deshecho de un outsider que, desde 2008, afrontó dos pedidos de juicio político (el primero, por los casos de paternidad), el cáncer linfático y casi 100 denuncias de una abrumadora mayoría de legisladores colorados y liberales. En las primeras horas del nuevo gobierno, sólo se animaron a validarlo España, Alemania, Canadá y el Vaticano. Los vecinos del Mercosur suspendieron la participación de Paraguay en la próxima cumbre. La Unasur prometió represalias. La mayoría comparó la transición con un golpe de Estado o institucional.

La debilidad política, por falta de sustento propio, llevó a Lugo a transitar su via crucis antes de terminar crucificado. Quizá por eso y para evitar desmanes en medio de la convulsión, al margen del respaldo de organizaciones sociales y gobiernos extranjeros, ha procurado ser prudente. Era un hombre entregado a las circunstancias que, a diferencia de muchos de los 17 presidentes depuestos en la región desde 1991 por distintos motivos, no pareció perder la calma. La resignación, a nueve meses de las presidenciales, pudo haberle servido para “salir por la puerta grande”, como él mismo dijo, antes de transar con “el narcotráfico y la mafia”.

El Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) se desmarcó en el primer año de su gestión de la variopinta coalición Alianza Patriótica para el Cambio por discrepancias con los repartos de cargos, no con las medidas gubernamentales. Días antes de ser el primer presidente paraguayo depuesto por medio de un juicio político, Lugo había designado ministro del Interior a un colorado, Rubén Candia. El desgaste, influido por su buena relación con organizaciones campesinas, apuró el desenlace exprés, mentado por los liberales con el guiño de los colorados.

“Al estado de paz perpetua sucederá el estado de guerra permanente –dice El Supremo, de Roa Bastos, recreando la vida de José Gaspar Rodríguez de Francia, gobernante desde 1811 hasta su muerte en 1840–. No atacaremos a nadie. No toleraremos que nadie nos ataque. El Paraguay será invencible mientras se mantenga cerrado compactamente sobre el núcleo de su propia fuerza. Mas, en saliéndose de este núcleo, su poder decrecerá en forma inversamente proporcional al cuadrado de la distancia en que se dispersen sus fuerzas. He aquí la ley de gravitación ejerciéndose en forma horizontal. Newton no ve todos los días caer la manzana. Tacha manzana. Pon naranja. Tampoco sirve. ¿Quién conoce aquí a Newton?”.

En Paraguay, tercer productor de soja de la región, cuatro de cada 10 personas son pobres. Dentro de ese segmento, dos de cada 10 viven en la miseria. El dos por ciento de los terratenientes concentra casi el 90 por ciento de las tierras. La teoría de la conspiración no tiene marca registrada. Stroessner contribuyó a perfeccionarla. Era un maestro en armar revuelos y solucionarlos para pulverizar adversarios. Sus discípulos y detractores aprendieron la lección. El último liberal en la presidencia, José Félix Estigarribia, asumió el 15 de agosto de 1939; murió el 7 de setiembre del año siguiente en un accidente de aviación. Era el abuelo del nuevo canciller, José Félix Fernández Estigarribia. Fue víctima de la ley de gravedad, aún no derogada.

Síguenos en twitter.com/foxnewslatino
Agréganos en facebook.com/foxnewslatino