El arte callejero le ha ganado la batalla a la alcaldía de Melbourne, que ahora promociona a los grafiteros, a los que antes tildaba de bárbaros y salvajes, y los contrata para realzar calles, callejuelas y pasadizos.

Union Lane, Hosier y Rutledge o la Caledonian son algunos de los pasajes urbanos promovidos por la oficina de turismo y a los que acuden muchos turistas, principalmente asiáticos, para sorprenderse con las siluetas de niñas empinadas en una esquina o con un tablero de Pac Man.

Otras paredes están habitadas por gánsteres con maletas repletas de dinero, héroes de cómics y diosas mitológicas que surgen de los marcos de las ventanas, sin olvidar el rostro de legendario Robin Hood australiano, Ned Kelly, entre otras tantas creaciones realizadas con plantillas o aerosoles.

No se trata de un arte perenne, porque las formas y figuras en el emblemático callejón de Unión Lane cambian con la misma frecuencia con la que se renuevan los escaparates de las tiendas de moda de la aledaña zona comercial.

Los grafiteros han tardado cerca de cincuenta años en obtener el reconocimiento de unas autoridades que les declararon la guerra en la década de los sesenta, cuando empezaron a surgir los grafitis por la ciudad y que luego se popularizarían en los ochenta.

Esta etapa ha quedado plasmada en el filme "Rash" (2005), dirigido por Nicholas Hansen y que ganó el premio al mejor documental australiano del círculo de críticos cinematográficos de ese año.

Tanto ha cambiado la situación que el alcalde de Melbourne, Robert Doyle, quien aún en 2009 ordenaba a los agentes aprehender a los grafiteros, inauguró recientemente un mural callejero de 49 metros de alto del artista Adrian Dyle y financiado por el erario público.

"Así que en lugar de combatir los grafitis, las autoridades locales designan lugares especiales para ellos y buscan su integración en la estética de la ciudad", explica a Efe la operadora de turismo Fiona Sweetman.

Melbourne es una población con un fuerte sentido comunitario y muchas de las tiendas del centro urbano se especializan en productos autóctonos, como antigüedades o ropa y accesorios de diseñadores locales, lo que imbuye a la metrópoli de un aire sofisticado.

Con una arquitectura europea y orgullosa de la reputación de ser más elegante y refinada que Sídney, Melbourne también es hogar de grandes emporios de la moda, joyerías y de una gastronomía variada e innovadora.

Taxi Dining Room, con vistas al río Yarra, el emblemático comedor italiano Pellegrini o el bar de tapas españolas Movida son algunos de los famosos restaurantes que han elegido esta ciudad que floreció a mediados del siglo XVIII durante la fiebre del oro en Australia.

La alcaldía promociona, junto al arte callejero, las chocolaterías, pastelerías francesas y las tiendas delicatessen que evocan a la vieja Europa, además de edificios con ascensores antiguos que operan ascensoristas de la tercera edad, recibidores con murales en los techos y mosaicos en los pisos que dan paso a pequeñas tiendas de venta de botones o muñecos de vudú.

El ritmo de los músicos callejeros, que están obligados a someterse a audiciones a cambio de un permiso municipal, se entremezcla con los olores de verdaderos cafés italianos, un legado de los primeros inmigrantes ítalos que llegaron a la ciudad en busca de oro.

El centro urbano ofrece iconos arquitectónicos, como la estación de la antigua oficina de correos o la central de trenes, en cuyos techos entrenaron varios atletas durante los juegos olímpicos de Melbourne, en 1956, según Sweetman, y que ahora cobija exhibiciones itinerantes de arte.

En resumen, una gran ciudad que se ha rendido al grafiti y que tampoco olvida a sus primeros fundadores, el pueblo aborigen Kulin, vástago de Bunjil, una deidad espiritual que adoptó la forma de un águila y dio vida a los seres humanos, los ríos, las montañas, los animales y las plantas.

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Rocío Otoya