La aversión que siente el presidente Rafael Correa por lo que percibe como el intervencionismo de Washington en América Latina y el placer que le causó el que Julian Assange sacara a la luz numerosos secretos de Estados Unidos parecen haber convencido al fundador de Wikileaks de que Ecuador la ofrecía les mejores perspectivas de evitar ser extraditado por Gran Bretaña.

Pero cuatro días después de que Assange se refugió en la embajada ecuatoriana en Londres y pidió asilo político, el líder izquierdista de esta nación todavía no ha tomado una decisión.

Esa decisión no es sencilla.

Así lo dio a entender Correa el jueves por la noche a su retorno de la cumbre de Río de Janeiro, cuando dijo que había consultado con otras naciones involucradas.

"No queremos ofender a nadie, menos aún a un país al que estimamos profundamente como el Reino Unido", manifestó.

¿Vale la pena exponerse a la ira de Washington y de la Unión Europea por proteger a un activista australiano? ¿Qué gana Ecuador con ello?

Por un lado, Correa podría cimentar sus credenciales antiestablishment asociándose con alguien que denuncia que los grandes medios de difusión están al servicio de los intereses económicos de los más poderosos.

"Al darle asilo a Assange, Correa reforzaría su estatura como figura totalmente opuesta a Estados Unidos", opinó Michael Schifter, presidente de la organización Diálogo Interamericano. "Correa y Assange no solo tienen buena química personal. Los dos se sienten víctimas del poderío estadounidense".

Los dos bromearon al respecto el mes pasado cuando Assange entrevistó a Correa para un programa de televisión costeado por el Kremlin y se hizo evidente que había afinidad entre ambos.

"La ironía salta a la vista: Correa, que suprimió la libertad de prensa en Ecuador, se asocia con alguien que se presenta como el abanderado de la transparencia", expresó Shifter. "Con esto queda claro que todo gira en torno a la ideología".

Correa generó el malestar de militantes de los derechos humanos y defensores de la libertad de prensa por usar leyes sobre difamación y que regulan la propiedad de los medios para silenciar a los medios opositores, a los que acusa de corruptos y empeñados en derrocarlo.

Esas actitudes no lo han perjudicado demasiado a nivel interno. Correa es popular entre las clases bajas de Ecuador, que se benefician con sus generosos programas de gasto público. Su tasa de aprobación ha superado el 70%.

Correa tampoco tiene una fijación con Washington, como el presidente venezolano Hugo Chávez. A diferencia de Chávez, nunca acusó a Washington de tratar de derrocarlo.

Pero le gusta coquetear con los tradicionales rivales de Estados Unidos, como Rusia, China e Irán, y no dudó en expulsar a diplomáticos estadounidenses que consideró una amenaza.

Ya echó a tres desde que asumió la presidencia en el 2007, incluida una embajadora que dijo que Correa hacía la vista gorda ante altos niveles de corrupción policial, según cables diplomáticos difundidos por Wikileaks.

Además boicoteó en abril la Cumbre de las Américas en Colombia para protestar la insistencia de Washington en excluir a Cuba de esas citas hemisférica.

El que esté dispuesto a plantársele a Washington no quiere decir que Correa vaya a ofrecerle asilo a Assange.

"Los costos internos políticos y económicos no compensan los beneficios", declaró la experta en relaciones internacionales Grace Jaramillo, de la universidad de post grado FLACSO.

"Estamos en un año electoral en el que un estrangulamiento en las relaciones con países europeos y Estados Unidos, con los cuales negociamos un acuerdo comercial y la renovación de las preferencias arancelarias, respectivamente, les daría una buena excusa para no negociar o seguir adelante", indicó.

"Ecuador perdería toda esperanza de renovar esas preferencias comerciales si le da asilo a Assange", manifestó Cynthia Arnson, directora para América Latina del Centro Woodrow Wilson de Washington.

Estados Unidos es el destino del 45% de las exportaciones de Ecuador, las cuales generan 400.000 empleos. Y si no se renueva el acuerdo comercial con la Unión Europea, las exportaciones se reducirían un 4% y se perderían decenas de miles de trabajos.

Correa buscará su reelección a principios del 2013 --en una fecha a definirse--, y podría perder muchos votos si Ecuador es percibida como un paria internacional por darle refugio a un hombre que, por más que se defina como un perseguido político, es requerido en Suecia, donde fue acusado de violación.

Assange afirma que las acusaciones son un pretexto para enviarlo a Estados Unidos, donde se lo quiere enjuiciar por haber publicado secretos que supuestamente comprometen las vidas de mucha gente.

Partidarios de Assange creen que fiscales estadounidenses están tramando formas de llevarlo a Estados Unidos para enjuiciarlo.

Vicente Torrijos, profesor de ciencias política de la Universidad del Rosario de Bogotá, dice que a Correa no le caería nada bien que Ecuador fuese "catalogado de país que obstruye la justicia" y que "ampara a transgresores de la ley internacional".

Correa sumaría puntos ante los izquierdistas latinoamericanos que consideran a Assange un "gran símbolo" de la cruzada contra la mano dura de Estados Unidos en la región, comentó Sandra Borda, especialista en relaciones internacionales de la Universidad de Los Andes, de Bogotá.

Pero Borda no cree que a Washington tampoco le atrae la idea de generar publicidad negativa por sancionar a Ecuador, "que dista mucho de ser un actor importante para Estados Unidos en estos momentos".

"Este es un asunto entre el Reino Unido, Ecuador y Suecia", sostuvo la portavoz del Departamento de Estado estadounidense Victoria Nuland el miércoles en Washington.

En cuanto a Assange, Borda dice que es historia antigua.

Wikileaks dejó de aceptar material hace meses y prominentes periodistas que colaboraron con ese medio le han dado la espalda.

"Difundieron todo lo que tenían para difundir. Ya causaron el daño que le querían causar a la diplomacia estadounidense", opinó Borda.

En las calles de Quito, mucha gente casi no sabía quién era Assange.

Un hombre que sí sabía, Julián Amaya, abogado de 43 años, dijo que admitir a Assange no le parecía una buena idea.

"Eso es no tener sentido común, porque ¿quien garantiza que acá no pueda hacer lo mismo, revelar los secretos del gobierno o de la oposición o del que él quiera?

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Bajak informó desde Lima. En este despacho colaboró también la reportera de AP Vivian Sequera desde Bogotá.