El activista chino Mao Qiping, que pasó dos años luchando para que la casa de su familia y otras cercanas no fueran demolidas, murió tras recibir una paliza de unos matones que además le inyectaron una sustancia tóxica, denunciaron hoy amigos de la víctima a través del diario "South China Morning Post".

El fallecido, de 58 años y que encabezó protestas contra las demoliciones forzosas en Fuzhou (sureste de China), fue abordado la semana pasada por un grupo de desconocidos que, armados con barras de metal, le golpearon y después le inyectaron tolueno.

Mao, que fue encontrado después del incidente agonizando en una zanja por agricultores de la zona, falleció en el hospital un día después, el pasado 17, aunque antes pudo relatar al ataque a Li Kuichun en el mismo centro hospitalario.

Mao enseñó a Li las marcas de la inyección y le contó que los líderes locales "le odiaban" y querían vengarse de él con el ataque, aunque intentaron que pareciera una caída accidental a la zanja donde se le encontró, según el diario.

Tras la muerte de Mao, algunos de sus vecinos trasladaron el cadáver a las inmediaciones de la sede del gobierno local para pedir justicia, pero un centenar de policías irrumpieron en la protesta y se apoderaron del cuerpo, según Li.

La muerte de Mao en extrañas circunstancias se produce pocas semanas después de otro caso similar, el de Li Wangyang, un veterano manifestante que participó en las revueltas de 1989 y que falleció este mes, poco después del aniversario de la matanza.

Según las autoridades fue un suicidio por ahorcamiento, pero activistas de derechos humanos dudan de ello y piensan que se trata de un caso más de represión de las autoridades a los críticos contra el régimen.

Otro sonado caso fue el de Xue Jinbo, líder de las protestas en Wukan (sur) que murió bajo custodia policial a finales del año pasado, un fallecimiento que arreció la revuelta en esa localidad y consiguió que los líderes locales fueran expulsados, en una de las primeras victorias de la sociedad civil frente a los abusos gubernamentales.

Las demoliciones y expropiaciones de terrenos forzosas generan cada año decenas de miles de protestas en China, en un contexto de fuerte burbuja inmobiliaria y crecimiento de la concienciación de la sociedad nacional frente a las injusticias de sus gobernantes, especialmente a nivel local.