Las multitudes de expertos que vienen a Río de Janeiro a una conferencia sobre desarrollo sustentable seguramente sueñan con sus playas de arena blanca y aguas cristalinas. Pero probablemente lo primero que noten cuando lleguen al aeropuerto no será la brisa penetrante del mar sino el hedor inconfundible de aguas residuales.

Ocurre que el aeropuerto se encuentra en una bahía que recibe 1.200 millones de litros (320 millones de galones) de aguas residuales por día. El equivalente a 480 piscinas olímpicas llenas de mugre.

Al encaminarse a la ciudad, verán botellas que flotan en el agua, televisores, almohadas, juguetes rotos y pedazos de plástico por todos lados. Seguramente se tropezarán con congestionamientos de tráfico, olerán las emisiones de diesel y las de del puerto comercial.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo advirtió este mes que el medio ambiente está siendo "exprimido al máximo de sus límites biológicos" y para los 50.000 visitantes de 190 países que vendrán a la Conferencia de la ONU sobre Desarrollo Sustentable esta bienvenida será un recordatorio de los difícil que es encontrar el equilibrio entre el crecimiento y la protección ambiental.

"Río, la ciudad sede, tiene una cantidad de problemas urbanos: contaminación del aire y del agua, exclusión social, suministro de agua", comentó Carlos Bocuhy, director del Instituto Brasileño de Protección Ambiental. "Lo que tenemos aquí es una crisis en el modelo de civilización. Está llegando el momento en que todas estas crisis comenzarán a alimentarse entre sí. Encaramos la posibilidad de un colapso si no cambiamos de rumbo".

Los problemas que encontrarán los visitantes en Río son enormes. Tomemos la bahía: cuando se realizó aquí la última Cumbre de la Tierra de la ONU, se asumió el compromiso de limpiarla. Desde entonces se han construido siete centros de tratamiento del agua, pero debido a una mala planificación, combinada con la corrupción, solo tres funcionan y no a toda capacidad.

Incluso en la Isla del Gobernador, donde se encuentran el aeropuerto internacional y la universidad nacional de Río, aguas residuales que no han sido limpiadas se filtran al medio ambiente. La planta de tratamiento de la zona no funciona, según Sandra Azevedo, bióloga del Instituto de Biofísica Carlos Chagas Filho.

"Vivimos en una burbuja de tiempo y espacio. Tenemos problemas como 'mi wi-fi está caído', 'estoy varado con este problema en mi investigación de células madre' y al mismo tiempo estamos junto a aguas residuales a plena vista", comentó. La oficina de Azevedo está a cinco minutos a pie de la bahía.

"Trabajamos junto a un inodoro gigantesco", sostuvo. "No hay reciclaje. Esto es inaceptable".

Muchos de los residentes más pobres de Río dependen de la bahía para su alimentación. Mientras Azevedo se quejaba de la contaminación de la bahía, Severino Raimundo Batista alistaba su bote para salir de pesca.

Los turistas que observen la bahía verán a Batista y varios de sus vecinos de una favela cercana tirando sus redes con la esperanza de pescar algo para la cena.

"Antes se pescaba mucho más", dijo el hombre. "Ultimamente está muy sucia, hay mucha basura flotando".

El Banco Interamericano de Desarrollo y el estado de Río están costeando un proyecto de 553 millones de dólares que contempla la limpieza de canales, la construcción de nuevas plantas para procesar aguas residuales y la restauración de los pantanos.

"Antes había buena pesca. Era hermoso. Ojalá volviese a ser lo mismo", expresó Batista.

El viaje en taxi de 50 kilómetros (30 millas) entre el aeropuerto y el centro de convenciones ofrece al visitante una lista de cosas que hay que resolver.

A un lado de la carretera se ven chicos jugando en canales mugrientos que corren por debajo de inestables edificios de ladrillo sin acabar en las empinadas laderas de las montañas. Pertenecen a la favela Manguinhos. Cuando llueve, se corre el peligro de que esas viviendas se desmoronen. El año pasado, más de 900 personas murieron cuando unas lluvias torrenciales provocaron un deslizamiento de tierra y destruyeron otro complejo de viviendas igualmente frágil en las montañas del norte del estado.

El taxi tropieza con una cantidad de luces rojas. La topografía que hace que Río resulte tan atractiva --las montañas, los lagos y los ríos-- también impide la construcción de una carretera recta. Agréguele a eso un aumento del 40% en la cantidad de autos que hay en Río en la última década y tiene todos los elementos para un caos de tránsito, con autos detenidos que emiten gases.

"Esto está mucho peor", dijo Mauricio Pinto Gama, quien maneja un taxi en Río desde hace 14 años. "Antes uno sabía cuál era la hora pico. Ahora no. Hay tráfico pesado todo el tiempo. Nunca sabes cuánto te vas a demorar".

El tráfico es una de las razones por las que el índice de contaminación es tres veces lo que la Organización Mundial de la Salud considera aceptable.

En los preparativos para la Copa Mundial de fútbol del 2014 y los Juegos Olímpicos del 2016, Río está construyendo nuevas carreteras que comunican puntos distantes. Serán usadas por autobuses más nuevos y modernos, pero que consumen combustibles fósiles que emiten gases.

En el centro de convenciones, el contraste entre extremos que caracteriza la ciudad se repite. El centro tiene de fondo montañas de granito con densos bosques en su cima. Están rodeadas de pantanos y lagos que se conectan. Cerca hay una playa de arena blanca que se extiende kilómetros y kilómetros.

Si uno mira de cerca, puede ver cómo se ha abusado de este terreno.

La basura y las aguas residuales se han acumulado por años y bloquean los canales que hacen circular el agua entre los lagos y el océano. Los cerdos se pasean por pilas de desperdicios a pocas cuadras del sitio donde los líderes mundiales sellarán acuerdos sobre temas como la acidez del océano y la biodiversidad.

La mala infraestructura de Río se remonta a la época de la colonia portuguesa. Se combina con un desarrollo desenfrenado, con escasa supervisión, en las últimas décadas, que ha dejado muchas comunidades de los alrededores del centro de convenciones sin una conexión con los centros de tratamiento de las aguas residuales.

El problema afecta a costosos edificios de departamento y favelas por igual.

Ocasionalmente aparecen cianobacterias que cubren los lagos con una capa verde que produce toxinas capaces de generar enfermedades incluso en dosis pequeñas, según la bióloga Azevedo.

"Hace 20 años, estos lagos eran sitios donde se producían los pescados", dijo Azevedo. "Ahora son lugares donde no hay oxígeno, con un pH de 0 o 1, muy ácido".

La contaminación se propaga a través de los canales, incluido uno que atraviesa el mismo centro de convenciones, donde los visitantes tomarán sol sobre el césped, pegados a aguas residuales.

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Juliana Barbassa está en Twitter como @jbarbassa