Michelle Obama y Ann Romney, las esposas de los dos candidatos a la presidencia de EEUU, han iniciado su particular carrera al Ala Este de la Casa Blanca, en la que confrontan dos formas de entender el lado más personal y familiar del candidato.

La actual primera dama sale con ventaja en la carrera, al gozar de un mayor conocimiento entre los ciudadanos y de altos índices de popularidad, pero los republicanos confían en el potencial de la esposa de Mitt Romney para conectar con la sociedad más tradicional y conservadora del país.

Michelle Obama, una afroamericana de 48 años, de origen humilde, abogada de profesión, madre de dos hijas adolescentes, contrasta con Ann Romney, una blanca de 63 años, de clase acomodada, madre de cinco hijos y abuela de 18 nietos, y que siempre ha sido ama de casa.

Y así entró Ann Romney en campaña en abril: "Tomé la decisión de estar en casa y criar a cinco chicos; créanme, es un trabajo duro", se defendió la esposa del republicano en Twitter.

Su estatus de ama de casa se situó en el centro del debate público después de que una colaboradora de los demócratas, Hillary Rosen, cuestionara en televisión que la esposa del candidato republicano pudiera hablar de economía sin haber trabajado fuera del hogar.

En un país donde cerca del 15 % de las madres con hijos menores no trabaja, los apoyos al ama de casa Romney se multiplicaron, los demócratas condenaron los comentarios e incluso Michelle Obama alabó a su "rival".

La esposa de Romney, a quien su marido le llama "cariño", esgrime que nunca tuvo que contratar a una niñera para sus hijos ni una limpiadora para casa, y demuestra que es tan apasionada de la cocina, que incluso regala galletas caseras a los periodistas.

"La religión mormona es esencial para entender su personalidad", aseguró a Efe el escritor Gary Toyn, que acaba de publicar un libro que relata varias historias de madres marcadas por la fe, entre ellas Ann Romney.

Según Toyn, la esposa de Romney cuenta con una gran fortaleza anímica, que le habría ayudado a superar un cáncer de mama en 2007 y a convivir con la esclerosis múltiple que tiene diagnosticada.

Durante las elecciones primarias republicanas, formó parte de la campaña de su marido, recorrió el país en avión y en autobús, y sobresalió por sus discursos en las noches claves para su marido.

Sin embargo, a la esposa de Mitt Romney, le queda trabajo por hacer: las últimas encuestas aseguran que cerca de seis de cada diez estadounidenses no la conocen lo suficiente como para tener una opinión formada de ella.

En el caso de Michelle Obama es al revés. Supera en popularidad a su marido y a Hillary Clinton, ahora secretaria de Estado, cuando fue primera dama entre 1993 y 2001.

En una reciente encuesta de Gallup, el 68 % de los estadounidenses aseguró tener una opinión favorable de ella, un porcentaje que se ha mantenido casi intacto a lo largo del mandato demócrata.

Durante estos cuatro años, Michelle Obama ha forjado dos pilares para su figura de primera dama: la lucha contra la obesidad infantil y el apoyo a las familias de los veteranos.

Toda primera dama elogiada en Estados Unidos ha tenido una gran causa social que defender, y la actual ha pretendido construir un pacto nacional para mejorar la alimentación de los menores del país y crear iniciativas para cambiar la situación con la que se enfrentan los soldados al volver de Afganistán e Irak.

Los demócratas usarán estas causas, menos politizadas que las del gabinete presidencial, en la campaña de las elecciones de noviembre y ya han creado material exclusivo de la primera dama, como si se pudiera votar directamente a Michelle.

Además, la primera dama publicó a finales de mayo un libro sobre su proyecto de huerto ecológico en la Casa Blanca, con consejos para mantener una vida sana y recetas, y esta misma semana se acercó a una librería de Washington para firmar ejemplares.

Como si fuera una escritora en plena promoción. En el caso de Michelle Obama y Ann Romney, están ya en plena campaña.

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Damià S. Bonmatí