Tome toda la historia de Lance Armstrong --sus proezas deportivas, su valiente batalla contra el cáncer, su retorno triunfal para ganar la carrera más dura del ciclismo-- y tírela al tacho de la basura. Basta con el cuento. Nunca sucedió. A otra cosa.

Eso es lo que hará la Agencia Antidopaje Estadounidense si puede sustentar las acusaciones de que las siete victorias de Armstrong en el Tour de Francia fueron tan solo el resultado del episodio de uso de estimulantes más escandaloso en la historia del deporte.

Para que ello suceda habrá que recorrer un largo camino. Es previsible que el ciclista se defienda con uñas y dientes, como lo ha hecho a lo largo de toda su carrera, y cuestione cada acusación, cada palabra y cada coma de la presentación de la AAE.

La Agencia implicó también a su amigo y ex director de equipo Johan Bruyneel, a tres médicos y a un preparador físico, a los que acusa de ser "parte de una conspiración" para dopar al pedalista.

Armstrong siempre se vanaglorió de lo mucho que se entrenaba, más que ningún otro pedalista, y decía que ese había sido el secreto de sus triunfos en el Tour entre 1999 y el 2005.

Pero la AAE ofrece otra versión. "Numerosos ciclistas, personal de los equipos y otros declararon, basados en conocimiento personal obtenido observando a Armstrong o a través de admisiones de dopaje de Armstrong ante ellos, que Lance Armstrong usó (la sustancia) EPO, transfusiones de sangre, testosterona y cortisona", dice en su acusación. En otras palabras, una cantidad de sustancias farmacéuticas prohibidas que le dieron ventaja en el clásico de tres semanas por rutas francesas.

Con los millones que ganó en el deporte y amigos importantes, generados en parte por sus campañas contra el cáncer, Armstrong tiene dinero y muchos aliados para combatir las nuevas acusaciones.

Pero de ser hallado culpable, se acabaría su leyenda y pasaría a ser el nuevo símbolo del lado oscuro del ciclismo, de los pedalistas cuyas venas se hinchaban pero, extrañamente, no parecían cansados luego de acelerar por los Alpes. Otros payasos que habrían participado en esta farsa serían los organizadores de la carrera, que insistieron en que no había nada raro; los burócratas del deporte, que no intervinieron con firmeza, y los periodistas que se cansaron de brindar alabanzas sin investigar a fondo.

Fue una era tan absurda que, si por algún milagro, Armstrong es despojado de sus títulos en el Tour, ¿a quién se los dan? ¿A Jan Ullrich, el alemán que escoltó a Armstrong tres veces? Perdonen si me atraganto, pero en febrero fue suspendido por dos años por la Corte de Arbitraje Deportivo por su papel en un dopaje con sangre.

Ivan Basso, el italiano que estaba al lado de Armstrong cuando el estadounidense se despidió del deporte en el podio en el 2005, denunciando a los "cínicos y escépticos" que ya no creían en el ciclismo, también terminó suspendido. Lo mismo que el ruso Alexander Vinokourov, tercero detrás de Armstrong y Ullrich en el 2003. Podría seguir. Pero es demasiado triste.

A diferencia de lo que hicieron sus antiguos compañeros Tyler Hamilton y Floyd Landis, no esperen confesiones de Armstrong. Es un guerrero y tiene mucho más dinero y amigos importantes que Hamilton y Landis. Y mucho más que perder.

Armstrong es un tipo inteligente. Y los tipos inteligentes no son pillados cuando se dopan. Contratan médicos corruptos que les dicen cómo hacer las cosas para no ser detectados.

El gran interrogante es por qué la AAE vuelve a insistir sobre este asunto y trata de hundir a una figura del pasado, gastando dinero de los contribuyentes.

La respuesta podría ser esta: porque descifrar la verdad en torno a Armstrong es vital para el deporte. Incluso retirado el estadounidense sigue siendo una de las figuras más conocidas del ciclismo. Si hizo trampa, hay que sacarla a la luz y hay que despojarlo de sus títulos. Hay que desenmascarar a una figura idolatrada por más que sea un gran ejemplo para los pacientes con cáncer. Los niños tienen que saber que si alguien hace trampa, lo paga. Tarde o temprano, lo paga.

La AAE dijo que "numerosos" ciclistas están dispuestos a declarar que Bruyneel, el médico italiano Michele Ferrari y los médicos españoles Luis García del Moral y Pedro Celaya le suministraron productos dopantes y le mostraron cómo no ser detectado.

Si todos ellos se ensuciaron las manos, habría que agradecerle a la AAE el que los desenmascare.

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John Leicester es columnista internacional de deportes de la Associated Press.

Está en Twitter como http://twitter.com/johnleicester