La poderosa oratoria de Winston Churchill, que consiguió mantener en pie al Reino Unido en las horas más negras de la Segunda Guerra Mundial, resuena hoy en las paredes del museo Morgan de Nueva York gracias a una muestra que explora ese manejo del lenguaje por el que ganó el premio Nobel de Literatura.

"Churchill hizo sentir a los británicos que realmente podían ganar, que podían sobrevivir, porque por donde lo mires Alemania estaba mucho mejor preparada, pero fueron los discursos de Churchill los que les hicieron creer en sí mismos", explicó a Efe el comisario de la exposición, Declan Kiely.

Ese es uno de los ejemplos del alcance de la retórica de Churchill (1874-1965), un talento que le ayudó a convertirse en uno de los corresponsales de guerra mejor pagados de su época, a ganar un asiento en el Parlamento británico y, en última instancia, a convertirse en primer ministro de su país.

"Churchill: El poder de las palabras", estudia desde sus inicios el uso de la palabra por parte del político a través de sesenta y cinco documentos, grabaciones y objetos entre los que se encuentra la medalla de su premio Nobel, que le fue otorgado en 1953 por "su maestría en la descripción histórica y biográfica".

La sección más "poderosa" de la exposición, abierta hasta el 23 de septiembre, es a juicio del comisario la sala en la que se puede escuchar al propio Churchill narrando algunos de sus más reconocidos discursos mientras se proyectan extractos de esos documentos originales, plagados de anotaciones de su puño y letra.

"Cuando ves las anotaciones en los textos escritos a máquina de sus discursos sorprende la cantidad de tiempo que les dedicaba. Para cada minuto de una de sus comparecencias había trabajado durante una hora", explica Kiely sobre el cuidado con que el primer ministro británico elegía cada una de sus palabras.

Como si de un poema se tratara, los textos de las famosas conferencias en las que Churchill acuñaría términos clave como "telón de acero", cuentan tan solo con unas pocas palabras por línea, lo que le ayudaba a narrarlas mejor, eligiendo bien las pausas, las subidas de tono, los silencios.

Churchill se convirtió en primer ministro de Reino Unido el 10 de mayo de 1940, el mismo día en que Adolf Hitler lanzaba su guerra relámpago contra Francia y los Países Bajos, por lo que ya desde sus primeros días de mandato sus discursos fueron esenciales para mantener alta la moral de los británicos y desafiar a su enemigo.

"(Hitler) espera que matando a gran número de civiles, y mujeres y niños, aterrorizará y acobardará a la gente de esta poderosa ciudad imperial (...). Poco sabe del espíritu de la nación británica", diría el mandatario en respuesta al bombardeo nazi sobre Londres, pocos meses después de haber tomado posesión.

Sus discursos fueron clave para concienciar a la sociedad estadounidense sobre la amenaza del avance nazi, pero también lo serían después para alertar sobre los peligros de la Unión Soviética, de cuyo máximo exponente fue el famoso discurso del "telón de acero" que pronunció en marzo de 1946 en Misuri (EEUU).

Los organizadores señalaron que el mismo Churchill conocía el poder de la palabra y, así en la exposición se recuerdan algunas de sus frases en su eterna lucha contra el totalitarismo.

"(Los dictadores) tienen miedo de las palabras y de los pensamientos. Les aterrorizan las palabras que se hablan en el extranjero, los pensamientos de descontento en casa, mucho más poderosos por estar prohibidos", es uno de los ejemplos que aparecen en la exposición.

Para que los más jóvenes conozcan la importancia de quien se convirtió en una de las figuras clave del siglo XX, el museo y biblioteca Morgan ha lanzado también una página web con la que busca demostrar que su legado sigue vigente hoy en día.

"Ni un solo líder europeo, bien sea (Angela) Merkel en Alemania, (David) Cameron en Reino Unido o los presidentes que han pasado por Francia, ha sido capaz de calmar a la gente y hacerle sentir que van a salir adelante de esta situación financiera", afirmó tajante el comisario para argumentar que Europa necesita a un "Churchill de nuestros tiempos".

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Por Teresa de Miguel