Se escuchaban disparos y los residentes huían de sus viviendas en llamas el martes en el oeste de Mianmar, mientras las fuerzas de seguridad luchaban para contener la mortal violencia étnica y religiosa que ha provocado la muerte de al menos una decena de personas y desplazado a miles más.

El conflicto enfrenta a los budistas de etnia Rakhine contra los musulmanes Rohingya en el estado costero de Rakhine, y es la violencia sectaria más mortífera de los últimos años en el país.

El presidente Thein Sein declaró el estado de emergencia y desplegó tropas del ejército para restablecer la estabilidad, además de advertir que las frágiles reformas democráticas del país están bajo amenaza en momentos en que emerge se recupera de medio siglo de régimen militar.

El martes en la capital regional, Sittwe, la policía disparó al aire para dispersar a un grupo de rohingyas que quemaba casas en un vecindario. Hordas corrían para escapar de la caótica escena.

El gobierno ha desplegado camiones cargados de tropas en Sittwe durante días, y gran parte de la ciudad portuaria estaba en calma, incluida su avenida principal. Pero las casas estaban ardiendo en tres o cuatro distritos que aún no se han apaciguado.

El malestar, que estalló el viernes, se desencadenó por la violación y asesinato el mes pasado de una niña budista por parte de tres musulmanes y el linchamiento de 10 musulmanes, al parecer como represalia, el 3 de junio. Existen antiguas tensiones entre los dos grupos.

El gobierno considera a los rohingyas migrantes sin autorización legal que provienen de Bangladesh y los ha convertido en apátridas al negarles la ciudadanía. Aunque algunos son colonos recientes, muchos de ellos han vivido durante generaciones en Mianmar y grupos de derechos humanos dicen que sufren una grave discriminación.