Han pasado ocho meses y la euforia se repite en Ciudad de México... y en casa también: Justin Bieber regresó para ofrecer un concierto y como en aquella ocasión, volví a llevar a mis hijas para escuchar al joven que las hace gritar como pocos.

Supe que Bieber volvería hace poco más de una semana, apenas unos minutos después de que el alcalde capitalino, Marcelo Ebrard, lo anunciara en su cuenta de Twitter.

Soy periodista, pero también papá, así que mis primeros pensamientos fueron que debíamos confirmar la noticia para escribir algo y, por supuesto, que tenía que avisar a mis hijas que Justin estaría otra vez aquí y que ahora daría un concierto gratuito en el Zócalo, la principal plaza de la ciudad.

Cinco años separan a mis hijas. Una está en la adolescencia y la pequeña corre hacia allá. Cada una tiene sus propios intereses, pero en ocasiones coinciden y eso pasa cuando de Justin Bieber se trata.

A las dos les gusta cómo canta y también creen que es guapo. Yo tengo mis dudas, pero obviamente eso no importa.

Sarahí tiene 14 años y Alexia cumplió nueve apenas el domingo.

A diferencia de octubre de 2011, cuando fuimos juntos al primer concierto de Bieber en la Ciudad de México, ahora estaba angustiado: leí que hubo más de 40 heridos en Oslo por una estampida durante otra presentación gratuita en mayo.

Les conté lo que pasó en Noruega y, aunque no lo dije, me pasó por la mente que eso las disuadiría de la emoción de ir al Zócalo.

Por supuesto no dieron mayor importancia a mi comentario: sus charlas en los días previos giraron en torno a si en verdad íbamos a ir, que si yo me iba a ir a acampar dos días antes para apartar un buen lugar o a qué hora saldría de la oficina para llevarlas.

Desde el fin de semana había reportes de personas que habían llegado de distintas partes del país para formarse en un intento por estar lo más cerca del escenario, pero uno del diario El Universal atrapó mi atención: "Pierde su trabajo por Justin Bieber", decía el titular del domingo sobre un seguidor que declaró haber renunciado a su trabajo porque le negaron un permiso para faltar.

Más que su veracidad, la noticia me hizo pensar en todo aquello que puede hacer la gente para conseguir algo, como estar en un concierto de Justin. Yo no pensé en renunciar. Pero bueno, quizá porque a mí sí me dieron permiso para salir temprano el lunes a recoger a mis hijas de la escuela para irnos al Zócalo.

¿Qué hace un padre en un concierto para adolescentes? Hay sus excepciones, sobre todo entre las mamás, pero la mayoría no canta y quienes lo hacen ocupan un tono apenas perceptible.

Cuando nos preparábamos para el concierto del 2 de octubre de 2011, fui advertido que evitara cantar. No sé si a otros papás les dijeron lo mismo, pero a mi alrededor fuimos pocos los que nos atrevimos a seguir el ritmo de las canciones con un movimiento de manos y pies e incluso a soltar una que otra frase, sobre todo de los coros ("Baby, baby, baby, ooooh!").

Y esta vez no fue la excepción.

Llegamos a las cuatro de la tarde. Miles ya estaban ahí, en su mayoría niñas y adolescentes vestidas de morado (el color favorito de Bieber), con lentes de pasta, carteles llenos de corazones y acosando a vendedores ambulantes para pedir que les pintaran en la mejilla un sello con la fotografía del chico canadiense o simplemente su nombre.

Los gritos de "¡Justin, Justin, Justin!" hermanan a todas quienes lo esperan. Los padres no gritamos, y eso también nos asemeja a nosotros.

Mientras ellas gritan y brincan, los padres las seguimos, nos ponemos detrás, las cubrimos con los brazos... y nos miramos entre nosotros como compartiendo lo único que podemos, o queremos, hacer ahí: cuidarlas.

Tres horas después, y sin un lugar donde sentarnos, los pies y la espalda duelen. Saco el celular y reviso mis mensajes. Les digo en broma que Justin acaba de anunciar que canceló el concierto. Me miran, ríen, pero a nuestro lado otra adolescente no vacila en reprocharme: "¡Ay señor, me asustó!". Risas.

Dos horas más, la noche comienza a caer y finalmente sale. Al "¡Justin, Justin, Justin!" le sigue un largo "¡aaaaaaahhhhhh!" en una plaza en la que nadie tiene más ventaja que la altura que puede conseguir.

"¡Súbeme, súbeme!", me exige Alexia. Y como ella, cientos más de niñas a nuestro alrededor aparecen en los hombros de sus padres. Ninguno aguantamos más de cuatro canciones seguidas. "Ya me cansé", le digo y esa misma frase se repite a los lados, enfrente, detrás. Por más de una hora los padres luchamos por intentar mantenerlas aunque sea otra canción más sobre los hombros.

Las autoridades de la ciudad dicen que más de 200.000 personas cubren la plancha del Zócalo y las calles a su alrededor. Yo lo único que sé es que no puedo dar ni medio paso a mi alrededor sin chocar con alguien.

Justin suelta algunas frases, todas en inglés. "¿Qué dice, qué dice?". Les traduzco cuando pregunta a los miles si entienden lo que dice o si sólo gritan, y veo que otras niñas a nuestro lado se acercan para escucharme. Repito que está preguntando si entienden o sólo gritan. Parece que es lo segundo, porque sólo se escuchan más "¡aaaaaaahhhhhh!".

Diez y quince de la noche. Los padres somos ahora quienes nos empezamos a mover. Las tomamos de las manos, les pedimos que avancen, que no se suelten. Es hora de irse, aunque ellas quisieran quedarse un poco más. Hay que comenzar a abandonar esa plaza de miles, ahora que aún se puede. A lo lejos, mientras nos alejamos, aún se escucha el coro de "Never Say Never".

"Pasé hambre, cansancio, lluvia e insolación para ver a mi amor platónico", dice Sarahí por el teléfono a su mamá.

"¿Y ustedes son Beliebers?", les pregunto. Alexia no duda en decir que sí. "Yo no, pero me gusta", dice Sarahí.

Yo tampoco lo soy. Pero hoy entendí que no sólo los Beliebers van a ver a Justin Bieber. Si no, sólo hay que preguntarle a algún papá con una adolescente.

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E. Eduardo Castillo está en Twitter como https://twitter.com/EECastilloAP