Los residentes se agazapaban temerosos en el interior de las edificaciones mientras las fuerzas de seguridad patrullaban una tensa ciudad en el oeste de Mianmar el lunes para recoger cuerpos de los escombros de viviendas quemadas durante el fin de semana en medio de la violencia sectaria más mortal de los últimos años en el país.

La violencia, que ha dejado al menos siete personas muertas y cientos de casas incendiadas desde el viernes, plantea una de las mayores pruebas para el nuevo gobierno de Mianmar en momentos en que batalla por reformar el país después de generaciones de régimen militar.

El manejo de los disturbios atraerá el escrutinio exhaustivo de las potencias occidentales, que han elogiado el gobierno del presidente Thein Sein en los últimos meses y lo han premiado al suavizar años de duras sanciones económicas.

Thein Sein declaró el estado de emergencia en la región la noche del domingo y abogó por el fin de la "venganza anárquica sin fin", al tiempo que advirtió que si la situación se salía de control, podría poner en peligro las reformas democráticas que ha puesto en marcha desde que asumió el cargo el año pasado.

"No hemos dormido en los últimos cinco días", dijo Ma Ohn May, dueño de una tienda de textiles de 42 años en Sittwe. Agregó que los residentes se habían refugiado y se preparaban para nuevos enfrentamientos de tintes étnicos.

La violencia entre los budistas de etnia Rakhine y los miembros de una minoría musulmana que se llaman a sí mismos Rohingyas estalló el viernes en el estado de Rakhine y se extendió el sábado a Sittwe. El área estaba en relativa calma el lunes.

El malestar — al parecer desencadenado por la presunta violación y asesinato el mes pasado de una niña budista por parte de tres musulmanes y el linchamiento de 10 musulmanes en represalia el 3 de junio — se debe a tensiones de larga data en la región.