La vida no tiene más sentido que el que le dan los seres que amamos", afirma Jean Daniel, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2004, en el prólogo de "Los míos", un homenaje a aquellos que marcaron su vida y ya no están, entre ellos Vicente, su amigo español de juventud, y Jorge Semprún.

Son cincuenta y dos retratos, empezando por el de su madre y, a través de ella, el de toda su familia que es judía, vive en Argelia y se considera francesa.

"Soy el único superviviente de una familia de once hijos", cuenta Daniel, uno de los intelectuales franceses de izquierdas de mayor influencia en los debates del siglo XX y que a sus casi 92 años, que cumplirá el próximo 21 de julio, lo "único" que lamenta es no haber estado junto a su madre para "cerrarle los ojos cuando murió".

"Pero lo único que lograba consolarme -escribe el periodista y escritor- era la idea de que, aunque no había realizado los grandes logros que ella deseaba para mí, me había rodeado de unos seres que le habrían gustado".

Seres a los que hoy añora y que al irse se han llevado una parte de él; entre ellos Jorge Semprún, que para Daniel representa "la gallardía de un hidalgo castellano", y quien "ocupa un lugar aparte".

Semprún (1923-2011), que "era todo menos una persona de trato fácil", "me procuraba la sensación de seguridad intelectual", afirma el cofundador del semanario Le Nouvel Observateur.

"El peso de su obra, tanto en mis lecturas como en mi cultura, ha sido enorme", reconoce Daniel, quien admiró al escritor español "por su compromiso y su gallardía", aunque lamenta que "nunca" supo si llegó a formar parte de "su familia".

El retrato de Semprún cierra el libro "Los míos", editado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.

La segunda semblanza en esta galería dibujadas por Jean Daniel con su prosa precisa es la del amigo de su primera juventud, Vicente Pérez, hijo de la asistenta española de su familia en Argelia, quien murió a los 17 años en la Guerra Civil española.

Fue él quien avivó en Daniel el sueño de la revolución que nunca le ha abandonado. La muerte de aquel amigo, a quien "nada ni nadie" le ha hecho "olvidar jamás", le hizo "madurar de golpe" y "adquirir otra visión del mundo, de las cosas y de los seres".

"Era posible combatir, arriesgarse a morir y que te matasen. Era posible fallecer a los diecisiete años. Jamás he olvidado esa conmoción", rememora Daniel, quien estuvo a punto de perder la vida a los 41 años en Túnez, víctima de un ametrallamiento en una pierna.

Tampoco ha borrado de su memoria al teniente tunecino con el que compartió habitación en aquellos momentos de sufrimiento y a él le dedica el tercer retrato, tras el de su madre y el de Vicente.

El teniente murió, pero en aquellos momentos de solidaridad en el dolor, compartieron conversaciones muy íntimas y confesiones: "Mi padre -le dijo Daniel- era para mí la creencia, la religión, el rito, Dios. Nunca me manifestó el más mínimo gesto de ternura".

Su padre, que pasó de obrero a fabricante de harina, no figura en su galería de retratos, en la que sí cuelgan pensadores como Foucault, Aron, Sartre, Lévi-Strauss o Derrida; escritores como Camus, Paz, Milosz, Gide, Malreaux, Vittorini, Mauriac, además de Semprún; artistas y músicos como Matisse, Balthus o Menuhin; o políticos como Churchill, De Gaulle o Mitterrand.

El resultado, según Galaxia Gutenberg, es "una joya para todo lector culto, un libro de altísimo valor literario e intelectual y también humano".

Y es que como afirma el escritor Milan Kundera en el prefacio de "Los míos", "en el reverso de este libro, y con tinta invisible, el autor ha escrito su biografía", una vida en la que "a veces" se reprocha no haber fundado su propia familia.

Por eso, "los amigos, mientras aún están, sustituyen a los hijos, pero cuando uno de ellos desaparece es una mutilación que acentúa la soledad, la fuerza con la que empujan las nuevas generaciones y la dura prueba de la expulsión. De todas formas, creo haber superado esa mutilación y, tras escribir este libro, me siento en cierto sentido, acompañado", concluye Jean Daniel en su prólogo.

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Por Catalina Guerrero