Las mejores vidrieras de Ecuador son obra de Guillermo Larrazábal, un inmigrante español que dedicó su vida a atrapar la luz en las catedrales y cuyo legado quieren rescatar un libro y una exposición que se presentan hoy.

Larrazábal, hijo de vascos nacido por casualidad en México, formó parte de una generación de artistas que huyeron de la España del dictador Francisco Franco para desarrollar su obra con libertad en América.

En 1955 llegó a la plácida ciudad de Cuenca, en los Andes ecuatorianos, con un contrato para realizar las vidrieras de su catedral, y se quedó.

Allí estableció un taller, un horno para cocer cristales y sus ayudantes se convirtieron en los vidrieros actuales del país.

Sin embargo, es un hombre desconocido incluso en Ecuador, un desacierto que pretenden corregir el libro y una exposición de algunos de sus bocetos que se abre hoy en Loja.

Detrás del proyecto está José Carlos Arias, otro español que también se mudó a Ecuador y que considera a Larrazábal como el autor de las vidrieras "de mayor calidad" elaboradas en el país, las cuales se pueden apreciar en las catedrales de Guayaquil y Ambato, además de la de Cuenca.

A su juicio, su obra maestra está en la Iglesia de Santa Gemma, en Guayaquil, un templo octogonal para el que le pidieron que representara los siete sacramentos. En la última pared se inventó una vidriera de la muerte, "que remató toda su obra", dijo a Efe Arias.

Larrazábal poseía "paciencia, prudencia y tiempo", mantiene el autor, tres atributos raros hoy en día, pero que probablemente primaron entre los artistas que se inventaron el vano, la luz y el vidrio para domarla en las primeras catedrales góticas, en la Francia del siglo XII.

El vasco llegaba a emplear 3.000 cristales en sus vitrales porque superponía uno sobre otro, por ejemplo un amarillo sobre un azul para crear verde, y ampliar así la gama de matices, además de aprovechar los cambios en la incidencia de la luz según el horario.

"Él es capaz de estarse ahí cuatro horas para sacar no la rama, sino la sombra de la rama", dijo Arias, un leonés que ha escrito 24 libros sobre la cultura y el arte ecuatorianos.

En la obra de Larrazábal dominan las figuras estilizadas al modo de El Greco, pintor al que admiró durante paseos por el Museo del Prado antes de llegar a Ecuador, junto con Goya y Velázquez, explicó Arias.

En su libro le llama "el último gótico", porque en su opinión la catedral es sinónimo de gótico y el gótico sinónimo de vidriera.

El propio tomo tiene mucho de ello, pues cuenta con una portada horadada en círculo para dejar ver un rosetón de Larrazábal en la Catedral de Cuenca.

Los capítulos comienzan con exquisitas letras capitales, al modo medieval, realizadas por Eudoxia Estrella, quien es algo más que una acuarelista de talento; fue la mujer de la vida de Larrazábal.

Estrella, que ahora tiene 86 años y fue directora del Museo de Arte Moderno de Cuenca, prestó 13 bocetos del artista para la muestra que se inaugurará hoy en la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL), que posee también una vidriera de Larrazábal titulada "La Historia de la Humanidad".

La exposición, que ya estuvo en Cuenca, viajará también a Quito y Guayaquil.

Larrazábal nació en México en 1907 porque su familia tenía negocios en ese país, pero se mudó a España a los tres años y eventualmente trabajó en un taller de vidrieras en el País Vasco, donde hacía bocetos.

Neutral en la guerra civil española, fue encarcelado por ambos bandos, y en la posguerra sobrevivía como podía, hasta que Ecuador le abrió la puerta y allí pasó de dibujante a maestro.

Expiró pobre en 1983, porque su minuciosidad con el cristal y las mallas de plomo que lo sostienen en el aire distaban mucho de la producción en masa que le hubiera mejorado el bolsillo.

Algunas de sus obras no han sido mantenidas y los párrocos las han sustituido por cristales pintados, se lamentó Arias.

Con su libro y con la muestra el autor aspira a que los fieles, al entrar en las iglesias de Larrazábal, levanten la vista del suelo y miren a la luz que se cuela por las ventanas.