Uno de los vertederos de desperdicios al aire libre más grandes del mundo — una imponente montaña de basura ubicada junto al mar y en la que miles de personas se ganan la vida reciclando materiales a mano — dejará de funcionar este fin de semana luego de 34 años de un servicio maloliente.

Viejo símbolo de una mala planificación urbana, el vertedero Jardim Gramacho, en Río de Janeiro, dará paso a una instalación que procesará los gases con efecto de invernadero generados por la basura que se descompone y los convertirá en combustible para calentar viviendas y propulsar automóviles. Los ambientalistas responsabilizan a Gramacho por los altos niveles de contaminación en la otrora prístina Bahía de Guanabara, adonde van a parar toneladas de desperdicios del vertedero.

El cierre del lugar deja sin trabajo a más de 1.700 personas que escalaban las montañas de basura diariamente para rescatar plásticos, papeles, metales y cualquier otro material reciclable de entre las 9.000 toneladas de desperdicios que llegan allí a diario. Esos trabajadores, conocidos como "catadores", recibirán una indemnización de la municipalidad, pero no podrán trabajar en el sitio que reemplazará a Gramacho, el vertedero Seropedica de alta tecnología, adonde ya va a parar la mayor parte de los desperdicios de la ciudad.

"Cuando vienes por primera vez sientes que no podrás trabajar aquí, pero te acostumbras, te haces de amigos y te das cuenta de que es un buen trabajo", expresó Lorival Francisco dos Santos, un hombre de 46 años, del empobrecido nordeste de Brasil, que lleva 13 años trabajando en el vertedero.

Se viene hablando del cierre de Gramacho desde hace varios años, pero siempre se aplazó por una razón u otra. Esta vez es la definitiva y dejará de funcionar antes de la megaconferencia de las Naciones Unidas Rio+20 sobre desarrollo sustentable. La ciudad, por otra parte, está tratando de mejorar su imagen con miras a la Copa Mundial de fútbol del 2014 y a los Juegos Olímpicos del 2016.

"Desde hace años que le venimos diciendo a los catadores que esto cerrará, pero ellos pensaban que eso no iba a suceder", declaró el director de Gramacho Lucio Alves Vianna.

Gramacho surgió en unos pantanos en 1978 y durante casi 20 años funcionó casi sin supervisión. Su piso no tenía forma de impedir filtraciones de los desperdicios tóxicos que van a parar allí y los fétidos jugos producidos por los materiales orgánicos en descomposición iban a parar al agua, por lo que en la bahía no se podía nadar.

En 1996 las autoridades municipales intervinieron y prohibieron que menores trabajasen allí, registraron a los catadores y dispusieron que sólo se arrojasen allí la basura de las residencias de Río y de otras cuatro ciudades vecinas.

Máquinas excavadoras comenzaron a cubrir la basura con tierra, lo que dio lugar a una verdadera montaña de desperdicios pegada a la bahía.

La preocupación por la contaminación hizo que se empezase a hablar de cerrar el sitio y de aprovechar la energía derivada de la descomposición de los 60 millones de toneladas de desperdicios que se calcula hay allí. Más de 200 pozos atraparán el dióxido de carbono y metano que emanan de la basura y los harán llegar a una instalación controlada por la petrolera Petrobras.

Se espera que la venta de créditos de carbón y de biogas genere unos 232 millones de dólares en los próximos 15 años, parte de los cuales serán entregados a los catadores.

La basura en descomposición genera hoy el 20% de las emisiones de dióxido de carbono. Se espera que con el cierre de Gramacho y el uso de una instalación más moderna se reduzcan las emisiones de gas carbónico en 1.400 toneladas por año.

El cierre de Gramacho se produce meses después de que la Ciudad de México cerró el Bordo Poniente, que originó la aparición de miles de vertederos ilegales. Las autoridades de la capital mexicana fueron muy criticadas por no tener lista una alternativa viable.

El caso de Río, no obstante, parece distinto, pues Seropedica está funcionando y bien.

Pese a que se les viene diciendo desde hace rato que Gramacho cerrará, muchos catadores afirman que no saben qué será de sus vidas. Cobrarán 7.500 dólares por persona en los próximos días, pero saben que ese dinero no durará. Y temen que no será fácil encontrar otro trabajo.

Dos Santos, el nordestino, del estado de Paraiba, de 46 años, asegura que ganaba el equivalente a 1.500 dólares en algunos meses, una suma envidiable en un país donde el sueldo mínimo es de 300 dólares.

Otros creen que pueden ser discriminados.

"Dejé de buscar trabajo porque la gente me mira mal, como que huelo mal o algo por haber trabajado aquí", expresó Debora da Silva, de 41 años. Sus tres hijas saben que trabajó en Gramacho durante 15 años, pero muchas de sus amigas no. No se lo dijo por temor a ser estigmatizada.

Los catadores alcanzaron renombre internacional en el 2010, cuando un documental sobre el vertedero, realizado por el cineasta Vik Muniz, fue postulado a un Oscar. No ganó el premio, pero el proyecto recaudó dinero para los trabajadores.

Dos Santos dice que les devolvió la dignidad.

"Ahora todo el mundo sabe que hacemos un trabajo digno, que somos recicladores", expresó. "Ya no puede discriminarnos y allí, en la ciudad, nos tienen que recibir con los brazos abiertos, como el Cristo Redentor", la estatua que asoma en una colina de Río.