Cuando los milicianos comenzaron a matar a su familia, Alí el-Sayed, de 11 años, cayó al suelo en su casa, embadurnó su ropa con la sangre de su hermano y engañó a los asesinos haciéndoles creer que estaba muerto.

El niño sirio intentó no temblar, incluso cuando los milicianos, con largas barbas y cabezas rasuradas, mataron a sus padres y a sus cuatro hermanos, uno por uno.

El muerto más joven fue el hermano de Alí, Nader, de 6 años. Su cadáver presentaba dos orificios de bala, uno en la cabeza y otro en la espalda.

"Me embadurné con la sangre de mi hermano y me hice el muerto", dijo Alí a The Associated Press el miércoles vía Skype, con voz firme y áspera, cinco días después de la matanza que lo privó de padres y hermanos.

Alí es uno de los pocos sobrevivientes de la matanza del fin de semana en Houla, en la provincia central siria de Homs. Más de 100 personas fueron masacradas, muchas de ellas mujeres y niños, ultimados a tiros y puñaladas en sus casas.

La matanza fue condenada inmediatamente en todo el mundo y atribuida a las órdenes del presidente Bashar Assad, que ha reprimido a sangre y fuego el levantamiento popular iniciado en marzo del 2011. Los activistas sostienen que más de 13.000 personas han sido asesinadas desde el comienzo de la revuelta.

Los investigadores de la ONU y testigos oculares culpan por lo menos parte de la matanza de Houla a los milicianos "shabiha" que actúan en representación del gobierno de Assad.

Reclutados entre las filas de la comunidad alauita de Assad, los milicianos permiten al régimen distanciarse de la responsabilidad directa de los asesinatos, torturas y ataques revanchistas que han plasmado el estilo de los "shabiha".