Cuando me mudé a Río de Janeiro imaginaba el paraíso: un apartamento amplio con vista panorámica hacia una playa con palmeras.

Pero resultó todo lo contrario. Quedé atrapada en la lumbre de uno de los mercados inmobiliarios más caros del mundo.

A medida que aumenta la clase media en Brasil, ésta escala en el mundo, hacia edificios altos y elegantes.

Debido al descubrimiento de enormes yacimientos de hidrocarburos frente a las costas, la ciudad se ha atestado de gente que alquila un lugar dónde vivir y muchos de ellos tienen petrodólares.

Y los dueños de los inmuebles han aumentado las rentas en antelación a la Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, los grandes acontecimientos deportivos que se efectuarán en Río.

Los precios de las propiedades en algunos sectores de la ciudad se han sextuplicado en la última década y ahora rivalizan con los de ciudades de fama mundial como Nueva York o París.

Yo llegue de París y antes viví en Nueva York, así que creía tener algo de experiencia para encontrar un lugar en mercados de alquiler notoriamente difíciles.

Pero uno es siempre víctima de su propia arrogancia.

Con la página dominical de los clasificados, emprendí en enero mi épica búsqueda de un apartamento.

Primero fui a los sectores famosos de Río — Copacabana, Ipanema y Leblon, que dan al mar y que son elegantes, los que todo mundo imagina cuando piensa en Río, una ciudad fabulosa.

Pero a medida que recorría los anuncios parecía como si un cero extra apareciera en el precio de cada apartamento.

¿Un estudio con baño compartido en la planta baja por 1.000 dólares al mes? ¿O 2.750 dólares por un lugar de 37 metros cuadrados (400 pies cuadrados) con una recámara en un primer piso, al parecer sin iluminación natural? ¿No me estará fallando la vista con los precios?

Por desgracia, no. Por la renta que yo pagaba por mi penthouse en París con vista a la Torre Eiffel, apenas me alcanzaba para un lugar pequeño en el tercer piso de un edificio deteriorado en Ipanema con una vista espectacular... hacia el baño del vecino.

Estos sectores, un mercado al alza en Río de Janeiro, se han convertido en objetivo de ejecutivos foráneos que ganan mucho dinero y que pertenecen a compañías petroleras extranjeras, bancos, fabricas automovilísticas, gigantes de cosméticos y otras multinacionales.

La demanda de alojamiento se disparó debido al aumento de 60% en el número de trabajadores extranjeros en Brasil en los últimos cuatro años.

Como no alcanzaba el bolsillo para vivir en la playa, enfoque mi búsqueda en sectores más modestos como Flamengo y Botafogo, en la panorámica bahía de Guanabara. La contaminación de estas playas es tan alta que no se puede nadar ahí, pero al menos tendría vista al mar... eso pensé.

Otra vez, hice mi recorrido con los clasificados. Casi dos tercios de las veces, los agentes de bienes raíces ni siquiera se molestaban en acudir a las citas concertadas.

Cuando lo hacían, un vistazo rápido por la puerta abierta con frecuencia era suficiente: un apartamento de dos recámaras sin que alguna fuera lo suficientemente amplia para que cupiera una cama. ("Duerma en la alfombra", recomendó el agente, muy acomedido).

Era un departamento situado en lo alto que daba hacia una carretera de ocho carriles. Había tanto ruido que parecía como si yo estuviera el de la mitad.

Mi búsqueda se extendió de semanas a meses. Durante semanas, fui huésped de personas inscritas en una red que da alojamiento, pero en cada mudanza se me caían pertenencias por la borda. Las pérdidas incluyeron a mi mascota, un gato, que necesitaba antidepresivos para los nervios.

El auge de los bienes raíces en Río de Janeiro constituye un cambio de fortuna para una ciudad que estuvo en gran declive durante décadas desde 1960, cuando Brasil trasladó su capital desde esta ciudad maravillosa a la meseta terregosa de Brasilia y las empresas se fueron a la ciudad industrial de Sao Paulo.

Hoy, todos se preguntan si los precios galopantes de los bienes raíces constituyen una burbuja, similar a la que reventó en 2008 en Estados Unidos, o una reacción al aumento de la demanda en una ciudad a la que rodean montañas y el mar, sin espacio para crecer.

Como sea, incluso si la burbuja habrá de estallar, esto ocurrirá con seguridad después de los Juegos Olímpicos de 2016, y yo necesito de inmediato un lugar donde vivir.

Cuando aumentaba mi desesperación, abundaron las recomendaciones de otros foráneos que también padecían la escasez de vivienda en Río de Janeiro.

"Encuentra una calle que te guste y pregunta a los porteros si hay una futura vacante", me aconsejaron amigos bien intencionados. Varias jornadas empapadas de sudor en las que fui de puerta a puerta bajo el sol abrasador del verano no dieron ningún resultado.

"Esto es Río de Janeiro. Tienes que bajar el listón. Y elevar tu presupuesto", era otro consejo recurrente.

Pero incluso con mis nuevos parámetros, encontré pocos lugares dentro de mi rango de precios que fueran seguros, higiénicos y en los que el dormitorio tuviera espacio para una cama. De los 70 lugares que visité, terminé por presentar solicitudes únicamente en cuatro. Tres de mis solicitudes fueron rechazadas de plano porque yo no tenía un garante que estuviera a la altura de las estrictas normas de los propietarios en un mercado competitivo. Mientras que en años anteriores seguramente habrían estado dispuestos a aceptar una empresa multinacional, muchos propietarios exigen ahora que el garante sea propietario no de una sino de dos propiedades en la ciudad de Río de Janeiro.

Para un extranjero que apenas aterriza en el país, era una demanda imposible.

"No se preocupe", susurraban los agentes de bienes raíces mientras las lágrimas brotaban de mis ojos. "Vamos a encontrar una solución".

Al final, eso significó pagar a una compañía de seguros el equivalente de la renta de casi dos meses para que actuara como un cosignatario, aproximadamente unos 4.000 dólares adicionales al año.

Y significó pagar una fuerte comisión para ayudar a convencer a la dueña a que me eligiera de entre la larga lista de potenciales inquilinos para el cuarto y último apartamento por el que oferté.

El apartamento es viejo, con tuberías oxidadas y un cableado eléctrico posiblemente defectuoso, y el alquiler es un tercio más alto de lo que yo quería pagar. Pero afuera de la ventana de mi dormitorio, las palmeras se sacuden en la brisa y los graznidos de una bandada de loros salvajes se escuchan a través de mi apartamento. Cada vez que salgo de mi edificio, me recibe la vista de postal de la montaña del Pan de Azúcar y la Bahía de Guanabara con sus acogedoras aguas azules.

Por fin, estoy en casa.