Rubén Alpízar nunca conoció al coleccionista estadounidense que se enamoró de su pintura de un Icaro en picada sobre un fondo estrellado, que colgaba en el muro de una fortaleza española de la época colonial frente a la bahía de La Habana. Tampoco obtuvo un nombre ni una ciudad de residencia, ni siquiera se enteró si el comprador era hombre o mujer.

Todo sucedió rápidamente, empezando con una llamada telefónica de un intermediario.

"Me dijo 'oye, esta obra ¿qué precio tiene? Mira, me parece que la quieren. Te llamo en un ratico, chau'. Y 'oye mira, ya, vendida'''.

"Hace falta que vengan más de Gringolandia", dijo Alpízar con una sonrisa, sin una pista de desdén en su voz al usar un término que puede ser entendido de manera afectuosa o peyorativa, de acuerdo con el contexto. "Te pagan el precio que tú pides".

Las calles de la capital cubana están, de hecho, inundadas de peregrinos de arte americano durante la bienal de todo un mes, un escaparate que conecta a artistas locales contemporáneos con coleccionistas extranjeros acomodados, clientes clave en un país cuyos ciudadanos tienen poco poder adquisitivo.

Alpízar, para empezar, no sabría decir por cuánto se vendió su pintura, pero indicó que su obra por lo general se vende por entre 3.000 y 15.000 dólares, una suma enorme en un país en el que la mayoría de la gente gana el equivalente de 20 dólares al mes.

Los estadounidenses llegan en gran número desde que el gobierno del presidente Barack Obama flexibilizó las reglas de prohibición de viaje. Dicen que ven una oportunidad de explorar lo desconocido y en busca de una obra que llame la atención en la sala de estar.

"Pienso que existe una mística y la vinculación con la 'isla cápsula del tiempo' y todo lo que es inaccessible", dijo Rachel Weingeist, una asesora de Shelley y Donald Rubin para su colección de arte cubano. La Fundación Rubin de la pareja, con sede en Nueva York, promueve las artes y las causas humanitarias.

"Francamente no hemos tenido mucho acceso hasta hace poco", dijo Weingeist.

Los estadounidenses se dicen impresionados con el sofisticado escenario artístico de la isla en comparación con los de otros países del Caribe y de otras partes del mundo. Las subastas de Christie's y Sotheby's han consolidado firmemente el arte cubano en la consciencia estadounidense, tal como la venta de esta semana de una pintura del finado artista surrealista Wifredo Lam por 4,56 millones de dólares.

"Hay mucho corazón. Es muy intenso. Es sobre un sentido de lugar", dijo Jennifer Jacobs de Portland, Oregón, que encabezó un grupo privado de 15 coleccionistas de Seattle en la Bienal. "Realmente me llegó a lo más íntimo".

Terry Hall, una coleccionista de arte y contadora de Gurnee, Illinois, dijo que estaba sorprendida por la variedad de lo que vio.

El arte cubano abarca diversos temas y estilos, y hasta incursiones en lo político. Una pieza en exhibición en la Bienal, con forma de buzón, tiene una ranura con enormes y afilados colmillos sangrientos y una invitación para "Quejas y sugerencias".

"Vine esperando ver arte que fuera más colorido, más caribeño en sabor y lo que encuentro es arte más internacional, más vanguardista, más ambiciosa", dijo Hall. "En realidad me he sentido muy emocionada al respecto. Creo que compite con cualquiera de la que he visto en otras partes en cuanto a ejecución, habilidad e ideas ambiciosas".

Más de 1.300 artistas, curadores, coleccionistas y admiradores estadounidenses han sido acreditados para la Bienal, de acuerdo con los organizadores, una delegación inusualmente numerosa para la que algunos consideran el mercado más importante para el arte cubano. A diferencia de otros bienes de la isla, es totalmente legal que los estadounidenses compren arte cubano, que está cubierto por una exención del embargo de 50 años impuesto por Estados Unidos la cual permite la compra de "materiales informativos".

"Vienen guaguas llenas de gente", dijo Alpízar, que apenas en dos semanas en la Bienal ha vendido media docena de obras, incluyendo la pintura sobre Icaro, titulada "Hogar". Otra pintura que fue adquirida por un coleccionista estadounidense, "Mi arca", era una cruz caprichosa entre una popa de un bote y un retablo religioso, con famosas figuras históricas asomándose por las ventanas: Ernest Hemingway, Carlos Marx, Diego Rivera, Frida Kahlo y el papa Juan Pablo II.

Mientras que los artistas emigrantes cubanos que radican en Miami en ocasiones luchan por darse a conocer, los artistas que siguen en la isla disfrutan del prestigio de ofrecer un tipo de fruta prohibida para los coleccionistas estadounidenses. Personas en ambos lados del intercambio dicen que la afinidad mutua existe, no a pesar de sino gracias a las cinco décadas de proximidad geográfica y animosidad política.

La mayoría de los coleccionistas son cubanoestadounidenses, tal vez ansiosos de adquirir un vínculo con su terruño. Otros son mecenas provenientes de grandes urbes como Nueva York, San Francisco y Seattle que están más abiertos a la distensión.

"Hay una conexión muy sencilla entre nosotros. El público estadounidense... tiene una sensibilidad muy especial al arte cubano", dijo Carlos René Aguilera, quien exhibió una decena de obras inspiradas en los agujeros negros, la teoría de cuerdas y otros misterios científicos. "Tal vez se deba a la mutua curiosidad acerca de nuestra historia. Tal vez porque somos vecinos y hay una relación turbulenta entre nuestros países, lo cual genera interés".

El interés es tan grande que muchos norteamericanos están dispuestos a pagar lo que se pide sin investigar demasiado, y con un poco de suerte, hasta un artista principiante puede obtener un precio que causa asombro. Abundan las anécdotas sobre estudiantes universitarios que venden obras por 15.000 dólares, los mismos precios que obtiene Alpizar, un artista prestigioso que ha exhibido obras en muestras colectivas e individuales durante 23 años.

"El mercado lo soporta, ¿y por qué no apuntar a lo mñas alto?", dijo Weingeist. "Sólo se necesita a alguien que esté mareado y que tenga dinero para comprar lo que le gista".

Las transacciones generalmente son acuerdos de girar el dinero a cuentas bancarias que aceptan monedas internacionales en España, Holanda o Canadá en lugar de las cuentas locales en pesos cubanos. El vendedor embala cuidadosamente su obra y la envía a la dirección en el extranjero.

Las galerías se ven excluidas de su papel tradicional de intermediario, y el comprador tiene la impresión de que ha obtenido un buen precio. De esta manera, el comprador entra en contacto directo con el artista en su estudio.

Los artistas dicen que la Bienal es crucial para hacerse un nombre y establecer contactos.

"Me han ido dejando muchas tarjetas", dijo la artista Tamara Campo, cuya oda a la crisis financiera mundial se encuentra instalada en un búnker de la fortaleza La Cabaña. Incluye una ola de cerca de 650 billetes hechos de madera de cedro que caen del techo al suelo, donde forman una pila desordenada.

"Se quiere comunicar conmigo mucha gente", dijo Campo. "Tengo que revisar Internet ya mismo porque llevo días".

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Peter Orsi está en Twitter como: www.twitter.com/Peter_Orsi