Bakú, flamante sede de la edición más oriental del festival de Eurovisión, es una desconocida para la Europa Occidental, que a duras penas sabría situarla en el mapa. El popular concurso de la canción ha permitido descubrir una urbe culta, liberal, opulenta y ambiciosa, bañada por el mar Caspio.

Volcados en el éxito de este certamen, que hoy celebra la final y en el que la española pastora Soler luchará por la victoria, Azerbaiyán y, más concretamente, Bakú desmontan in situ prejuicios que asaltan a quien, a miles de kilómetros de distancia, piensa en un lugar en los confines del continente, limítrofe con Irán por el sur y puente entre el mundo musulmán y Asia Central.

En su día a día, los bakuenses ofrecen un trato cercano y amable y una imagen mucho más liberal incluso que la de sus vecinos turcos. Sea por su histórica tradición mercantil o por los años de dominio soviético, apenas hay rastro de la mordaza religiosa.

No es que no haya velos, es que predominan las minifaldas y los tacones de vértigo en unas calles plagadas de esculturas figurativas (prohibidas en los gobiernos islámicos más férreos), de boutiques de lujo y de marcas de ropa globales, como en cualquier avenida comercial, con algunas cabeceras españolas muy conocidas.

El contacto físico está a la orden del día, incluso entre los hombres, que caminan agarrados en un ambiente relajado, disfrutando intensamente de la vida al aire libre hasta bien entrada la noche en terrazas, bares y en sus múltiples y cuidadas plazas floreadas.

Pese a su carácter ancestral, del que quedan como vestigio la famosa Torre de la Doncella, el Palacio Shirvanshah y un centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad, todo parece nuevo e impoluto en sus grandes avenidas, hasta darle un aire irreal, como de centro comercial.

Aparentemente ajena a la crisis, el mundo sigue moviéndose en Bakú, gran exportadora de petróleo, que presume de que el primer descubrimiento estratégico de este recurso energético en el mundo y su posterior extracción a nivel industrial sucedieron aquí.

Multitud de recientes construcciones, impúdicamente colosales en algunos casos, jalonan su geografía, convirtiéndola en una de las capitales de la nueva arquitectura gracias a las Torres de la Llama, el Crystal Hall que acoge Eurovisión o el Heydar Aliyev Centre.

Posee además una rica infraestructura cultural, siendo hogar de la primera ópera y ballet del este islámico y cuna del mugam, un estilo musical tradicional de improvisación que, como el flamenco (con el que guarda ciertas similitudes), pertenece a la lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Fría en invierno y soleada en verano, es además un lugar atractivo para el pequeño "gourmet", con una interesante gastronomía emparentada con las cocinas turca, búlgara y oriental, como se aprecia en su rica variedad de dulces.

El principal reto de sus autoridades pasa por dejar en el pasado la denuncia de múltiples organizaciones de derechos humanos, que la acusan de ser una democracia meramente nominal. En la memoria quedan oscuros episodios como el de los interrogatorios a ciudadanos del país que en el festival de 2009 votaron a Armenia, la eterna enemiga, autoexcluida de la edición de este año.

Sin entrar en debates políticos, invisibles para el visitante circunstancial, el olor a petróleo que esporádicamente asalta su atmósfera es uno de los pocos aspectos negativos palpables a simple vista, en una ciudad con cierta tendencia al caos y al ruido y que, como se aprecia en sus múltiples banderas ondeantes, se ha ganado el sobrenombre de "ciudad golpeada por el viento".