La vivienda que José Nazare Braga se construyó en la favela Rocinha es la obra de toda una vida, una inversión que comenzó como una casucha y 30 años después es una propiedad de tres pisos. En el primero hay un restaurante y una papelería que le generan ingresos y sus hijos, nietos y biznietos viven arriba.

El edificio de ladrillo lo es todo para Braga, el sitio donde pasará sus últimos años y el patrimonio que le dejará a su enorme familia. Pero por décadas, la propiedad no fue formalmente suya y ha vivido con el temor de perderla algún día.

Ahora las autoridades municipales y organismos de derechos humanos tratan de darle a decenas de miles de personas como Braga los títulos de propiedad de sus viviendas, un proceso que aumenta su patrimonio y les da mayor acceso a créditos, así como mayor tranquilidad.

"Hice todo esto por mi familia, por mis hijos", relata Braga, quien tiene 70 años. Por mucho tiempo la única prueba de propiedad que tuvo fue un pedazo de papel que le dio la asociación de residentes, cuya validez legal no está clara.

"Ahora me siento seguro", expresó Braga, sentado en su pequeña sala de estar, decorada con fotos de su familia. "Nadie nos podrá quitar la casa".

El programa está apenas empezando a abordar un problema generalizado: Una tercera parte de la población del estado de Río, casi 5 millones de personas, no tiene los títulos de propiedad de sus viviendas. Se calcula que mil millones de personas que viven en barrios marginales enfrentan el mismo problema en el mundo y en muchas naciones se está tratando de resolver también el tema de los títulos de propiedad.

Los propietarios se han dado cuenta de que sus tierras pueden ser usadas como garantía de préstamos y que las propiedades con títulos se cotizan más alto en el mercado de bienes raíces formal.

Este proceso, no obstante, tiene un lado negativo: Al subir el valor de la tierra, las favelas se cotizan y dejan de ser sitios donde la gente pobre encuentra viviendas al alcance de sus bolsillos en una ciudad en la que los precios de las propiedades están por las nubes.

La entrega de títulos de propiedad es parte de una serie de programas que llevaron agua, electricidad, desagües y otros beneficios a las favelas de Río en los últimos años. Una campaña para controlar la violencia con miras a los Juegos Olímpicos del 2016 hizo que se instalasen unidades policiales permanentes en algunas favelas que estaban controladas por traficantes de drogas.

Gracias a esas mejoras, comunidades que eran asentamientos informales se están empezando a sentir como parte integral de la ciudad que las rodea.

La entrega de títulos de propiedad a las familias es un aspecto clave de esta transición, según Luiz Claudio Vieira, quien dirige el programa de entrega de títulos en el Instituto Estatal de Tierras y Cartografías.

"Hacer que estas familias pasen a ser parte de la ciudad formal es un gran beneficio para Río", declaró Vieira. "Integras la comunidad a la ciudad, incorporas miles de viviendas al mercado formal, sacas a los residentes de las sombras, les das una dirección. Esta propiedad empieza a contar en cuestiones legales y crediticias".

A menudo, la entrega de títulos conlleva también la elaboración de mapas oficiales, que les dan a los residentes direcciones reconocidas que pueden usar al solicitar empleos o abrir cuentas bancarias.

Los títulos generan un ambiente urbano más saludable y seguro, de acuerdo con Walter Borges Tavares, defensor público especializado en la tenencia de tierras que ofrece asesoría legal al organismo municipal que lidia con esos temas. A medida que las favelas se incorporan a la ciudad formal, las municipalidades pueden hacer cumplir los códigos de construcción y evitar las construcciones desenfrenadas que degradan las laderas de las montañas, desestabilizan la tierra y causan derrumbes y muertes, indicó.

La constitución brasileña garantiza el derecho a ocupar las tierras en desuso. Legalmente, luego de cinco años de uso, un residente puede exigir la propiedad. Pero en el precario sistema legal brasileño esos cinco años a menudo se convierten en 20. También hay mucha discriminación contra las favelas y sus residentes.

Una ley estatal aprobada este año permite que las tierras del estado sean donadas a las familias que las ocupan, lo que elimina muchos obstáculos burocráticos. Se calcula que el estado de Río entregará 10.000 títulos de propiedades este año y 37.000 en los próximos cuatro apelando a esa ley.

Otro mecanismo nuevo fue ideado por la Fundación sin fines de lucro Bento Rubiao, que colabora con la municipalidad en la cartografía y la entrega de 8.000 títulos en Rocinha, incluido el de Braga. La fundación prepara los formularios para pedir los títulos de unas 30.000 familias en el estado de Río, de acuerdo con su coordinador ejecutivo Ricardo Gouvea.

La fundación obtuvo hace poco una victoria legal sin precedentes al conseguir que se aprobase la entrega de títulos en forma colectiva a toda una comunidad. Casi un centenar de familias recibirán sus títulos a la vez y Gouvea dice que este mecanismo se podría usar en otras comunidades.

"En Brasil siempre se le puso trabas a los pobres y los negros para que tuviesen propiedades", comentó Gouvea. "Esto tiene un valor simbólico importante".

A medida que las favelas se incorporan a la ciudad formal, sus residentes se encuentran con algunos cambios que no les caen demasiado bien en sus comunidades.

Vidigal, una favela pegada a dos de las zonas residenciales más caras de Río, fue ocupada permanentemente por la policía en noviembre, lo que la hizo más segura. Algunos de sus residentes ya tienen títulos de propiedad y otros cientos están a la espera de los suyos. Pero muchos extranjeros e inversionistas atraídos por las vistas incomparables y por la belleza de los barrios vecinos comenzaron a comprar los lotes de Vidigal. En una comunidad donde hace seis meses los traficantes de drogas hacían negocios con armas pesadas en sus manos se está construyendo hoy un hotel boutique con una piscina en el techo.

La entrega de títulos se está produciendo a un ritmo vertiginoso, sin que se eduque a los residentes pobres ni se tomen medidas para preservar los aspectos positivos de las comunidades, según Theresa Williamson, planificadora urbana y fundadora de Comunidades Catalíticas, una organización que trabaja con las favelas.

"Estos no son meramente barrios, son comunidades y tienen que ser consideradas como tales", expresó Williamson, quien propone la creación de fondos fiduciarios comunitarios que permitan que los terrenos sigan quedando al alcance de las personas que ya viven allí.

Los alquileres se han cuadruplicado en Vidigal en los últimos cuatro años y hay un boom en la construcción en esta comunidad superdensa. Los residentes tienen que optar entre seguir viviendo entre la gente de siempre o aprovechar el mercado y vender al mejor postor.

La hija de Sabrina Rosa será la cuarta generación que vive en las calles estrechas de la comunidad. Rosa es propietaria, con título y todo, del departamento donde reside. También posee un apartamento sin título en el piso de arriba, con vista al océano Atlántico.

Si Rosa espera a conseguir el título, podrá vender a precios muy superiores a los que sus vecinos estarían en condiciones de pagar. Por más que parezca una decisión obvia, ella no está tan segura.

"Vidigal es la Santa Teresa del futuro", dijo Rosa, comparando la favela con un barrio turístico de Río. "El asunto es este: ¿Qué van a ganar los residentes con este proceso y qué van a perder? Es un cambio y no sabemos cuáles serán las consecuencias. Tenemos de buscar la forma de que todos salgan ganando".