Amro Musa, antiguo ministro de Exteriores con Hosni Mubarak y ex secretario general de la Liga Árabe, se presenta como el favorito para convertirse en el primer presidente elegido en democracia en Egipto, si es capaz de imponerse a los candidatos islamistas.

La falta de sondeos fiables y el alto número de indecisos hacen que las predicciones sean casi una temeridad en el Egipto pos revolución, por lo que otros "tapados" aspiran a dar la sorpresa, como el último primer ministro de Mubarak, el general Ahmed Shafiq.

Con las proclamas nacionalistas como bandera común, cada uno de los once candidatos que llegan a la recta final ha enfocado sus esfuerzos en llegar a su votante natural.

Frente al clásico eje izquierda-derecha, la línea divisoria entre los candidatos se ubica más bien en su alineación como islamistas o laicos, pese a que en mayor o menor medida todos han pretendido apelar al conjunto de la sociedad.

Así, Musa encabeza las filas de los aspirantes laicos, aunque tendrá que estar muy atento a los apoyos que le pueda sustraer Shafiq entre los nostálgicos del régimen mubarakista y entre los cristianos coptos, temerosos de un Egipto islamista.

Musa se ha presentado ante la población con el aval de su reputación como antiguo ministro de Exteriores y ex secretario general de la Liga Árabe, envuelto en un programa nacionalista y liberal, cuya premisa es la "seriedad".

Su propia biografía ha sido también el arma con el que más le han atacado sus rivales, con el argumento de que, al fin y al cabo, Musa representa más de lo mismo y no deja de ser un "fulul" (remanente del antiguo régimen), al igual que Shafiq.

Otros aspirantes laicos son el "naserista" Hamdin Sabahi, que en las últimas semanas se ha confirmado como la opción favorita de los jóvenes de la revolución, y el abogado izquierdista Jaled Ali.

Mientras, los islamistas, que ya controlan con holgura tres cuartas partes del Parlamento, pretenden confirmar su hegemonía política en unas elecciones en las que dos candidatos portan el estandarte del islam político moderado.

Uno de ellos, y al que las encuestas dan las mayores opciones de pasar a la segunda vuelta (que se celebrará, si es necesario, los próximos 16 y 17 de junio), es Abdelmoneim Abul Futuh, exmiembro de los Hermanos Musulmanes.

Abul Futuh, que salió de la cofradía islámica el año pasado tras postularse como presidente, ha recabado una variopinta galería de apoyos, que van desde los salafistas más radicales hasta algunos grupos revolucionarios, lo que ha sembrado la desconfianza sobre sus verdaderos planes en caso de ser elegido.

Mientras, Mohamed Mursi representará a los Hermanos Musulmanes en los comicios, un candidato con poco carisma y que ha repetido a lo largo de toda la campaña que lo importante en esta elección no es la persona, sino la institución a la que representa.

La debilidad de Mursi como aspirante, que nadie niega, se compensa con la omnipresencia de la Hermandad, que tuvo que recurrir a este ingeniero cuando su primera opción, el "número dos" del grupo, Jairat al Shater, resultó descalificado por la Comisión Electoral.

La importante criba que hizo a comienzos de abril esa comisión -ultima instancia electoral- se llevó también por delante al carismático jeque salafista Hazem Abu Ismail, descartado por la nacionalidad estadounidense de su madre y cuya popularidad despierta temores en las cancillerías occidentales y en muchos egipcios.

Otro poderoso candidato, antigua mano derecha de Mubarak y exjefe del espionaje, Omar Suleiman, fue igualmente excluido al no presentar el número de firmas requerido.

Tras las mermas sufridas en el plantel de postulantes a la jefatura del Estado, no es infrecuente escuchar a los egipcios referirse a la opción por la que se decantarán como "el menos malo" de los candidatos.

Ese desencanto ha calado también profundamente entre los protagonistas de la revolución que acabó con más de medio siglo de gobierno militar, más aún tras la retirada de la carrera presidencial del premio nobel de la Paz Mohamed el Baradei, baluarte de la minoría progresista y laica del país.

En cualquier caso, pese a la atmósfera negativa, los egipcios se encuentran a las puertas de poder elegir por primera vez en su historia al hombre que quieren que les represente, algo impensable hace solo un año y medio.

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Enrique Rubio