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Alfonso Rodríguez

Miguel Ángel Martínez Álamo es sacristán, último campanero de la Catedral de San Juan y quizá uno de los pocos en todo el mundo que se vale de sus propias manos para tocar las enormes campanas de la más emblemática de las iglesias de Puerto Rico.

Este sanjuanero de 65 años nacido en el barrio de Santurce sube todos los días la empinada escalera de caracol que lleva al viejo campanario para agitar, con sus propias manos, las tres campanas de una catedral cuya construcción original se remonta al templo erigido por los españoles en 1529.

Uva, como se le conoce a este sacristán que se confiesa profundamente religioso, tiene que moverse rápidamente de un lado a otro del campanario para hacer sonar cada mediodía, al unísono, las tres campanas de la famosa catedral ubicaba en el histórico distrito del Viejo San Juan.

"Hace años que el motor que las movía se estropeó y la cuerda con la que antes se agitaban tampoco funciona", dijo a Efe el sacristán del templo, que lleva 12 años trabajando en la Catedral de San Juan, adonde llegó tras una larga etapa como empleado del Banco Popular, la primera entidad financiera de Puerto Rico.

Martínez Álamo dice que la falta de medios ha forzado a que las campanadas de las doce durante los días de semana, y las nueve y once de la mañana los domingos, se conviertan en una curiosa ceremonia que comienza con una solemne oración.

"Funcionaba antes con una cuerda pero llevó años tocando las campanas con las manos", comentó el veterano sacristán, que recuerda que el párroco de la catedral, monseñor José Emilio Cumming, sabe cuál es la situación y cómo tiene que emplearse para que los fieles puedan oír el replicar de las viejas campanas, traídas desde España hace muchos años.

"Me gusta el trabajo que hago", aseguró Martínez Álamo, un puertorriqueño de tez morena y pelo encrespado que en nada aparenta sus 65 años de edad y cuya complexión física más recuerda a la de un deportista.

"No hago nada de deporte ni preparación especial", apuntó el sacristán, que sí muestra un enviable estado físico cuando al unísono hace replicar las grandes campanas que coronan una de las torres de la catedral.

Aseguró que jamás se hubiera imaginado que iba a terminar sus días como campanero, pero que sí podía intuir cuando era niño que terminaría sus días en una iglesia, dada la gran religiosidad de sus progenitores.

Que su padre perteneciera a la congregación del Santo Nombre de Jesús y que su madre fuera una mujer de profundas creencias religiosas también influyó en que muchos años después se convirtiera en el sacristán de la Catedral de San Juan.

"Tampoco se puede olvidar que mi abuelo fue sacristán de la Iglesia del Espíritu Santo de San Juan", recordó.

Martínez Álamo, que no se queja por tener que agitar con sus manos las campanas, lamenta la falta de fondos que sufre la catedral, que se mantiene prácticamente de forma exclusiva con las donaciones de los fieles católicos.

Además de la peculiar forma en cómo tiene que tocar las campanas, el sacristán de la capital puertorriqueña dedica gran parte de su tiempo a labores de mantenimiento y conservación del templo, al que pesan sus cinco siglos de historia.

La Catedral de San Juan, sede de la Arquidiócesis de la capital, está situada en uno de las partes más emblemáticas del casco histórico del Viejo San Juan.

El templo ha sufrido durante sus cinco siglos de historia las consecuencias de la falta de fondos, ataques piratas, holandeses e ingleses, y de los problemas derivados de la burocracia isleña.

La catedral alberga los restos del explorador Juan Ponce de León y algunas reliquias, como los ornamentos y vestiduras usadas por el Papa Juan Pablo II en su visita a Puerto Rico en 1984. EFE

arm/cs