En los años 90 fueron sus trajes de chaqueta; el año pasado, sus gomas para el pelo, y esta semana, su renuncia al maquillaje. Para Hillary Clinton, la comodidad va antes que la imagen, una idea que, para sorpresa de muchos, puede impulsar su boyante popularidad.

Cuando aterrizó en Bangladesh el sábado, en la primera visita al país de un responsable estadounidense en más de quince años, la secretaria de Estado norteamericana protagonizó más fotografías que titulares.

Clinton llevaba el pelo suelto, gruesas gafas de pasta y apenas un toque de color en los labios, en una imagen que dejaba al descubierto sus arrugas y que le ha valido desde comparaciones con la apariencia de una "colegiala" a artículos sobre el "visible cansancio" que le provocó su gira asiática.

Pero lejos de sentirse avergonzada, la jefa de la diplomacia estadounidense asegura estar a gusto con mantener su imagen en un segundo plano, e incluso feliz de haber dejado atrás una etapa, la de primera dama, en la que se veía en la obligación de someterse al escrutinio -y los dictados- de los expertos en moda.

"Me siento muy aliviada de estar en esta etapa de mi vida ahora mismo", dijo Clinton en una entrevista con la cadena CNN esta semana.

"Si quiero llevar mis gafas, las llevo. Si quiero peinarme el pelo hacia atrás, me lo pongo hacia atrás. Hasta cierto punto, es algo que realmente no merece tanto tiempo y atención. Y si otros quieren preocuparse por ello, les dejo que se preocupen ellos, para variar", añadió la secretaria de Estado entre risas.

Aunque la mujer de Bill Clinton nunca se ha distinguido por la obsesión por la imagen, sí hubo un tiempo, durante las elecciones primarias en 2008, en el que trató de refinarla para distanciarse del estilo poco femenino e incluso "kitsch" que proyectó durante su etapa como primera dama.

Durante una entrevista con la revista US Weekly en febrero de 2008, Hillary se rió de la falda de tubo y el sombrero de copa que lució durante la investidura de su marido como presidente en 1993, y reconoció que los trajes de chaqueta y las diademas que popularizó entonces no eran necesariamente los complementos más acertados.

Igual que ocurrió entonces, el sentido del humor, unido a la franqueza respecto a sus gustos, parece estar sirviéndole ahora para impulsar su popularidad, que se reafirma encuesta tras encuesta e inspira todo tipo de especulaciones sobre su posible futuro como vicepresidenta o incluso presidenta de Estados Unidos.

Un ejemplo del efecto del renovado estilo desenfadado de Hillary estuvo en su reciente participación en el blog "Texts from Hillary", que durante su corto recorrido en la web imaginaba los mensajes de texto que la titular de Exteriores envía a políticos e incluso actores.

"Me muero de risa con vuestro blog. Tengo que irme, es hora de ponerme un coletero. Hilz", escribió Clinton en un mensaje imaginario a los creadores de la web en marzo.

Un artículo de la revista "Elle" en abril examinaba precisamente la afición de la secretaria de Estado a lucir enormes gomas para domar su largo cabello en los días más ajetreados de trabajo o tras bajar de un avión, una costumbre que, según la publicación, cuenta con la desaprobación de sus propios asesores.

Pero para otros medios, como el Washington Post, la despreocupación de Clinton por su imagen, y su clara conciencia de que trabaja para la diplomacia y no para los flashes, le confiere una "imagen refrescante para la política".

Y es que, frente al caso de las republicanas Sarah Palin o Michelle Bachmann, cuyos conjuntos se analizan tanto como sus discursos, Clinton parece haberse armado de diademas de terciopelo, "coleteros" de raso y gafas de todo tipo para dejar claro que, al menos en su caso, la diplomacia no es la imagen.