Montserrat Caballé, recién cumplidos los 79 años, sigue en activo, "para sorpresa de muchos", y canta porque le gusta, la contratan y llena las salas "de cualquier hemisferio".

Caballé presentó hoy el primer recitar que dará en ocho años en Madrid, el próximo 9 de junio, donde actuará con su hija, algo que hace con frecuencia desde que Montserrat Martí debutara en 1998.

Canta con su hija muy agusto porque, explica, siendo de la misma tesitura tienen también los decibelios al mismo nivel, "el 10", y les va "muy bien".

"Mucha gente me ha preguntado '¿cuántos años hace que dejó la carrera?' y yo contesto, 'mire usted, de vez en cuando me sale un bolo'", bromeó con la prensa Caballé, recién llegada de Siberia y con un agenda llena de contratos hasta 2016.

Ya no cantar, asume, la Violeta de "La traviata", uno de los 182 personajes que ha interpretado en 50 años de carrera, porque no tiene la voz de antes y "lo haría mal": "una cosa que no puedes hacer bien no debes hacerla. La he cantado y ya no importa nada más".

Ella no forma parte de ese "enjambre maravilloso de estrellas irrepetibles" que llevaban el nombre de Renata Tebaldi, Maria Callas o Joan Sutherland, sino del de Renata Scotto o Mirella Freni, una media de diez años más jóvenes que aquellas, un plantel "bueno", apuntó modesta, pero no con aquel sello genial.

Ahora dice que hay "nivel" y destaca a Anna Netrebko, a su propia hija y a Ainhoa Arteta, que "es muy buena y en España no se le da la importancia que tiene, algo que siempre pasa", ha lamentado.

Decir de ella que es "una diva" le parece "absurdo e idiota", y para "tocar con los pies en el suelo" recordó que en las clases magistrales que da a alumnos de canto les dice que la respiración diafragmática sale "del mismo sitio" que se pone en movimiento "cuando se va al baño o uno se va a la cama con alguien".

Su repertorio, detalla, abarca 42 óperas, 7 oratorios y 5.000 lieder, de los que suele nutrir sus conciertos por todo el mundo, aunque donde es una auténtica heroína es en Japón, país en el que los espectadores se tiran al escenario en medio de la actuación y le besa el vestido.

"Lo nunca visto", se ríe la soprano, que se asombra también de que en ese país cada vez que actúa la siguen anunciando con el cartel de Barcelona 92, donde cantó con Freddy Mercury.

Vive para "ser fiel" al compositor en cada pieza que canta porque, asegura, lo peor para un cantante es salir a un escenario y convertirse uno mismo "en autor", es decir, cambiar lo escrito "para el propio lucimiento".

Hay quien justifica la dictadura de los directores de escena, dice, argumentando que ahora se hace "la ópera del siglo XXI y el XXII, como si lo viejo fuera cochambroso. Pues yo soy cochambrosa", ha reivindicado bromeando.

Su hija afirma que trabaja con ella "muy a gusto" porque es una "excelente compañera" y se emociona al verla en el escenario: "es muy bonito y mientras ella quiera...", añadió.

Concha Barrigós.

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