Hace un año exactamente, no hubiera parecido posible que Francois Hollande fuera el próximo presidente de Francia, incluso para algunos de sus aliados políticos.

Hollande había permanecido mucho tiempo al margen de los asuntos nacionales de Francia. Sus amigos y colaboradores lo consideraban como un líder carente de arraigo, comparable al capitán de una lancha de pedales para sugerir que no tenía futuro político.

Hollande dirigió el partido Socialista durante 11 años, durante los cuales hubo divisiones internas y dos derrotas presidenciales consecutivas.

Este panorama persistió hasta antes del "caso DSK", el escándalo en Nueva York por agresión sexual que afectó a Dominique Strauss-Khan, el hombre con el que contaban los socialistas de Francia para que fuera su abanderado en la liza electoral frente al mandatario Nicolas Sarkozy.

Ahora, Hollande está obligado a mostrar a Francia y al mundo que tiene la capacidad para ser jefe de estado, no sólo que no es Sarkozy.

Holande, de 57 años, ganó la presidencia en una campaña — lenta pero constante — que reflejó su personalidad. Igual que la tortuga en la fábula de Esopo, Hollande rebasó a la liebre veloz y ganó la carrera sin nunca encender las pasiones.

Tras una actuación firme en su único debate con Sarkozy — de verbo hábil y severo — Hollande pareció listo para asumir su nuevo papel de jefe de estado.

"El cambio... comienza ahora", señaló en su discurso de victoria.

Ál término de una campaña implacable y cinco años de gobierno de Sarkozy — que a menudo suscitaba división_, Hollande se comprometió a ser el "presidente de todos" y no sólo de los que votaran por él.

Hollande anunció que reducirá el déficit fiscal y preservará el modelo socialista francés, y señaló que sus dos principales compromisos son con la juventud y la justicia.

Afable, de voz suave y ocurrente, el presidente electo se había construido una reputación de administrador y constructor de consensos y no de visionario.

Nunca había ocupado un cargo de alto rango en el gobierno a pesar de una carrera de 3 años en la política francesa.

La seriedad de sus pretensiones presidenciales se vieron elevadas con una maquillada a su imagen durante la campaña: adelgazó y cambió a trajes y lentes más elegantes.