Casi nada se mueve en el frío de la madrugada, cuando la niebla invernal se cierne sobre la antigua ciudad y la única luz proviene de lejanos postes eléctricos. Reina la calma en el estacionamiento, salvo la ocasional tos de un enfermo.

Toma tiempo notar que hay cerca de 100 personas en el lugar, una plaza de tierra en las afueras del distrito de vendedores de algodón de la capital india. Todos duermen en amontonados catres de madera hechos a mano. Decenas de personas más duermen alrededor de una maltrecha y vacía fuente cercana.

En pocas horas, los trabajadores retirarán los catres y el Estacionamiento Número 2 del Bazar Mena se llenará de vehículos. Para las 9 de la mañana, la comunidad habrá desaparecido, cargando con sus escasas pertenencias en bolsas de plástico hasta que caiga la noche, cuando el terreno se convierta una vez más en un motel al aire libre.

Este es su hogar. Algunos pasan una sola noche. Otros se quedan por décadas, criando niños que a cambio cuidan a sus hijos propios.

Para miles de personas que batallan en el fondo de la clase trabajadora de la India, este sombrío panorama y el puñado de sitios similares dispersos por toda Nueva Delhi son refugios de 60 centavos por noche.

Diariamente, miles de nuevos habitantes llegan en esta pujante ciudad, parte de una ola de urbanización a nivel nacional que lleva a decenas de millones de inmigrantes provenientes de los estados más pobres del país. En Nueva Delhi, la mayoría de los recién llegados se establece en los extensos barrios pobres de la ciudad, o en los laberintos de barrios despedazados de concreto en los que las rentas son bajas.

Pero muchos llegan aquí. Incluso la renta de una pequeña casucha puede llegar hasta 75 dólares mensuales en Nueva Delhi, una cantidad que a muchos pobres le tomaría semanas ganar. Pocos de ellos tienen un empleo fijo, o ganan más de 4 dólares al día.

Eso sin contar los documentos de identificación que la policía exige durante los recorridos regulares por los barrios pobres. Cualquiera que no cuente con la documentación en regla, ya sea un inmigrante no autorizado proveniente de Bangladesh o un indio con documentos ilegibles, debe pagar sobornos.

La policía rara vez se toma la molestia de ingresar al estacionamiento, un lugar tan abandonado que generalmente opera fuera del radar legal.

Las personas que duermen en el estacionamiento son trabajadores diurnos, pedigüeños profesionales y vendedores ambulantes que venden joyería de fantasía en maletas de vinilo. Son soñadores rurales que buscan una mejor vida, inmigrantes sin autorización legal que llegaron de Bangladesh y chicos pueblerinos que huyeron de casa tras enamorarse de las chicas incorrectas. Hay musulmanes devotos y hombres de bien que en algún punto cayeron en la adicción al opio.

Si bien la mayoría de los residentes son hombres, también hay bebés y adultos mayores, y una camada de cachorros acurrucada en la cobija de un hombre. Todos ellos se calientan al quemar pilas de basura, y el hedor a plástico quemado penetra su vestimenta.

"Necesito de este lugar", dijo Satpal Singh, un mesero de 24 años que gana 3 dólares diarios durante la tumultuosa temporada de bodas en la ciudad. "¿Dónde voy a encontrar una casa en esta ciudad?"

Hijo de un aparcero, Singh llegó a Nueva Delhi hace 10 años tras no poder conseguir empleo en su aldea natal, en una zona devastada por la pobreza aproximadamente a 160 kilómetros (100 millas) de la capital del país. Al igual que la mayoría de los residentes, pasa parte del año en Nueva Delhi, trabajando donde se pueda, y regresa a la villa cuando el trabajo escasea.

Un estudio realizado en 2010 por el Instituto Global McKinsey calculó que la India enfrentaba en ese entonces un desabasto de 25 millones de hogares en zonas urbanas, una cifra que podría dispararse a 38 millones para el 2030. Se estima que más de 8 millones de personas — o cerca de la mitad de los 16,7 millones de habitantes de Nueva Delhi — vive en barrios pobres.

"No existe un mecanismo para alojar a la gente que llega", dijo en entrevista Ajit Mohan, uno de los autores del reporte. "Uno debería tener un plan para algo como esto a cinco, 10 o 15 años, y eso no sucede".

Los funcionarios del gobierno, agregó, "no han adoptado la vivienda asequible como algo que deben proporcionar".

Por lo que lugares como el campamento del Bazar Meena han surgido para cubrir la demanda.

Eventualmente, quienes tengan suerte hallarán un mejor lugar para vivir. Pero sin importar cuánta gente se vaya, siempre habrá más listos para llegar.