Con la certeza de que un cáncer avanzado le quitará la vida en pocos meses, la mexicana Norma Ramírez regresó el lunes a su país luego de vivir ocho años como indocumentada en Estados Unidos.

La mujer, de 33 años, cuya enfermedad fue diagnosticada en enero cuando afrontaba una orden de deportación que fue frenada en marzo gracias a la intervención del consulado de México en Carolina del Norte, tomó la decisión de repatriarse luego de conocer que estaba desahuciada.

"Cuando la intérprete del hospital me explicó lo que había dicho el doctor, que me quedaban sólo cuatro meses de vida, decidí que no podía quedarme más aquí, porque mis niños tendrían que irse solos a México si me pasaba algo", dijo Ramírez, madre de dos niños estadounidenses de 4 y 5 años.

Ramírez señaló que también pensó en sus otras cuatro hijas mexicanas a las que dejó al cuidado de su madre hace ocho años, cuando emigró sin la documentación requerida a Estados Unidos con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de su familia en La Barra, estado de Guerrero.

"Quería que mis hijas me vean bien y no tirada en una cama, así que le hablé al consulado y les dije que me ayudaran a regresar", contó la mujer.

Para entonces, el consulado general de México con sede en Raleigh ya había ofrecido el traslado gratuito de la mujer y de sus dos hijos pequeños a Guerrero, además de los arreglos necesarios para que la mexicana continuara con su tratamiento médico en Acapulco, según confirmó la cónsul adscrita Selene Barceló.

Mediante su Programa de Asistencia Legal (PALE), el consulado encargó también a una abogada que intentara frenar la deportación de Ramírez, lo cual finalmente se consiguió gracias a una solicitud ante las autoridades de Inmigración.

De acuerdo con una orden del juez de Inmigración de Charlotte, Barry J. Pettinato, Ramírez debía abandonar el país a más tardar de 9 de marzo, tras ser arrestada el 4 de agosto en Raleigh porque cuando fue sorprendida manejando con una licencia vencida. Además, tenía una orden de captura por no haber pagado una multa por exceso de velocidad que le impusieron a mediados del 2009 en Greensboro, condado de Guilford.

"Antes que se cumpliera la fecha en que ella tenía que ser deportaba, nosotros ya habíamos contactado a la Secretaría de Relaciones Exteriores, la Secretaría de Salud y el gobierno del estado de Guerrero para poder encontrar un hospital que pudiera darle la atención que ella requería", aseguró la cónsul Barceló.

La funcionaria detalló que Ramírez y sus hijos viajaron acompañados de dos funcionarias consulares y que al llegar a Acapulco ella sería esperada por un médico y un vehículo de la secretaría de Salud del estado, para ser transportada al Hospital General de Ometepec donde sería evaluada antes de ser transferida al Instituto de Cancerología de Acapulco, cerca de La Barra.

El tratamiento médico, los servicios y medicamentos, serán cubiertos ciento por ciento por el Seguro Popular, afirmó Barceló.

Pero el desenlace de la historia de Ramírez quizás no habría sido el mismo si su caso no hubiera salido a la luz a mediados de febrero a través del periódico en español Qué Pasa, al que ella acudió a pedir ayuda, desesperada por su situación.

En aquel momento, Ramírez estaba en un atolladero: requería tratamiento médico pero estaba obligada a irse del país, de lo contrario sería capturada y deportada. Además, sus hijos tendrían que quedarse solos pues, sin la firma de su padre, de quien ella se separó hace cinco años, no podían obtener sus pasaportes estadounidenses ni la ciudadanía mexicana para ser entregados en México a su familia como era su deseo.

El caso provocó una cadena de solidaridad en la que participaron abogados, iglesias, el consulado de México y otras organizaciones, además de decenas de personas anónimas de la comunidad latina que la visitaron y llamaron para ofrecerle apoyo.

"Quiero darle las gracias a todas las personas que sin conocerme me ayudaron económica y moralmente", expresó Ramírez, en la víspera de su viaje, feliz por la posibilidad de reencontrarse con su familia en México antes de morir.

"Cuando estuve en el hospital llegó a verme tantísima gente que ni conocía. Llegaron personas de Greensboro, de Chapel Hill, de Durham... hasta me han llamado de otros estados y de mi pueblo que se enteraron por las noticias de que yo andaba enferma", contó.

Entre los muchos "ángeles", como ella llama a las personas que acudieron en su ayuda, Ramírez agradeció especialmente a su amiga Oneida Cristóbal, una antigua compañera de trabajo a la que no veía en meses, y a Sotero Ríos, un amigo de su juventud con quien se reencontró en Raleigh a raíz de su enfermedad y que se ha convertido en un compañero sentimental inseparable.

"He tenido muchos ángeles, una de ellas es mi amiga Oneida que desde el primer día que me hospitalizaron estuvo conmigo y no se separó de mi lado", agregó. "Yo no la conocía mucho, habíamos trabajado juntas en una fábrica, pero nunca pensé que ella sería mi apoyo en estos momentos".

Fue Cristóbal quien la acompañó durante el día en el hospital WakeMed de Raleigh donde pasó varias semanas internada y la que se encargó de colocar cajitas en las tiendas hispanas de la ciudad para reunir dinero para su sustento, mientras que Ríos la acompañó todas las noches y se convirtió en su apoderado legal. Incluso, él ha decidido seguirla a México el próximo mes, según contó a The Associated Press.

En México, Ramírez se reencontrará con sus padres y con sus cuatro hijas de 16, 15, 14 y 10 años respectivamente, además de su nieta recién nacida, hija de la mayor.

"Este caso es un reflejo de los muchos que no salen a la luz y que estamos viendo permanentemente", destacó Barceló. "El consulado va más allá de las tareas consulares y es muy gratificante poder estar al lado de personas que como esta señora no tienen a nadie aquí".