El autobús de los reporteros hizo el jueves una viraje equivocado. Y de pronto, todo cambió en el escaparate oficial del orgullo norcoreano.

Remolinos de polvo color marrón recorrían calles llenas de baches. Había edificios de apartamentos de concreto que se desmoronan en las orillas. Ancianos recorrían penosamente la acera, algunos con mochilas hechas a mano con bolsas de lona. Dos hombres en sillas de ruedas esperaban en una parada de autobús. Había tiendas sin luces y las calles laterales estaban tan dañadas que tenían más polvo que pavimento.

"Tal vez es un camino equivocado", masculló uno de los guardaespaldas norcoreanos, funcionarios bien vestidos que controlan a los reporteros en recorridos meticulosamente escenificados que inevitablemente se centran en el orgullo por las tres generaciones de la familia Kim que han gobernado este país desde 1948.

Y mientras las cámaras comenzaban a tomar fotos, los conductores de los tres autobuses rápidamente dieron marcha atrás y se dirigieron al destino previsto: un edificio impecable, casi blanco, profusamente decorado con mármol y prácticamente vacío, que guarda grabaciones musicales.

Es el Centro de Información Musical Hana, dijo una guía a los reporteros. Ahí el líder norcoreano Kim Jong Il, hizo una de sus últimas apariciones públicas antes de fallecer en diciembre.

"Espero que los periodistas aquí presentes reporten sólo la absoluta verdad", dijo Ri Jinju, mientras su voz temblaba de emoción. "La verdad sobre cuánto nuestro pueblo extraña a nuestro camarada Kim Jong Il y la fortaleza de la unidad entre el pueblo y el liderazgo, que vigorosamente ejecuta las instrucciones de los líderes para construir una gran, próspera y poderosa nación".

En Corea del Norte es difícil saber qué es real. Pero tampoco se puede buscar.

Cualquiera que abandone el recorrido para la prensa o se aleje de los pocos hoteles donde se permite la presencia de extranjeros puede ser detenido por la policía y hasta expulsado.

Pero incluso en un entorno tan controlado, la realidad se hace valer.

¿Es realidad el grupo de edificios altos que alcanzan a ver los extranjeros desde el hotel, donde las luces en largas calles son encendidas cuando se mete el sol, iluminando cuadras enteras como una titánica decoración navideña? ¿O lo son los vastos terrenos de Pyongyang, por mucho la ciudad más desarrollada en la empobrecida Corea del Norte, que entran en penumbra al caer la noche?

La mayoría de los visitantes en Pyongyang nunca encuentran un bache, tráfico o basura más grande que una colilla de cigarro. Tampoco se ve gente discapacitada o grafiti. Los estudiantes no parpadean mientras decenas de reporteros entran al salón de clases y el profesor continúa su lectura sin pausa.

Si conversan, las charlas se enfocan en los Kim y repiten sin pausa la hipérbola de rutina: "Entre más tiempo pasa, más extrañamos a nuestro líder Leader Kim Jong Il", dice Ri, la guía.

Pero detrás de esta fachada robótica, los norcoreanos quieren lo mismo que todos los demás; al menos eso dicen los desertores.

Aunque las autoridades todavía esconden los vecindarios en ruinas, tal vez el régimen se esté abriendo. Otros años, los guardias hubieran ordenado a los reporteros guardar sus cámaras si veían algo que no reflejara bien al país. Otras veces cerraban las cortinas de los autobuses.

Pero el jueves, los cuidadores no dijeron nada cuando salieron las cámaras. Los periodistas observaron y afuera del autobús, los norcoreanos que nunca esperaron ser vistos, también miraron.