Durante varios meses, la madre de Cecilia Damau se rehusó a hablar de la intención que tenía su hija de viajar a Cuba por la visita del papa Benedicto XVI, pero cuatro días antes de la partida le hizo una petición: "Me encantaría ver fotografías de la casa de mi infancia".

La progenitora de Damau salió de Cuba en 1959 cuando era una niña, días después de que Fidel Castro y sus revolucionarios entraron victoriosos en La Habana. La familia jamás regresó. Rehizo su vida en Miami y Damau creció entre escasos relatos de su madre sobre la isla, pero añoraba conocerla.

Esta semana, la dietista pediatra, de 29 años de edad, es una de las más de 300 personas — en su mayoría estadounidenses de ascendencia cubana — que viajaron a Cuba en una peregrinación encabezada por el obispo católico de Miami.

Al igual que muchos de sus compañeros de viaje, Damau llegó en busca de una experiencia espiritual, pero también cumplía una jornada personal: Encontrar la casa de sus ancestros y un vínculo con las raíces de la familia.

Acompañada por su padre que estaba nervioso, la también exiliada cubana Damau se puso en camino para conocer el viejo vecindario de sus progenitores en el exclusivo vecindario de Miramar.

"Aquí es", les anunció el taxista Juan Bettancourt mientras se estacionaba en una calle sombreada con un puñado de elegantes mansiones de estilo español. Un grupo de jóvenes conversaba afuera de la casa, junto a un gran casa de campo de color arena.

El abuelo de Damau era secretario del Tesoro en el gobierno de Fulgencio Batista, el hombre fuerte cubano que fue depuesto por los guerrilleros de Castro y en consecuencia esperaba ver una casa magnífica, pero la casa ha pasado por malos momentos desde que su familia se marchó.

"Parece que podría derrumbarse en cualquier momento", comentó Damau. "Pero me los puedo imaginar viviendo allí, mi abuela en las escaleras. La vida que alguna vez tuvieron. Esto es muy surrealista".

El emotivo recorrido de Damau era similar a los vividos por otros cubano-estadounidenses al paso de los años, sobre todo desde que el presidente Barack Obama levantó los límites al número de visitas que las personas con parientes en la isla pueden hacer. El turismo de los estadounidenses sigue prohibido.

El ahora ocupante de la casa, Umberto Lopes, de 41 años, llegó al lugar y Damau le dijo el motivo de la visita. Lopes aceptó mostrarles la casa, pero con evidente ansiedad, por la inesperada visita.

La mayoría de los exiliados han renunciado al sueño de que el gobierno los indemnice por sus propiedades confiscadas tras la revolución, aunque para los ocupantes de esos inmuebles persiste el riesgo de que las reclamen los dueños originales.

De regreso en el taxi, Damau se preguntaba lo que haría su madre con las fotografías que tomó. "No sé si ver su casa de esa manera le provocará alegría o tristeza", dijo.

Pero al pasar un día en Cuba, la perspectiva de Damau cambió.

"Me gustaría saber de su experiencia", expresó sobre los cubanos que permanecieron en la isla y sobre quienes emigraron en tiempos más recientes. "Y me gustaría acercar más, de ser posible, nuestros dos mundos".