Mientras que el Museo Guggenheim de Berlín se apresta a cerrar por falta de patrocinio, el de Bilbao sigue adelante contra viento y marea, y cumple su 15to aniversario ofreciéndose como modelo de desarrollo urbano a partir de la promoción del turismo.

El Museo Guggenheim de Bilbao registró casi un millón de visitantes anuales en el 2011 y mantuvo un promedio vigente desde su inauguración en octubre de 1997. Esa cifra es altísima si se compara con la del Guggenheim de Berlín, inaugurado en el mismo año y que en total atrajo 2 millones de personas desde su apertura. El museo de Berlín anunció su cierre definitivo a fines de año.

El contraste es notable si se toma en cuenta que España atraviesa por una feroz crisis económica y Alemania, por el contrario, tiene un crecimiento sostenido.

El director del museo bilbaíno, Juan Ignacio Vidarte, explica que "dos tercios de visitas proceden del extranjero, lo que nos hace estar más protegidos en tiempos (de crisis) como los de ahora. Además, no hemos reducido programación y disponemos de una importante aportación privada".

El museo, eje central de un ambicioso proyecto para transformar la ciudad, ha resistido la crisis económica europea, pero no sin sacrificios.

Como resultado del deterioro económico del país, "los trabajadores del museo se han congelado sus salarios y se va a reducir el presupuesto para compra de obras de arte", que ronda los seis millones por año y cuya adquisición se basa en criterios sugeridos por la Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York, señala Vidarte.

Bilbao decidió apostar al turismo y los servicios al desmoronarse hace dos décadas la industria siderúrgica de la que vivía la ciudad. El desempleo rondaba el 25% y la idea de asignar fondos a un museo que requería una fuerte inversión no fue muy popular.

En total, el gobierno vasco y la Diputación de Bizkaia (gobierno de la provincia vasca que incluye a Bilbao) desembolsaron 133 millones de euros para construir el centro, de los cuales alrededor de 20 fueron para la Fundación estadounidense de arte moderno.

La inversión, no obstante, fue amortizada en apenas tres años a través de los impuestos generados por las actividades nacidas al calor del museo, como hostelería, comercio y transportes.

El Museo, cuya entrada normal cuesta 11 euros, dispone de un presupuesto anual que ronda los 25 millones de euros, con un porcentaje de aportaciones privadas y públicas que se sitúa en 70-30%.

Sus directivos dicen que es el museo con mayor porcentaje de autoabastecimiento de toda Europa. El Museo del Prado, el más importante y más visitado en España, con casi tres millones de asistentes en 2011, ronda en la actualidad un porcentaje de autofinanciación cercano al 50%, según sus administradores.

El museo de Bilbao pasó a ser un símbolo de la revitalización de la ciudad. Es al principal punto de referencia de un proyecto que decidió promover el turismo a partir de una arquitectura que le da a Bilbao un sello distintivo. Es así que diseños de Arata Isozaki, César Pelli, Phillipe Starck, Rafael Moneo, Álvaro Siza y próximamente Richard Rogers y Zaha Hadid están dándole una nueva fisonomía al centro de la ciudad.

La estrategia funcionó y Bilbao recibió 726.000 visitantes en el 2011, comparado con los 200.000 de 1998, de acuerdo con el vicealcalde Ibon Areso.

La pinacoteca incluye obras de Richard Serra, Willem de Kooning, Jeff Koons, Mark Rothko, Andy Warhol, Jenny Holzer y el vasco Eduardo Chillida, entre otros. Para este año hay programada una exposición estelar del británico David Hockney y una serie de actos eventos relacionados con teatro, danza y gastronomía.

Hay quienes dicen que el museo es un mero contenedor con más vocación comercial que artística y resaltan que una de las muestras con más visitantes fue una dedicada a repasar la evolución en el diseño de la motocicleta.

"No somos una institución creada para las élites", responde Vidarte.

Las exhibiciones, por otro lado, no son el principal atractivo del museo. Como esperaban los promotores de la iniciativa, el edificio diseñado por Frank Gehry es el que ejerce el magnetismo que atrae a los visitantes.

"La verdad es que asocio el Museo con el edificio. Mi hotel está en San Sebastián y sólo he venido a Bilbao a ver el Guggenheim", dice Florian Hammer, berlinés de 31 años. "No sabía qué exposiciones había; el diseño es la principal razón para venir. Pero creo que el desarrollo de Bilbao ha sido muy interesante", acota otro visitante alemán, Hans-Albert Treff, de 71 años.

Junto con el museo florecieron en la última década empresas relacionadas con la hostelería y los servicios personales. El desempleo disminuyó a la mitad y es del 12% al 14%, según el Instituto Vasco de Estadísticas. El museo calcula que su actividad ha contribuido al mantenimiento de 6.000 empleos en el último año y que su impacto económico en el PIB vasco a lo largo de estos 15 años ha sobrepasado los 2.500 millones de euros.

"Bilbao no inventó nada. Todos sabíamos que el futuro pasaba por las actividades de carácter terciario", expresó el vicealcalde Areso. "Glasgow y Pittsburgh también han recorrido el mismo camino. Aquí se corrió el riesgo de desarrollar el museo, porque no podíamos seguir así".

"Al museo le debemos muchísimo", añadió. "Es un milagro que esté aquí, porque la Fundación Solomon R. Guggenheim no tenía en mente a Bilbao. También ha habido un componente de fortuna, porque los resultados han superado todas nuestras expectativas. La clave es que el Guggenheim era un elemento muy importante (del proyecto de desarrollo de la ciudad), pero no el único".

"Se hizo un estudio de viabilidad y para garantizar el retorno de la inversión, se nos comunicó que el Museo necesitaría 450.000 visitantes anuales. Se nos pusieron los pelos de punta, porque la principal pinacoteca de la ciudad (Museo de Bellas Artes) recibía unos 60.000", explicó el funcionario. "Pero la situación era tan mala en la ciudad que se decidió asumir el riesgo. La clave fue cambiar el registro mental y entender que la cultura no era un gasto, sino una inversión para generar riqueza y empleos".

El museo pasó a ser el principal referente de un proyecto arquitectónico que buscó promover el turismo.

"Bilbao tenía que buscar su nicho de mercado en el turismo. Y eso pasaba por un turismo eminentemente urbano, favorecido por la organización de congresos profesionales. Para atraer ese sector de turistas, la arquitectura es un factor estratégico, porque entendemos que es de interés general. Por eso buscamos trabajar con el 'star system' mundial de los arquitectos", dijo Areso.

El museo, por otro lado, "contribuyó a aumentar la autoestima de los bilbaínos", afirmó Areso. "Cuando se oía hablar del País Vasco, era por cuestiones negativas, como la violencia de ETA. Bilbao era una sociedad derrotada. El éxito de la pinacoteca fue como decir: 'el Guggenheim ha venido aquí, usted también puede venir'''.

Hay quienes piensan que el aumento del turismo no resuelve todos los problemas.

"El Museo no nos ha rescatado de nada. El turismo aporta tan sólo un 5,2% del Producto Interior Bruto del País Vasco", afirmó la profesora Arantxa Rodríguez, de la Universidad del País Vasco. "La estructura productiva de la ciudad sigue siendo la misma y ya se ha puesto fin a la dinámica de financiar el urbanismo espectacular a costa de la venta de suelos públicos".

Las autoridades municipales confían en que la industria de la creatividad y la tecnología (tecnología a pequeña escala, arte, internet, diseño, videojuegos, moda) se complemente con la ya existente. "Bilbao no es una isla y está afectada por la crisis, como otras ciudades. Los proyectos que tenemos en marcha se ralentizarán, pero no se detendrán", recalcó el vicealcalde Areso.

Otros enclaves del norte de España, como Santiago de Compostela, con su Cidade da Cultura, y Avilés, con el Centro Niemeyer, han intentado emular el caso vasco, pero con escaso éxito. En Galicia, el ejecutivo autonómico ha invertido 400 millones de euros sin que el proyecto disponga de una definición y unos contenidos estables. En Asturias, el edificio diseñado por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer cerró en diciembre, apenas nueve meses después de su apertura, por desavenencias políticas. El centro ha abierto otra vez sus puertas, aunque sin el nombre de su creador y bajo la dirección del Gobierno del Principado, enfrentado a la Fundación Niemeyer que regía la instalación.