Desde que unos exploradores marinos se toparon con estas islas deshabitadas en el siglo XVI, la gente ha estado discutiendo a quién le pertenecen.

Los primeros años fueron complejos y reflejaron una era caracterizada por las pujas por sumar colonias y hacer crecer imperios. El remoto archipiélago fue detectado, nombrado o reivindicado por marinos portugueses, holandeses, franceses, británicos, españoles y estadounidenses durante tres siglos, antes de que Argentina se independizase de la corona española en 1816.

Para los argentinos y los residentes de las islas las palabras "colonialismo" y "autodeterminación" no son abstracciones. Son conceptos que los ayudan a definirse como pueblos. Por eso, a medida que se acerca el 30 aniversario de la invasión argentina y la sangrienta guerra con Gran Bretaña, muchos isleños creen que la disputa no acabará nunca.

Algunos de ellos están comenzando a pensar a una tercera alternativa. Si bien todos coinciden en que son ellos los que deben decidir su futuro y la mayoría parece contenta con su status como Territorio Ultramarino Británico con gobierno propio, hay quienes dicen que el conflicto con Argentina solo se resolverá si se elimina el factor del colonialismo y se encaminan hacia una independencia total.

"Creo que nos corresponde anunciar, por más que nunca se haga realidad, nuestro objetivo de independencia. Cambia toda la discusión. Implica que estamos creando nuestra propia nación, que es algo que se entiende mucho mejor en el mundo postcolonial", declaró John Fowler, quien vive en las islas desde que vino con un contrato como maestro en 1971.

Muchos isleños hablan del archipiélago como si fuese un "país", por no decir una nación, pero quienes piensan como Fowler son una minoría.

"Tenemos nuestra propia identidad y somos isleños antes que nada, británicos en segundo lugar", comentó Stephen Luxton, director de recursos minerales del Gobierno de las Falklands, como le llaman aquí a las islas. "Todo el mundo está satisfecho con nuestro status como Territorio Ultramarino Británico. No somos una población oprimida".

La identidad argentina también está vinculada con su reclamo histórico sobre las islas y con su defensa contra las fuerzas militares británicas.

Las Malvinas — nombre derivado del que le dio el francés que las colonizó primero, "Iles Malouines" — son controladas por los británicos desde 1833, en que se afincaron definitivamente, pocos años después de un par de fallidos intentos por capturar Buenos Aires para presionar a los españoles.

Los recuerdos de los soldados británicos en la capital estaban todavía vivos cuando Argentina pasó a ser una nación y desde entonces los argentinos siempre consideraron las islas como una provincia perdida, un vestigio de una potencia colonial del que los británicos se apoderaron tras expulsar a los pobladores que había allí.

Los registros genealógicos de Stanley, la capital de las islas, cuentan una historia diferente.

Señalan que en las islas no había casi nadie antes de la llegada de los británicos. Apenas un asentamiento modesto en estas islas sin árboles, barridas por el viento. Los isleños expulsados fueron ocho trabajadores encabezados por el gaucho Antonio Rivero, quienes habían sido arrestados por los asesinatos de ocho empleados del gobernador de la isla en una disputa laboral. Se les pagaba con vales que no valían nada fuera de la colonia y querían una divisa verdadera para poder comprar cosas a los barcos de paso.

Un relato del colono Thomas Helsby describe a Rivero y a los otros gauchos e indígenas como "asesinos", que resultaron capturados en 1834. Estos eventos fueron relatados también por el naturalista Charles Darwin y su tripulación, que pasó dos veces por las islas durante su histórica expedición científica.

Los británicos dijeron que tuvieron que intervenir porque en las islas imperaba el caos. La Armada estadounidense las había declarado libres de toda autoridad nacional en su afán por proteger los intereses de los marinos estadounidenses de la zona.

Otros documentos contemporáneos, guardados hoy en archivos de Argentina, Gran Bretaña y España, revelan que ninguna nación tenía propiedad indiscutida de las islas antes de 1833, cuando los británicos asumieron finalmente el control y garantizaron la seguridad de quienes quisiesen establecerse allí.

La población de 3.000 habitantes está compuesta por gente que nació allí o que se quedó luego de que sus barcos se accidentaron. Tienen una identidad única: hablan el inglés de la reina, hacen flamear banderas británicas, ven la BBC y usan para cocinar productos que vienen en barco de Inglaterra. Tienen más en común con cualquier pueblo chico de Escocia que con Argentina, por más que Argentina está a 45 minutos de avión.

"Toda la cháchara en torno a la soberanía no tiene en cuenta un tema", expresó Adrián Lowe, un pastor que cría cinco hijos y tiene 3.000 ovejas con su esposa Lisa, isleña de quinta generación. "Al margen de lo que diga la historia, esta gente ha trabajado la tierra, la ha cuidado, hizo de ella lo que es hoy"

El esfuerzo y la autosuficiencia de los colonos que comenzaron a cortar césped y a apilar piedras para protegerse hace dos siglos se refleja en la cultura insular del lugar. La mayoría de los isleños tienen lazos familiares de mayor o menor grado y tienden a percibir con cierta suspicacia a los extranjeros, incluidos contratistas británicos que vienen a trabajar en escuelas, hospitales o el gobierno.

La Falkland Island Company dominó la economía colonial desde 1851. Empleaba pastores a los que les pagaba una miseria y enviaba las ganancias a sus accionistas en Gran Bretaña. Recién en la década de 1980 la FIC, como se conoce la empresa, comenzó a venderle sus granjas a los isleños y apenas en 2002 las islas pasaron a ser un Territorio Ultramarino Independiente.

El gobierno de las islas se maneja ahora de forma democrática, haciendo consultas y buscando consenso. Tiene su propia constitución, sanciona leyes, aumenta los impuestos y cubre sus propios gastos, con excepción de los 110 millones de dólares que invierte Gran Bretaña anualmente en su defensa.

Todavía quedan vestigios del régimen colonial. La máxima autoridad es un gobernador designado por el Servicio de Relaciones Exteriores Británico como representante de la reina, pero "jamás soñaría con tratar de imponernos algo", declaró Jan Cheek, uno de los ocho miembros de la asamblea legislativa de la isla.

La constitución argentina, por otra parte, fue enmendada en la década de 1990 y declara ahora que la recuperación de las islas por medios pacíficos es una prioridad nacional.

La presidenta Cristina Fernández ha tratado de presionar a los británicos para que entablen negociaciones en torno a la soberanía. Con ese fin no permitió atracar a barcos británicos, alentó a las empresas argentinas a que no inviertan en la isla y fijó otras barreras comerciales. Ahora se prepara para realizar el 2 de abril, aniversario de la ocupación de 74 días, llamados a la unidad latinoamericana contra el colonialismo británico.

Los isleños dice que los argentinos deliberadamente los dejaron afuera y tratan de presionar a los británicos sin tomar en cuenta sus deseos.

"Argentina nunca dijo lo que hará con nosotros si se quedan con las islas. Los británicos han dicho que nosotros somos los que decidimos, pero si seguimos diciendo que somos británicos, el resto del mundo puede continuar describiéndonos como una colonia", sostuvo Fowler, quien ha sido superintendente de educación y editor del semanario Penguin News.

Lo que los isleños más temen, según entrevistas realizadas a lo largo de una semana, es un cambio brusco. Les gusta la vida que llevan ahora.

Las islas siguen siendo uno de los sitios más remotos del mundo, despoblado y poco explotado. Tiene el tamaño de Irlanda del Norte, cadenas montañosas y llanuras, ríos y playas de arena blanca, abundantes pantanos y una increíble variedad de vida silvestre, incluidos pingüinos, leones marinos y algunos aves que no se encuentran en ningún otro sitio.

Stanley tiene un puñado de pubs y no hay semáforo. La campiña luce casi como lucía hace siglos.

"Es un lugar muy especial. Soportamos algunas penurias y estamos muy aislados, pero nos encanta esto", aseguró Cheek, descendiente de James Briggs, quien llegó de Inglaterra en 1842 con su esposa y cuatro hijos, y una cantidad de semillas.

Ahora es una de las matriarcas de una familia que lleva nueve generaciones en las islas. "Al vivir aquí, uno se siente de aquí. Cuando llevas tanto tiempo aquí, es parte de tu ADN. Este es tu lugar".

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