EL amor eterno dura tres meses. No es broma. Lo comprobó Barack Obama después de asumir su cargo en enero de 2009. En la V Cumbre de las Américas, realizada en Trinidad y Tobago en abril de ese año, planteó el respeto, la responsabilidad y la asociación entre iguales como ejes en la relación con el continente. Era una versión mejorada del enfoque artificialmente amistoso de George W. Bush tras el fiasco del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La impronta de un presidente de otro partido y otra apariencia infundía esperanza de cambio en una región no ajena a un mundo sacudido por crisis y guerras.

Ningún país recupera en los primeros cien días de un gobierno aquello que perdió en ocho años o más. En los setenta, los latinoamericanos creían que los Estados Unidos habían elegido a un presidente afín a ellos: John F. Kennedy era católico. Poco y nada compartieron con otros, excepto el origen mexicano de Columba, esposa de Jeb Bush, hermano del ex presidente. Logró seducirlos Bill Clinton por haber ignorado a la oposición republicana del Capitolio para rescatar del efecto tequila a México. Con Obama se identificaron por sus buenos propósitos y el color canela de su piel parecido al de la venerada Virgen de Guadalupe.

En su último discurso del Estado de la Unión, Obama exaltó cuán firmes “son los lazos que nos unen a las Américas”. En tres años de gobierno, más allá de los chisporroteos de Hugo Chávez y los suyos contra el imperialismo yanqui, “capaz de acabar con la vida en Marte”, América latina apuntaló su democracia, salvo en Cuba; aprovechó la bonanza derivada de los altos precios de los productos primarios y empezó dotarse de organismos propios, como la Unión Suramericana de Naciones (Unasur), en desmedro de la Organización de los Estados Americanos (OEA), bajo la incipiente tutela de Brasil como líder regional.

No es novedoso que América latina no figure entre las prioridades del gobierno de los Estados Unidos; es novedoso que los gobiernos latinoamericanos no dependan de aquel que ejerció su poder hegemónico en el vecindario durante un siglo. En el vínculo hizo estragos el llamado Consenso de Washington, asociado en el ideario popular a los quebrantos provocados por la liberalización de la economía y la expansión de la globalización en los noventa por instancias del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

La rutina democrática deparó gobiernos de distinto signo que, jaqueados en varias ocasiones por la corrupción, han respondido con prudencia a los acontecimientos y han suscripto acuerdos comerciales con países no alineados a los Estados Unidos, como China, Rusia e Irán. El narcotráfico, cuya violencia sume ahora en un laberinto a México y América Central, sólo influye en la agenda de Obama por las consecuencias en su territorio, más allá de la responsabilidad asumida por su gobierno a raíz del consumo de drogas en su país.

Bush no halló una respuesta categórica para una pregunta clave: ¿por qué nos odian? La formuló diez días después de la voladura de las Torres Gemelas. El entonces secretario de Estado, Colin Powell, contrató a Charlotte Beers, publicista de la avenida Madison, de Nueva York, para reparar la imagen de los Estados Unidos. Lo había convencido de comprar arroz Uncle Ben’s y creía que iba a obtener el mismo resultado en el exterior. En su primera misión, en El Cairo, dio de bruces contra la impotencia: no entienden, admitió, y no importa cuánto te esfuerces en hacerles entender. Poco después renunció a su cargo de subsecretaria de Estado en Asuntos Públicos y Diplomacia Pública.

El marketing no se lleva bien con la diplomacia: la mejor publicidad no puede vender el peor producto. Powell concluyó que había una brecha enorme entre “quiénes somos, cómo queremos que nos vean y cómo nos ven”. La política exterior de Bush no creaba diferencias, sino tirria. En América latina, Chávez quiso ser el pionero de las críticas contra los Estados Unidos en beneficio propio. Sin adherir a sus desmesuras ni convalidar sus actos, socios y puntales de los Estados Unidos como México y Chile dieron un indicio del cambio de hábito al rechazar en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas la guerra contra Irak.

En 2008, el presidente de Bolivia, Evo Morales, expulsó al embajador norteamericano y al personal de la agencia antidrogas DEA, y renunció a la ayuda bilateral. No peligró su gobierno, como pudo haber ocurrido en otros tiempos. Brasil, sin emitir juicio, convalidó su posición. En 2010, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, acaso el mayor aliado de Obama en la región, decidió entregar a un narcotraficante detenido en su país a Venezuela en lugar de atender el pedido de extradición de Washington a pesar de los millones de dólares que recibe su país en programas de asistencia y desarrollo.

Los indicios son ahora síntomas. A los ojos de los presidentes latinoamericanos, más allá de las discrepancias entre sí y de la orfandad de instituciones firmes, los Estados Unidos han dejado de ser “la única nación indispensable en los asuntos internacionales”, como pretendió martillar Obama en su último discurso. El amor no es eterno ni tiene precio.

Síguenos en twitter.com/foxnewslatino
Agréganos en facebook.com/foxnewslatino

Jorge Elías is an Argentine journalist, radio host and columnist in Radio Continental and TV host in Televisión Pública Argentina. He is also the director of El Ínterin, an international news and analysis website. He can be followed on Twitter at @JorgeEliasInter.

Like us on Facebook
Follow us on Twitter & Instagram