Los Albornoz eran una familia que había hecho realidad el sueño de todo inmigrante: los padres tenían buenos trabajos y una casa propia en la que eran felices, con instalaciones aptas para una hija discapacitada. En un abrir y cerrar de ojos, la tormenta tropical Irene los dejó sin nada.

"No puedo comprender lo que pasó", murmura con voz temblorosa y llena de impotencia Angélica Albornoz, una chilena de 60 años, oriunda de Curicó, al sur de su país.

La familia perdió la casa en el temporal que se desató sobre Nueva Jersey en agosto pasado y el taller mecánico del marido de Angélica, Alfonso, quedó inservible debido a las inundaciones. Su hija Mary Ann, quien sufre parálisis cerebral, se vio obligada a interrumpir sus estudios universitarios y ahora enfrenta la posibilidad de acabar en un asilo.

Cinco meses después de que Irene rompió los cimientos del hogar familiar en el pueblo de Fairfield y la casa fuese declarada inhabitable, padre, madre e hija han vivido en seis hoteles distintos, transportando una complicada máquina que ayuda a levantar a Mary Ann de la cama o de su silla de ruedas. El azote de Irene cambió por completo la vida de esta familia, que pasó de tener buenos ingresos y un hogar a quedarse indefensa ante la falta de instalaciones aptas para discapacitados y la reducción de sus ingresos.

"El mundo no está hecho para gente como yo", declaró a la AP la joven de piel clara y ojos café.

La familia pasa los fines de semana buscando sin éxito un apartamento de alquiler con dos habitaciones y un baño y entrada adecuados para una chica de 27 años que no puede usar las piernas. Cuenta que la agencia de Control y Manejo de Desastres del gobierno (FEMA, por sus siglas en inglés) les paga hasta mayo la habitación del hotel donde se encuentran, en el pueblo de Parsippany, 56 kilómetros (35 millas) al oeste de la ciudad de Nueva York. Después de mayo, tienen que pasarse a una vivienda apta para discapacitados que les permita vivir junto a su hija, aseguran.

"Yo no quiero acabar en un asilo", dijo Mary Ann, con voz triste pero firme. "No puedo acabar separada de mi familia, que es lo único que tengo".

Si los Albornoz no consiguen una vivienda, dicen que podrían verse obligados a enviar a su hija a un asilo cuando dejen de recibir ayuda de FEMA, pues no estarán en condiciones de costear por sí mismo hoteles aptos para discapacitados.

Los Albornoz vivieron 27 años en su casa, que habían adecuado a las necesidades de Mary Ann, una joven que se graduó con honores de la secundaria y después inició sus estudios universitarios en Caldwell College. La joven aún describe la vivienda como su "palacio" y esboza una sonrisa cuando la recuerda.

Sin embargo, la vida de hotel en hotel durante los últimos meses ha privado a Mary Ann de un espacio adecuado en el que estudiar. Ahora su madre trabaja 13 horas diarias empacando gelatina para las máquinas ultrasonido de un laboratorio de Nueva Jersey y logra así el único sueldo que recibe la familia después que su marido se quedara sin su taller en la ciudad de Paterson.

"Siento un enorme dolor por haber perdido esa casa, con las cosas de nuestros 40 años en este país", lamentó Angélica, quien llegó a Estados Unidos por primera vez en 1973 con un visado de estudiante. Su marido había llegado pocos meses antes. Ambos son ahora ciudadanos estadounidenses.

FEMA ha distribuido más de 168,2 millones de dólares en asistencia individual para vivienda y otras necesidades a residentes de Nueva Jersey que fueron afectados por la tormenta, dijo Phyllis Deroian, una portavoz de la agencia. Hasta el 5 de enero de este año, FEMA aprobó ayuda financiera para más de 49.000 dueños de casas e inquilinos de apartamentos que sufrieron las consecuencias del desastre natural en el estado, explicó.

La tormenta se cobró las vidas de al menos 44 personas en 13 estados, dejando una fuerte huella de devastación desde Carolina del Norte hasta Vermont. Numerosos hispanos, sobre todo peruanos, colombianos, ecuatorianos y dominicanos, viven en pueblos de Nueva Jersey como Paterson, Wayne o Wallington, que fueron seriamente afectados.

Citando razones de privacidad, Deroian no confirmó si la agencia ayuda a la familia Albornoz. Sin embargo, aseguró que la asistencia de vivienda se ofrece a las víctimas durante 18 meses y se renueva de mes a mes. Si la familia chilena necesita una extensión de la ayuda puede llamar a un teléfono de FEMA y solicitarla, señaló Deroian. Cada caso es analizado de forma independiente.

Los Albornoz no contaban con seguro de inundaciones en su casa porque jamás tuvieron problemas de ese tipo, explicó la madre chilena. El seguro de vivienda les está ayudando a arreglar la casa para poder venderla y así intentar comprar otra donde vivir con Mary Ann, ya que siguen sin poder alquilar.

La familia, sin embargo, se siente a veces desesperanzada y asegura que nadie aparte de FEMA les ha ayudado. Cualquier interesado puede hacerlo llamando al 973-220-0321.

Los Albornoz tienen dos hijos más, ya independizados: Angie de 30 años y Chris de 26. A pesar de tener parientes en Chile, la familia no se plantea regresar a su país natal debido a la falta de instalaciones para discapacitados, según explicaron.

Mientras tanto, Mary Ann sueña con poder estudiar y acabar ayudando a otros discapacitados que, al igual que ella, sufren problemas de adaptación al mundo de hoy.

"A mí nadie me ayudó. Esta ha sido una lucha tremenda", dijo Mary Ann. "Pensaba que la sociedad me respaldaba pero no me han dado nada".

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Claudia Torrens está en Twitter como @ClaudiaTorrens